28 de febrero de 2012

Momento culminante de mi existencia sobre este pequeño planeta llamado Tierra




BEATRIZ RICO: "De esas noches que no vas a extrañar un hombre: 3 paquetes de Lacasitos y Toblerone negro!!! A sustituir sin cargo de conciencia." 

PETRARCA: "La mujer que corresponde a ese hombre sustituido son tres horas de play y seis cañas. Alguien debería presentarlos." 

BEATRIZ RICO: "xD. Es sustitución de emergencia... Dicen que a falta de sexo, chocolate, ¿no? Pues eso."

PETRARCA: "¿Y el correspondiente a la indigestión por el chocolate es una eyaculación precoz?" 

BEATRIZ RICO: "Peor: anorgasmia mutua."

PETRARCA: "Entonces sólo puedo desearte buen provecho."

BEATRIZ RICO: "Me estoy poniendo, con la tontería del sustitutivo..."

PETRARCA: "Si el chocolate te pone eso significa que la sustitución está siendo un éxito."

BEATRIZ RICO: "No me pone: me alivia simplemente. Y luego me crea culpa."

PETRARCA: "El siguiente paso será buscarle un sustitutivo al mal de conciencia... Quizá un hombre, y así cerramos el círculo."

BEATRIZ RICO: "Y llegamos a lo que realmente queremos: el macho hispánico. O no hispánico, eso nos da igual."

PETRARCA: "Bueno, entenderás que yo tenga que defender el producto nacional. Los españoles somos los chocolates Lacasa de los hombres."

BEATRIZ RICO: "Bueno pero, oye, para una urgencia no nos pongamos tikis mikis."

PETRARCA: "Sinceramente, Beatriz, no te veo yo a ti comiendo chocolate marca Hacendado... Para desgracia de los hombres de baja calidad."

BEATRIZ RICO: "Qué dices!! Yo como de todo! No soy nada sibarita, ¿eh? Me adapto a Zalacaín y a la pensión del Peine sin problema."

PETRARCA: "Pues entonces el sibaritismo será cosa de los productos en oferta, que sólo nos comemos a las que van al Club del Gourmet."

BEATRIZ RICO: "¡Eso es en El Corte Inglés!"

PETRARCA: "Sí. Y no hay mujeres más sexys que las que van allí a comprar cerezas del Jerte y alcachofas de Tudela."

26 de febrero de 2012

Alineación mágica, triunfo soñado

En la moto, de camino a su casa, Javi señaló al cielo nocturno. Dos estrellas y la luna, que tenía forma de barquito blanco y navegaba entre nubes dispersas, formaban una línea casi perfecta que señalaba la fantasmagórica silueta de un edificio.

-El ballet cósmico sigue su curso -le dije, citando a los grandes.
-Está para hacer una foto.
-Quizá sea un anuncio del fin del mundo.

Aunque en ese momento no lo sabíamos, aquel fotogénico y apocalíptico fenómeno astronómico (perdón por la sucesión de esdrújulas) anunciaba un cambio importante en nuestras vidas: tras cinco meses de trabajos, angustias y sufrimientos, después de incontables derrotas y miserias acumuladas, por fin íbamos a ganar una Champions League con el Pro Evolution Soccer 2012.

La noche empezó con lo que no pudimos acabar el último día. Con más pena que gloria habíamos conseguido clasificar al Valencia CF para octavos y allí nos esperaba el AC Milán en una eliminatoria que prometía ser complicada. Y así fue: con dos derrotas y cero goles en nuestro marcador la tarde se estrenó con un naufragio anunciado y una dinámica negativa que se añadía a la zozobra de los meses anteriores.


Unos días antes Javi me había lanzado un desafío: mientras no ganáramos la Champions no nos moveríamos del sofá. Y ya que no podía ser por calidad íbamos a intentarlo a base de huevos. Cogimos el Atlético de Madrid. Por abreviar diré que el resultado no pudo ser más lamentable: caos táctico, inanidad ofensiva y falta total de compromiso por parte de unos jugadores que, más que en jugar, parecían empeñarse en sacar a relucir los fallos del juego y en hacernos concentrar en ellos -y no en nuestra mediocridad- toda la frustración acumulada. Incapaces siquiera de superar la fase de grupos estuvimos a punto de rendirnos a la evidencia: después de más de un lustro ininterrumpido de victorias, la Playstation nos hacía morder el polvo.

