Després d'haver escrit aquestes coses, sento una sensació de tranquil.litat.

Josep Pla.

21 de agosto de 2015

Las fisuras



La escultura de Ka-aper, conocida como el Alcalde del Pueblo, tiene más de 4.000 años. A simple vista sorprende por su realismo, muy distante de la rigidez propia del arte egipcio. Este realismo queda patente en la obesidad del magistrado, su avanzada calvicie o en las arrugas alrededor de los globos oculares que ni siquiera consigue ocultar el abundante maquillaje. La misma posición de Ka-aper, capturado mientras avanza, orgulloso, con su expresión de satisfecha dignidad, transmite al espectador una viveza y una cercanía asombrosas. Para el historiador del arte, las características del Alcalde del Pueblo forman un compendio cabal que refleja tanto la singularidad del arte del Imperio Antiguo como la idiosincrasia del Arte Egipcio. Al historiador, en cambio, aparte de las vicisitudes de su hallazgo y restauración, aparte de los datos que aporta su artesanía o aparte de las formas sociales que se expresan a través de la imagen, quizá lo que más le atraiga sean los vacíos, las fisuras, las grietas que atraviesan la madera como testigos de los milenios transcurridos. Fundamentalmente esas tres profundas cicatrices que cortan el rostro de Ka-aper, dos en la frente y una en la mejilla derecha, y que no perturban el ethos sabiamente logrado por el artista pero que le añaden el fascinante logos, el discurso del tiempo y sus averiguaciones.

20 de agosto de 2015

¡¡¡Aquíííí!!!



A los escritores deberían prohibirles escribir con cursivas. A mí se me desvanecen ante los ojos, los escritores, cuando tropiezo con esa llamada de atención, ese "¡Eh! ¡Eh! ¡Mira lo que se me acaba de ocurrir! ¡Fíjate bien, muchacho!". Llamar históricas, por ejemplo, a fechas de hace tres años puede ser un buen hallazgo, bastante simpático y entretenido si se refieren a la historia de uno mismo, al impacto de aquello que ha sido largamente olvidado y recientemente recordado... Pero referirse a esas mismas fechas como históricas, así en plan mojón con lucecitas, tiene un punto de soberbia que empequeñece al autor y engrandece a los lectores atentos, mezcla mortal para el placer de seguir leyendo. Así le pasa a Jonathan Franzen en Las correcciones. No sé si será cosa de él, de su editor, de su traductor o del editor de la traducción, pero en mi edición traducida son mayoría las páginas en las que merodean los monstruitos. En la segunda ya aparecen conciencia, por un subidón filosófico del autor, y el ya referido adjetivo hiperbólico históricas, unas cursivas inmediatamente complementadas por las de cercanas y años, aviso sobre aviso: ¡¡¡Aquííííí!!! La tradición europea solía dictar que la mejor retórica es aquella que no se nota, aquella que persuade sin forzar, una forma de arte que logra pasar desapercibida para que sólo destaque el contenido y, de ser posible, triunfe la verdad. Todas las cursivas de Franzen, que por lo que veo se encuentran a cientos en la novela, contrarían este principio y suponen la victoria del artificio y la ostentación del propio aparato. En última instancia estamos ante la plasmación en el papel de esa forma teatral (tan estadounidense y, por su extensión, cada vez menos) de remarcar los recursos estilísticos, ya sea con flexiones de voz o gestos corporales, para que quede patente la chispa de inspiración y puedan ustedes pasar por caja. No se les vaya a olvidar. 

