En la moto, de camino a su casa, Javi señaló al cielo nocturno. Dos estrellas y la luna, que tenía forma de barquito blanco y navegaba entre nubes dispersas, formaban una línea casi perfecta que señalaba la fantasmagórica silueta de un edificio.
-El ballet cósmico sigue su curso -
le dije, citando a los grandes.
-Está para hacer una foto.
-Quizá sea un anuncio del fin del mundo.
Aunque en ese momento no lo sabíamos, aquel fotogénico y apocalíptico fenómeno astronómico (perdón por la sucesión de esdrújulas) anunciaba un cambio importante en nuestras vidas: tras cinco meses de trabajos, angustias y sufrimientos, después de incontables derrotas y miserias acumuladas, por fin íbamos a ganar una Champions League con el Pro Evolution Soccer 2012.
La noche empezó con lo que no pudimos acabar el último día. Con más pena que gloria habíamos conseguido clasificar al Valencia CF para octavos y allí nos esperaba el AC Milán en una eliminatoria que prometía ser complicada. Y así fue: con dos derrotas y cero goles en nuestro marcador la tarde se estrenó con un naufragio anunciado y una dinámica negativa que se añadía a la zozobra de los meses anteriores.

Unos días antes Javi me había lanzado un desafío: mientras no ganáramos la Champions no nos moveríamos del sofá. Y ya que no podía ser por calidad íbamos a intentarlo a base de huevos. Cogimos el Atlético de Madrid. Por abreviar diré que el resultado no pudo ser más lamentable: caos táctico, inanidad ofensiva y falta total de compromiso por parte de unos jugadores que, más que en jugar, parecían empeñarse en sacar a relucir los fallos del juego y en hacernos concentrar en ellos -y no en nuestra mediocridad- toda la frustración acumulada. Incapaces siquiera de superar la fase de grupos estuvimos a punto de rendirnos a la evidencia: después de más de un lustro ininterrumpido de victorias, la Playstation nos hacía morder el polvo.
Sólo faltaba aceptarlo, apagar la consola, guardar el mando y colgar las botas. Si no lo hicimos fue, probablemente, porque habíamos comprado un par de pizzas y aún las teníamos en el congelador. Había que cenar y, para ello, había que persistir con el intento. Hace dos años, en una situación muy similar a ésta (aunque mucho menos grave) había sido finalmente un equipo italiano, el Torino, el que había obrado el milagro. Esta vez la situación era desesperada y cogimos la Juventus.
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El sorteo nos fue propicio: el Olympique de Lyon, el Rubin Kazan y el Basilea conformaban un grupo en apariencia sencillo aunque, dados los horrendos precedentes de la noche, ningún rival nos parecía pequeño. Cualquiera podía ser Brasil comparado con nosotros. Los dos primeros partidos nos confirmaron la suspicacia: el Olympique nos dio un repaso magistral en su estadio y el Rubin sacó un empate fácil en el nuestro. Una victoria en el tercero contra el Basilea, en un partido a cara de perro contra una indudable cenicienta, tampoco contribuyó a devolvernos la ilusión. Sí que lo hizo el partido de vuelta contra el Olympique de Lyon. Una remontada contra el equipo francés en los últimos minutos nos dio el pase para octavos y permitió que le disputáramos la primera plaza a un Rubin Kazan que, a pesar de sus limitaciones, estaba siendo la sensación del grupo. La mejoría de nuestro juego, renqueante y parsimoniosa, no fue suficiente y en el frío estadio ruso la Juventus no pudo pasar del 0-0.
Estábamos clasificados pero la segunda plaza nos condenaba a un sorteo desfavorable. El castigo cayó sobre nosotros fulminante y mortal como un rayo en mitad del páramo: el Real Madrid nos esperaba en el cruce. El equipo de mis amores y de los odios de Javi salía al paso de nuestra frágil Juventus. Por mi mente pasó la final de Champions del 98, el gol de Mijatovic, la Séptima. El duelo ofrecía espacio para la venganza, para una excitante, fantasiosa e improbable venganza. Saltó la sorpresa. Se obró el milagro. El fantástico 3-0 conseguido en nuestro estadio se confirmó con un inimaginable 0-3 en el Santiago Bernabéu. El Madrid, anulado en todos los ámbitos del juego, sólo ofreció peligro con potentes y desviadísimos disparos exteriores. Nuestra defensa rayó a una altura genuinamente italiana. Nos habíamos ganado las pizzas.
El Rubin Kazan, con el que habíamos empatado dos veces durante la fase de grupos, fue nuestro siguiente rival pero, a esas alturas de competición, ya ni siquiera lo podíamos tratar como tal. La inmensa superioridad que habíamos demostrado ante el Madrid provocó que nos relajásemos y que volviésemos a la inercia triunfal de otros años. Nuestro juego decayó en consecuencia pero no así nuestra efectividad. Dos triunfos fáciles y ninguna historia que contar. La historia, transformada en épica, nos esperaba a la vuelta de la esquina y vestía camisetas azulgranas.

Nuestros anteriores enfrentamientos con el FC Barcelona tenían un denominador común: el apisonamiento. El juego de los de Guardiola siempre había dejado en evidencia nuestras miserias en toda su indecente amplitud. El partido de ida, jugado en nuestro estadio, fue una repetición punto por punto de aquellas terribles experiencias: secuestro del balón por parte del Barcelona; amenaza en cada jugada suya; agresión, violación e intento de homicidio a un rival indefenso. El resultado (1-2) obligaba a la gesta en el Camp Nou. Era la primera vez que alcanzábamos las semifinales. Haber llegado hasta allí lo considerábamos un premio y el gol del Barcelona, tempranero según la jerga, ayudó a que nos resignáramos y a que nos consoláramos con aquel pensamiento bienintencionado. Un gol conseguido al borde del descanso reactivó la ilusión. Estábamos a un tanto del empate y lo conseguimos... Perdón, lo consiguió Javi en el minuto 80 al rematar a la escuadra un balón con vocación de kamikaze. En el 87 sucedió el éxtasis. Javi se desmarcó por el centro de la férrea defensa del Barcelona y controló un pase mío que le dejaba solo ante el portero. Iaquinta se adentró en el área y Valdés salió a su encuentro. El portero se tiró a los pies del delantero y éste, escorándose ligeramente hacia la izquierda, tropezó con el brazo de aquél. Iaquinta se trastabilló pero (como después le comenté a Javi en hipérbole memorable) Dios le sostuvo entre sus brazos para que no cayera. Portería vacía. Dos y pico de la madrugada. Gol. Gritos en la noche. Javi por los suelos. Celebración. 1-3. Estábamos en la final.

El Chelsea iba a disputarnos la copa. En Munich. Nosotros ya nos sentíamos invencibles y el juego, por sí mismo, había solventado sus defectos de un modo milagroso. Los pases iban donde debían ir. Los delanteros se desmarcaban cuando tenían que desmarcarse. El orden y el rigor se conjuntaban a la perfección con la libertad y la fantasía. Las celebraciones (ese choque de manos que desde siempre ha seguido a cada gol nuestro) transcurrieron en un silencio intenso en el que los puños apretados sustituían a la pasión de los gritos. El 4-2 resultó de una burocracia extrema. La conjunción astral lo había anunciado: el destino era, y no podía ser otro, que la victoria. Había llegado en el momento oportuno.