Sólo faltaba aceptarlo, apagar la consola, guardar el mando y colgar las botas. Si no lo hicimos fue, probablemente, porque habíamos comprado un par de pizzas y aún las teníamos en el congelador. Había que cenar y, para ello, había que persistir con el intento. Hace dos años, en una situación muy similar a ésta (aunque mucho menos grave) había sido finalmente un equipo italiano, el Torino, el que había obrado el milagro. Esta vez la situación era desesperada y cogimos la Juventus.

El sorteo nos fue propicio: el Olympique de Lyon, el Rubin Kazan y el Basilea conformaban un grupo en apariencia sencillo aunque, dados los horrendos precedentes de la noche, ningún rival nos parecía pequeño. Cualquiera podía ser Brasil comparado con nosotros. Los dos primeros partidos nos confirmaron la suspicacia: el Olympique nos dio un repaso magistral en su estadio y el Rubin sacó un empate fácil en el nuestro. Una victoria en el tercero contra el Basilea, en un partido a cara de perro contra una indudable cenicienta, tampoco contribuyó a devolvernos la ilusión. Sí que lo hizo el partido de vuelta contra el Olympique de Lyon. Una remontada contra el equipo francés en los últimos minutos nos dio el pase para octavos y permitió que le disputáramos la primera plaza a un Rubin Kazan que, a pesar de sus limitaciones, estaba siendo la sensación del grupo. La mejoría de nuestro juego, renqueante y parsimoniosa, no fue suficiente y en el frío estadio ruso la Juventus no pudo pasar del 0-0.

Estábamos clasificados pero la segunda plaza nos condenaba a un sorteo desfavorable. El castigo cayó sobre nosotros fulminante y mortal como un rayo en mitad del páramo: el Real Madrid nos esperaba en el cruce. El equipo de mis amores y de los odios de Javi salía al paso de nuestra frágil Juventus. Por mi mente pasó la final de Champions del 98, el gol de Mijatovic, la Séptima. El duelo ofrecía espacio para la venganza, para una excitante, fantasiosa e improbable venganza. Saltó la sorpresa. Se obró el milagro. El fantástico 3-0 conseguido en nuestro estadio se confirmó con un inimaginable 0-3 en el Santiago Bernabéu. El Madrid, anulado en todos los ámbitos del juego, sólo ofreció peligro con potentes y desviadísimos disparos exteriores. Nuestra defensa rayó a una altura genuinamente italiana. Nos habíamos ganado las pizzas.

El Rubin Kazan, con el que habíamos empatado dos veces durante la fase de grupos, fue nuestro siguiente rival pero, a esas alturas de competición, ya ni siquiera lo podíamos tratar como tal. La inmensa superioridad que habíamos demostrado ante el Madrid provocó que nos relajásemos y que volviésemos a la inercia triunfal de otros años. Nuestro juego decayó en consecuencia pero no así nuestra efectividad. Dos triunfos fáciles y ninguna historia que contar. La historia, transformada en épica, nos esperaba a la vuelta de la esquina y vestía camisetas azulgranas. 

Nuestros anteriores enfrentamientos con el FC Barcelona tenían un denominador común: el apisonamiento. El juego de los de Guardiola siempre había dejado en evidencia nuestras miserias en toda su indecente amplitud. El partido de ida, jugado en nuestro estadio, fue una repetición punto por punto de aquellas terribles experiencias: secuestro del balón por parte del Barcelona; amenaza en cada jugada suya; agresión, violación e intento de homicidio a un rival indefenso. El resultado (1-2) obligaba a la gesta en el Camp Nou. Era la primera vez que alcanzábamos las semifinales. Haber llegado hasta allí lo considerábamos un premio y el gol del Barcelona, tempranero según la jerga, ayudó a que nos resignáramos y a que nos consoláramos con aquel pensamiento bienintencionado. Un gol conseguido al borde del descanso reactivó la ilusión. Estábamos a un tanto del empate y lo conseguimos... Perdón, lo consiguió Javi en el minuto 80 al rematar a la escuadra un balón con vocación de kamikaze. En el 87 sucedió el éxtasis. Javi se desmarcó por el centro de la férrea defensa del Barcelona y controló un pase mío que le dejaba solo ante el portero. Iaquinta se adentró en el área y Valdés salió a su encuentro. El portero se tiró a los pies del delantero y éste, escorándose ligeramente hacia la izquierda, tropezó con el brazo de aquél. Iaquinta se trastabilló pero (como después le comenté a Javi en hipérbole memorable) Dios le sostuvo entre sus brazos para que no cayera. Portería vacía. Dos y pico de la madrugada. Gol. Gritos en la noche. Javi por los suelos. Celebración. 1-3. Estábamos en la final.