22 de enero de 2015

A través del Facebook

No está bien cortar con una novia/o por Whatsapp. Eso no lo duda nadie y hasta quienes lo hayan hecho alguna vez coincidirán que traduce una cobardía tal que el acto se impone como argumento definitivo en favor de la ruptura. Aquí el medio es el mensaje y si no puedes mirar a tu pareja a la cara ni tan siquiera para decirle que no puedes mirarla más a la cara mejor evita, en adelante, los espejos: te devolverán una imagen sumamente desagradable. Ni la más acertada de las retóricas podrá ocultar el hecho de que has sido un cobarde hasta el final. No ocurre lo mismo en otros casos de actualidad, como el de Sonia Castedo, que utilizó el Facebook para anunciar su dimisión de la alcaldía de Alicante, o el de Cristina Fernández, que se sirvió de ese mismo medio para ofrecer sus condolencias (es un decir) ante la muerte de Alberto Nisman. Ambas mandatarias recibieron múltiples críticas por aquello de "no haber dado la cara", como si la televisión tuviera más audiencia que el Facebook y esa red social tan popular fuese indigna mensajera ante el pueblo de unas palabras que ninguna de ellas tenía la obligación de ofrecer. Al contrario de lo que sucedería en la ruptura sentimental mediante Whatsapp, tanto Castedo como Fernández decidieron utilizar el medio que probablemente más publicidad iba a dar a sus palabras, el medio que más les iba a exponer ante sus respectivos gobernados. ¿A qué viene, entonces, tanta indignación? No cabe duda de que se trata de un ramalazo conservador, de ese mismo ramalazo que privilegia el libro de papel frente al electrónico o la rayuela frente al Candy Crush. Esa misma inercia que hizo que tantos se tirasen de los pelos al saber que los finlandeses iban a mandar a la caligrafía a las sombras que se merece. Facebook es y será por muchos años el mayor ágora de nuestros días, el lugar donde más público se reúne para socializar y hacer política. Critíquese por tanto la unidireccionalidad de los mensajes, la ausencia de turno de preguntas, pero jamás que los políticos decidan utilizar para expresarse el mejor altavoz que nos ha dado hasta ahora la técnica. Otro día, si acaso, hablaremos de los periodistas y por qué decidieron ser sustituidos por el pueblo.

21 de enero de 2015

Brshk



Laura entró en la tienda de ropa con ademanes extraordinariamente atrevidos, el paso arrasador y retorciendo con avidez un mechón de su largo pelo negro al tiempo que repartía miradas expertas a uno y otro lado, entre resuelta y desganada. Segundos antes, en el breve tránsito entre tienda y tienda, acababa de confesarle a su novio que aquel lugar al que se dirigían no le gustaba mucho porque le hacía sentir mayor así que, llegado el momento de entrar, él no necesitó inquirir las razones de aquella repentina e inusual desenvoltura. La música, el público y, sobre todo, el elevado volumen de ambos invitaban ciertamente a los excesos juveniles o, en todo caso, a su fidedigna representación.

Mientras tanto, Sergio se entretuvo con el móvil, ese feliz invento que ha conseguido eliminar los tiempos de espera y retrasar los de desesperación. De vez en cuando, Laura le interrumpía la lectura para pedirle una valoración (o aclamatoria o nada) acerca de las prendas que iba seleccionando. El ruido y aquella vorágine cuidadosamente inducida de transitar, localizar, apoderarse, probar y devolver, apenas permitía el debate y, la mayoría de las veces, lo reducía a una simple interpretación de gestos e intenciones.

Al salir de la tienda Laura tomó a Sergio del brazo.

-Te agradezco que no me digas que no gaste más dinero en ropa –le dijo.

-Bueno, todo gasto acabará redundando en mi beneficio.

-Para lucirme, ¿no?

-Para lucirte y disfrutarte.

Sonrieron. No habían comprado nada.

19 de enero de 2015

El francés se enfada



Hay temas que se resisten a desaparecer aunque uno piense haber dicho su última palabra al respecto. Nuestra propia actualidad vuelve a llamar a la suya y cuando se repite este viaje de ida y vuelta, cuando una y otra vez el pasado se resiste a ser olvidado por el presente (o viceversa), es cuando nos damos cuenta de que la herida es mucho más profunda de lo que habíamos imaginado al principio. Charlie Hebdo, de nuevo, esta vez a colación de una anécdota contada por André Gide en su Journal el 7 de octubre de 1942. Gide se encuentra en Túnez, huido de una guerra que no tardará ni dos meses en alcanzarle. Es ramadán y un señor francés fuma un cigarrillo en la plataforma de un tranvía.