El Chelsea iba a disputarnos la copa. En Munich. Nosotros ya nos sentíamos invencibles y el juego, por sí mismo, había solventado sus defectos de un modo milagroso. Los pases iban donde debían ir. Los delanteros se desmarcaban cuando tenían que desmarcarse. El orden y el rigor se conjuntaban a la perfección con la libertad y la fantasía. Las celebraciones (ese choque de manos que desde siempre ha seguido a cada gol nuestro) transcurrieron en un silencio intenso en el que los puños apretados sustituían a la pasión de los gritos. El 4-2 resultó de una burocracia extrema. La conjunción astral lo había anunciado: el destino era, y no podía ser otro, que la victoria. Había llegado en el momento oportuno.

23 de febrero de 2012

Portland (Valencia)



Si hubiésemos llegado más pronto habríamos encontrado una mesa libre y nos habríamos sentado para conversar con algunas de las personas americanas e inglesas repartidas por el local. Pero no. Yo había salido tarde de clase y cuando llegamos, hacia las nueve, el Portland estaba a reventar. Tuvimos que abrirnos paso entre las masas -yo cargado con la mochila porque no me dio tiempo a dejarla- y llegar mal que bien a las inmediaciones de una barra en colapso inminente. Álex y yo nos mirábamos en el agobio y con la mirada nos preguntábamos "¿Y ahora qué?". Moverse era difícil y hablar casi imposible. A cada momento cruzaban y se entrecruzaban personas yendo de un lado a otro y nosotros, como otros tantos, esperábamos en medio de las aguas a que algún vacío mínimo nos permitiese alcanzar la orilla. 

La complejidad de la circunstancia acabó favoreciéndonos. Teníamos sed de cerveza y, dado que la comunicación con la camarera debía pasar por el trámite inexcusable de la barra, no fue complicado establecer contacto con unas chicas que sí que habían llegado a tiempo para acomodarse sin problemas. No recuerdo sus nombres pero podemos llamarlas Margarita y Azucena. Pedí dos pintas en un inglés aún demasiado rígido y me quedé hablando con Margarita. Me contó que era de Bétera, que trabajaba en Canal 9, que le gustaba muchísimo viajar y que su ciudad favorita del mundo era la de San Francisco. Enseguida capté claras y sorprendentes muestras de interés hacia mi (humilde) persona. Había venido con un amigo suyo -un chico con barba que dijo estar más interesado en enseñar español a americanas que aprender inglés con americanos-, pero cuando le pregunté a Margarita si eran pareja me contestó, categóricamente, que no.

Alguien se fue y dejó una silla libre en la barra a su lado. Me senté tan pronto como pude pero la recolocación espacial hizo que mi mirada acabase en Azucena, que en esos momentos vagaba perdida entre la multitud mientras Álex había pasado a hablar con una inglesa a quien llamaremos Rose. Azucena me contó que trabajaba con Margarita y me confesó una parecida o mayor afición por los viajes que la de su colega y amiga. Dijo que la ciudad que más le gustaba era Praga. También que había estado recientemente en Polonia y que allí había visto la tristeza histórica del país reflejado en el rostro de cada uno de sus habitantes. Dijo que tenía un novio argentino pero que no parecía argentino porque no era ni guapo ni hablador. Dijo que tenía pensado irse un año fuera de España pero que quería que su novio se quedase en Valencia. Entonces le pregunté que si eso no sería arriesgado, que si separarse tanto y tanto tiempo no exigía demasiada confianza del uno en el otro, y ella respondió que daba igual porque confiaba muchísimo en él: "Sí -dijo-, porque como no es muy guapo sabe que no va a encontrar a nadie mejor que a mí".

La frase me dejó impresionado y rendido a sus pies pero un nuevo cambio de posiciones me hizo regresar a Margarita. Su inglés era peor que el de Azucena y su conversación se resentía proporcionalmente pero, por otro lado, me gustaba su intensa manera de mirarme a los ojos. No como Azucena, que no dejaba de mirarme las entradas. Me preguntó por mi vida y luego me contó que en su pueblo estaban todos locos pero que su casa era una excepción. "A mí me pasa lo contrario", le contesté por contestar. Luego crucé un par de frases con la inglesa Rose, las suficientes para conocer su procedencia (Leeds), su trabajo (maestra) y su preocupación principal (llegar a tiempo para coger el tren que salía en media hora). Margarita se pasaba al español cada vez con mayor frecuencia y se hubiese pasado enteramente si no haber sido por mi. "A ver", ,e decía. "Let me see", le contestaba. El chico que la acompañaba fue metiéndole prisa y, finalmente, Margarita tuvo que marcharse. Lo hizo solemnemente: se levantó, se irguió poderosa y mirándome fijamente (a los ojos, nunca a las entradas) me emplazó con dos besos para la semana que viene. Cuando Margarita se marchó Azucena me presentó a su novio. Tenía toda la razón: aquel chico tímido y distante si era argentino lo era sólo por el nombre. Ni siquiera el acento parecía. Al poco también se marcharon y se llevaron consigo a la pobre Rose, que ya desesperaba por el último tren.

Las horas habían pasado y la densidad poblacional había disminuido considerablemente. Le pregunté a Álex si quería que nos acoplásemos a una mesa y me contestó que sí, pero que yo delante. A tres pasos de donde estábamos había una con dos chicos claramente extranjeros, tres chicas claramente españolas y dos sillas vacías. Allí que fuimos y con un "¿Se puede?" acabamos conociendo a tres valencianas y a dos de Miami. Entre pintas de cerveza y platos de palomitas llegamos a saber cosas que los de Miami declararon que nunca se hubiesen atrevido a preguntar.

-¿Y acabáis de conocerlas? -me preguntó el más sorprendido.
-Sí, pero es por el idioma -intenté explicarle-. Si estuviésemos hablando en español ahora mismo no creo que supiésemos cada cuánto y hasta dónde se depilan.

Salimos del pub a eso de la una, andando y comentando la jugada en un español de nivel intermedio tirando a elemental.

22 de febrero de 2012

Speed dating



La actividad era muy sencilla. Cada uno de nosotros debía escribir en su cuaderno cinco preguntas y, haciendo uso de ellas (o no), tener una breve cita con otra persona de la clase. Sólo cinco minutos por cita y todo en inglés, pues de inglés se trataba y no de sexo. Mis preguntas alternaban lo profundo ("¿Cómo esperas que acabe esta cita?"), lo clásico ("¿Crees en el amor a primera vista o tengo que pasar otra vez delante de ti?") y lo aventurero ("¿Qué haces esta noche después del curso?"). Completadas las cinco preguntas me dirigí a la mesa de mi compañera Paula, que es la persona con quien más confianza tengo. Metido en mi papel de gigoló le entré con un "Ey, ¿qué tal?" y ya me disponía a hacerle una de mis preguntas de doble filo cuando la chica me detuvo el arranque con un "No, no, que estoy casada" expresado con seca frialdad. Se casó en noviembre. Yo me reí mucho y le argumenté que, bueno, que tampoco pasa nada, mujer, que en esta vida todo es transitorio, que no hay que cerrarse puertas-ya-tu-sabeh, etc. No tardé en darme cuenta de que, sorprendentemente, Paula hablaba en serio porque en un instante me esquivó con el cuerpo y con la mirada y fue a citarse con una de las chicas de la clase. Al acabar con esta chica se fue con otra y tras esta otra con una nueva. Durante esas tres citas homosexuales que Paula se buscó para evitar traicionar a su marido (aunque sólo fuese por razón de lengua), yo estuve ligando ficcionalmente con una señora de sesenta y pico, con otra de cuarenta y tantos y con Maite, una treintañera con la que me divertí mucho y que me hizo sentir especial por ser el único hombre con el que no tomó ninguna nota. Al volver a casa le conté a mi madre lo que había sucedido con Paula y sus reticencias conyugales. "Pobreta", contestó, sonriendo y comprendiendo.