A su lado, un árabe muy bien vestido le dice:
-Tira el cigarrillo.
Y como el francés no da muestras de haber oído, el árabe repite, más imperativamente:
-Tira el cigarrillo.
El francés mira al árabe y sigue fumando. Entonces el árabe levanta la mano, arranca el cigarrillo de entre los labios del francés y lo tira lejos. El francés se enfada:
-Voy a poner una denuncia.
Y el árabe contesta:
-Me importa un comino.

Gide concluye: 

Esta es la situación; he aquí adónde nos han llevado tantas torpezas acumuladas, multiplicadas, durante tantos años de protectorado (...) he podido comprobar penosamente que Francia perdía terreno (...) He llegado al extremo de no atreverme ya a entrar y sentarme en un café moro. ¡Qué dulce era poder sentirse orgulloso de ser francés!

Setenta y dos años después de esta escena al árabe también se le llama francés, de fumar en un tranvía tunecino durante el ramadán hemos pasado a dibujar a Mahoma un día cualquiera en una publicación parisina y al lanzamiento al suelo de un cigarrillo le ha sustituido once asesinatos.

El mundo islámico sigue teniendo un problema, como también lo tuvo el mundo cristiano hasta hace bien poco, con la asignación colectiva de las faltas individuales. En las sagradas escrituras hay numerosos ejemplos de esta mentalidad, como el caso de Adán transmitiendo su pecado al resto de la humanidad o el del faraón provocando diez plagas al pueblo de Egipto por su negativa a liberar a los esclavos judíos. Estas alegorías (que son judeo-cristianas pero cuya raíz es anterior) expresan cómo a cada individuo se le hacía partícipe y, por tanto, responsable del estado del sustrato espiritual de toda la comunidad, fuera suya o ajena. Así, cualquier falta cometida por el individuo era una mancha que impregnaba al resto y que debía someterse a una purificación proporcional al daño provocado, tanto en el propio individuo como en sus alrededores. En los países en los que ha habido una progresiva separación entre Estado e Iglesia a la falta espiritual se le ha ido asignando un castigo crecientemente espiritual. En cambio, en los países teocráticos las agresiones, mutilaciones y asesinatos siguen siendo una respuesta común, oficial o no, a faltas que en el mundo moderno no trascenderían lo religioso pero que, en dichos países, se mezclan íntima y miserablemente con lo civil. 

El árabe de Gide tampoco está hoy mal vestido pero sigue pésimamente informado. 

17 de enero de 2015

Cuestión de límites



Una cosa es la democracia y otra darle el poder al pueblo. La democracia tiene límites y, sobre todo, un adjetivo, el de representativa, que marca la diferenciación. Por eso se equivoca Begoña Gutiérrez, secretaria provincial de Podemos en Sevilla, cuando dice que “serán los ciudadanos quienes decidan sobre la continuidad de la Semana Santa” de su ciudad, pues no toda decisión debe de estar basada en mayorías. Lo minoritario también debe ser celosamente respetado por los poderes públicos y a los gobernantes, representantes no de unos ni de otros sino de todos y cada uno, han recibido a través del voto la autoridad de poder enmendarle la plana al pueblo y a su estadística. Esa autoridad es la que les permite decir “estáis equivocados” a la masa aunque, al mismo tiempo, también les obligue a explicar por qué. Un político no es un contador de votos y su raciocinio frente al ruido ambiente es lo único que les puede separar de la telemática, con la que seguro que ahorraríamos dinero pero no disgustos. Gide tenía clara la diferencia entre cantidad y calidad: "Puedo estar, y estoy a menudo, de acuerdo con el mayor número; pero la aprobación del mayor número no puede convertirse a mis ojos en una prueba de verdad. Mi pensamiento no debe seguir el camino trazado", decía en 1939. La democracia tiene sus límites, sus adjetivos que restan para sumar. También las libertades. La libertad de expresión, por ejemplo, tiene sus límites aunque la razón de la resta no sea la de evitar el puñetazo ajeno, como ha dicho el papa Francisco, sino la de conservar la dignidad propia. El que da un puñetazo para responder a una ofensa, bien lo debe saber el papa, comete un acto indigno y no sólo para la cosa pública sino también para la cristiana. Son las leyes las que deben decidir si está prohibido o no dibujar a Mahoma y si, en el caso de que te partan la cara por ello, se puede poner la otra mejilla para que te la acaben de partir. Hay quienes considerarán que tal acto sería no sólo cristiano sino fundamentalmente pedagógico y que hacer lo contrario (es decir, callar para no recibir el puñetazo) daría argumentos a los castigadores para tratar de abolir a balazos las críticas al burka y a otras mutilaciones igualmente sustentadas por creencias sacras. 