21 de febrero de 2012

El cuadernillo naranja (89)

Fue Dios el que me hizo subir a aquel autobús. Fue un Dios de derechas, con mayúscula batiente, el pelo engominado y un traje de Massimo Dutti, el que hizo que en el último momento decidiera no coger el metro. Eran las cinco de la tarde. A las cinco y media empezaban mis clases de formación así que tenía tiempo suficiente para llegar y tomarme un café. Pero ese no era el plan de Dios. Él había establecido que cogiera un fatídico autobús a una fatídica hora y que, pocos metros después, me topase con los estudiantes manifestados contra los recortes del gobierno. El Dios de derechas me había preparado la emboscada perfecta y lo había hecho en pleno centro de la ciudad. Cientos de estudiantes con pinta de reformatorio habían parado el tráfico en nombre de la educación y yo estaba en mi derecho de enfadarme, de indignarme por esa irrupción que iba a provocar que llegara tarde a mis clases. Pero no me enfadé. Al fin y al cabo, aquello no era más que una alegoría y las alegorías, por muy divina que sea su procedencia, constituyen un género menor en la literatura. De modo que me quedé mirando a los chavales. Me quedé mirando cómo gritaban, cómo resistían y cómo en la refriega se cubrían “de polvo y de gloria” (Mark Twain). Me quedé mirando cómo se divertían peleándose, cómo se besaban extasiándose y cómo, a sabiendas de que estaban escribiendo los capítulos más emocionantes de sus existencias, los vivían reteniendo cada instante en la memoria. Por mi parte, eran tantas las razones para enfadarme que no lo hice. Mi enfado, además, lo había gastado el día anterior tras escuchar a un senador del PP decir que no debía usarse el concepto de "fracaso escolar" porque queda feo. Total, que si no podemos llamar "fracaso" al escolar tendremos que ir revisando lo de llamar "palacio" al de Versalles. El autobusero tampoco mostraba ningún síntoma de enfado. Es más, en un momento concreto (seis menos cuarto serían) pidió a uno de los manifestantes que se acercara y le dijo que, oye, que si cortáis la calle al menos hacedlo bien porque por allí se os han colado unos cuantos coches. El manifestante se dirigió entonces a sus compañeros y alzando la voz pidió una tregua para aquel autobusero: “¡Dejadle pasar que es más rojo que el autobús!”, exclamó. La cadena humana se abrió al instante y pudimos pasar, felices y colorados, por razón de ideología.

***

Esta mañana Ana Pastor se ha levantado descompuesta y así lo ha hecho saber en Twitter: "Un virus me ha poseído y me tiene doblada.pero d esto no se muere nadie aquí.Seria peor nacer en Niger.Así q soy afortunada". Este comentario le ha valido un aluvión de críticas debido a su vertiente nigeriana. Minutos después Ana Pastor se ha defendido: "En Niger, el país más pobre de la tierra, los niños como el mío o el vuestro mueren por una simple diarrea. Aquí no. Perdón si era confuso." Pero las críticas no han dejado de fluir y Ana Pastor ha tenido que volver a manifestarse: "Racista me llaman... En fin.Insisto que me gusta ser consciente de lo q es nacer aquí incluso cd estoy mala comparado con un país olvidado." Moraleja: mejor no mostrar nuestras caquitas en público. 

14 de febrero de 2012

Los sueños de Irene


CAPÍTULO 5


Los estados súbitos de conciencia aparecieron intermitentemente. Los pinchazos de luz se repirtieron, así como los esfuerzos de Irene por abrir los párpados y su búsqueda ansiosa de estímulos que le ofrecieran pistas sobre el lugar en el que se encontraba. Volvió a sentir el olor a desinfectante y el roce de su piel con la superficie blanda y rugosa de lo que supuso que era una camilla de hospital. Voces graves y monótonas conseguían llegar a intervalos hasta sus oídos desde un lugar incierto, demasiado amplio, situado por encima de ella. Podía escuchar aquellas voces pero no entenderlas. Podía captar y aislar en su mente algunas de las palabras, algunos de los sonidos, pero no descifrar su significado; y cuanto más se esforzaba por comprender más le costaba afinar su pensamiento y concentrarlo en un punto en particular. De este modo, sus ideas tendían a desbordarse y a fusionarse con el resto de sensaciones, haciéndose inútiles en su empeño por alcanzar un juicio razonable de la situación. Era entonces cuando sobrevenían los desvanecimientos. 

Recobrarse fue como despertar de un sueño largo y pesado. La fuerza de la gravedad, que hasta entonces le había concedido una generosa tregua, parecía cebarse ahora con sus músculos, con sus articulaciones, ofreciéndole la conciencia de que su cuerpo seguía existiendo a pesar de todo. Vio un techo alto y rojizo sostenido por contundentes vigas de madera negra. Desde él colgaba, estática y silenciosa, una lámpara antigua compuesta por incontables piedras de colores. El lugar olía a manta gruesa y a sábanas recién lavadas. Aquello no era un hospital. Irene se incorporó sobre el colchón y vio una habitación grande, de apariencia antigua, con dos ventanales correderos que ofrecían la salida a un extenso balcón de piedra. Afuera, sacudido por la luz matinal, podía vislumbrarse un mar nebuloso de árboles de hoja amarilla. Se levantó de la cama como pudo, tratando de coordinar cada uno de sus movimientos con el resto. Vestía un camisón blanco que le llegaba hasta las rodillas. Sus pies desnudos temblaron sobre el cálido suelo de parqué. Junto a la cama había un escritorio. La puerta estaba entreabierta a los pies de la cama. Se dirigió a uno de los ventanales y miró hacia los árboles de hoja amarilla. Estaba lloviendo. Ni una sola casa se adivinaba alrededor. Difuminado sobre la superficie salpicada apareció un rostro desconocido: desde el otro lado del cristal alguien la estaba mirando.

12 de febrero de 2012

El cuadernillo naranja (88)

Una cosa buena de la crisis económica y del paro que nos ronda es que estoy aprendiendo inglés a toda velocidad. Tanto es así que el otro día me salió decir "I'm not in the mood" antes que "No estoy de buen humor". Después de sacarme el FCE he decidido apuntarme a dos cursos de inglés avanzado y, visto lo visto, debo de hacerlo bien porque ambas profesoras me han preguntado si he estado viviendo en el extranjero. Y no. Mi inglés actual se lo debo a Richard Vaughan, Donald Draper, Jimmy McNulty, Jack Shephard y Peter Griffin, entre otros. Los cursos están bastante bien. En uno de ellos hacemos karaoke y corros de la patata y en el otro discutimos temas de interés social como, por ejemplo, si es conveniente decirle a nuestra mejor amiga que su novio le pone los cuernos o si aceptaríamos que nuestra hija actriz intervenga en escenas de cama. El curso de los karaokes lo hago en Torrent y allí, a diferencia del de Valencia, tienen página web, nos prestan los libros del curso, los altavoces funcionan y tenemos profesora fija. Se llama Elisa y su acento, aunque a mí me encanta, no debe de ser perfecto porque se le entiende todo a la primera. En la primera clase hicimos una danza tribal. Nos situamos en dos círculos concéntricos, hicimos un amago de bailar al compás de la música y, cuando ésta se detenía, debíamos conversar con la persona que nos hubiera quedado enfrente sobre un tema propuesto por Elisa. Si no recuerdo mal, los temas elegidos fueron: "Salir con los amigos", "Sueños para el futuro" e "Inventos importantes para la humanidad". Hablando sobre esto último, una chica (que poco antes acababa de escuchar que yo era historiador) me preguntó con vivo interés si yo recordaba el nombre del que inventó la rueda. Profundamente avergonzado, tuve que bajar la cabeza y confesarle mi total ignorancia respecto a ese punto. Las clases en Valencia son un poco más duras. La profesora que hemos tenido esta semana (y que ya no tendremos la próxima) es una mujer nativa de Arizona y, desde dicha condición, parece pensar que nosotros procedemos de Louisiana y no de este humilde rincón del Mediterráneo. Eso sí: cuando conseguimos descifrar sus palabras obtenemos la doble satisfacción de entendedores y entendidos. En este curso mi compañera de pupitre se llama Anna y la pobre tiembla cada vez que debe intervenir. "No, si la teoría ya me la sé", me dice cuando intento aportarle razones para su tranquilidad, "lo que no llevo bien es la práctica". Al acabar las clases acompaño a Jose hasta la parada del metro y, a petición suya, le acompaño íntegramente en inglés. Es verdad que a veces me paso sin querer al castellano, para preguntarle sobre cursos o tarifas del transporte público, pero entonces me mira con desaprobación y cambio rápidamente: I was saying that...
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