14 de enero de 2015

Qui suis-je?



Leo que Santiago González alaba el editorial de hoy de El País sobre los asesinatos parisinos. A mí la pieza, lejos de "irreprochable" como dice el bueno de Santiago, me parece cobarde y estúpida. Por ejemplo, en esa reiteración esterilizante sobre que el estilo de Charlie Hebdo "no coincide con la línea" del periódico, así como si fuese necesario matizar. O en esa equidistancia entre "la reacción a la forma en que algunos dibujan a Mahoma" (¿algunos o cualquiera?), "el renacimiento del antisemitismo virulento" (¿hay algún antisemitismo no virulento?) y "la tentación de la islamofobia" (aquí sí que han estado finos, los curas). Y luego el nosotros, ese nosotros tan socialdemócrata con tonillo de aula de primaria: "No podemos matarnos entre nosotros cada vez que se publica algo que nos disgusta o no coincide con nuestros principios". Vale, seño. 

Preliminares



He estado unos buenos veinte minutos buscando la intervención de ayer del ministro del Interior anunciando el pacto con el PSOE a cuentas de lo de París y lo único que he encontrado es que, de acuerdo con la página oficial del ministerio, Jorge Fernández no interviene desde hace tres meses. Poco aprecio le deben de tener al ministro como para resistirse tanto al copy and paste. Mi búsqueda infructuosa del discurso tenía la intención de corroborar lo que escuché ayer en la televisión: la machacona reiteración de la palabra "Estado", tan repetida e innecesariamente repetida por el señor Fernández que es fácil pensar que el antiyihadismo no ha sido más que una excusa del establishment para anunciarse como tal y quitarse polvo de casta. La aparición del ministro tuvo la estética de las situaciones importantes: la conexión en directo, el sonido de las cámaras fotográficas y los carraspeos del público asistente. A mí hasta me hicieron callar para escucharlo y no me extrañaría que a más de un señor mayor le viniera a la mente esa caja de zapatos, pertinentemente escondida, que pudiese incriminarle ante las nuevas autoridades. Pero el ministro habló, fuese y no hubo nada. Tan sólo la razonable indignación del niño a quien le niegan no ya los placeres adultos sino incluso una mínima elaboración de las excusas para negárselos. Ayer, en la campaña más chusca de los últimos tiempos, PP y PSOE mostraron sus mejores argumentos para imponerse a Pablo Iglesias: el pasado de unas elecciones en las que Podemos no concurría ("los partidos con representación en el Parlamento", o similar, también fue una puntualización reiterada por el ministro para referirse a aquellos que podían unirse al pacto) y el presente de quien tiene las llaves de los bastidores. Nada más. Ni siquiera un discurso de Estado que al propio Estado le parezca adecuado publicitar. Sólo cámaras y carraspeos. Pura y simplísima escenografía sin futuro.