Després d'haver escrit aquestes coses, sento una sensació de tranquil.litat.

Josep Pla.

17 de diciembre de 2014

La rabona y el payaso



La rabona es un recurso futbolístico consistente en hacerse la picha un lío a propósito y rematar pasando una de las piernas por detrás de la otra. Teniendo en cuenta la incomodidad, la lentitud de ejecución y los nulos beneficios prácticos de la propuesta es comprensible que cuando un jugador se decida a hacer una rabona habitualmente levante más abucheos que aplausos. Pero los abucheos rara vez provienen de los seguidores del propio jugador (lo cual sería más comprensible dada la ineficacia habitual de tal requiebro barroco) sino de la bancada rival, que suele tomarse el adorno como una falta de respeto. En el partido que ayer enfrentó al Real Madrid y al Cruz Azul mexicano, Cristiano Ronaldo culminó un hermosísimo contragolpe con una rabona en carrera. El partido iba 3-0 a favor de los blancos y, tras la jugada, que finalizó con parada del portero americano, el estadio reaccionó con aplausos generalizados. Fue la excepción, ya que jugándose el partido en Marrakech la afluencia de hinchas del equipo mexicano era meramente testimonial. En cambio, fuera del estadio y del país, muchos en sus casas, bares y redacciones seguro que contestaron al gesto del jugador portugués con un mohín de desprecio. Raúl Orvañanos, un comentarista mexicano de la cadena Fox, les puso voz a todos ellos durante la retransmisión: "Cristiano no la metió por payaso", dijo. Más tarde, preguntado por el calificativo, el periodista se explicó con más profundidad: "No le llamo payaso de los que se pintan la cara, se lo llamo por agrandado porque podía haber definido con una volea con la pierna izquierda (...) En el fútbol hay códigos de no burlarse del contrario cuando el resultado es de 3-0 y no es lo correcto. Pienso que fue agrandado este hombre y por eso me salió ese grito, por chulito. Di Stéfano nunca haría algo así". Yo vi la jugada en directo y he de confesar que mi respuesta fue bidireccional: entusiasmada, porque podría haber sido uno de los goles del año, y reticente, porque no lo fue debido el exceso. Sin embargo, no entiendo la indignación. Es más, si hago fuerza y pretendo entenderla, el seguidor que se declarase despreciado adquiriría ante mis ojos un perfil bastante despreciable: el perfil de quien considera que el campeón de la CONCACAF (la competición que enfrenta a los mejores equipos de América del Norte, América Central y el Caribe) está tan por debajo del nivel del Real Madrid que precisa un trato tan especial, un tacto tan esponjoso, que ni siquiera debe tolerar una rabona que fácilmente pudo acabar en gol. No se puede considerar a Cristiano un payaso sin hacer un circo del campo y lo que allí se juega. 

16 de diciembre de 2014

Suma cero (en defensa de Mariló Montero)



Mariló Montero es una de esas mujeres sobre las que más se fija el foco de atención. Ha dicho algunas tonterías (como lo de que "No está cientificamente comprobado que el alma no se transmita en los transplantes" o aquello de los “negritos a los que hay que enseñarles a labrar la tierra”) pero sus tonterías no son particularmente más numerosas ni tampoco más graves que las del resto de la parrilla televisiva. La especial animadversión que existe hacia ella habrá que buscarla en otras razones, si es que son razones y no, como me temo, malas intenciones. Lo de ayer, por ejemplo, es ilustrativo de la inquina inquisitorial con que suelen juzgarse las palabras de la presentadora. En una entrevista concedida al periódico La Razón y aparecida ayer, Mariló Montero hacía la siguiente declaración: "Soy tan feminista como machista". Estas palabras puestas a mitad de artículo o final de párrafo estoy seguro de que no hubiesen tenido la menor repercusión. ¿Por qué iban a tenerla? Pero he aquí que el editor de la noticia decide llevarlas al titular y es entonces cuando se monta la marimorena. Primero, porque un titular se supone que transmite algo relevante y, segundo, porque la mayoría de los lectores no pasan de allí. Yo, por ejemplo, sólo he pasado a raíz de los comentarios. Y lo que me he encontrado al leer la declaración completa no es ni más ni menos que lo que yo había supuesto: "Yo un día le pregunté a una amiga qué era ser feminista y me dijo que defender a las mujeres. ¡Y yo también defiendo a los hombres! Entonces no me gusta definirme como feminista ni como machista. Soy tan feminista como machista." Pero un titular, con sus letras grandes, suena a impacto y si el que conduce tiene interés el choque, inevitablemente, se produce. He aquí una colección de los comentarios suscitados por la entrevista: "Mariló Montero es feminista y machista al mismo tiempo... Gato de Schrödinger de Mariló Montero...", "Feminista como machista como estupidísma...", "Lo q es, es tonta y aún no se ha enterado."NO LA MALTRATEIS POBRE! ES TONTA DEL CULO!", "Os estais equivocando ... Mariló quería decir que es bisexual...pero como de costumbre se ha hecho la picha un lío...", "Marilo Montero, alias la come nabos es tonta del culo directamente", "Más que bipolar...debe de ser un trifásico de narices el enchufe de la MariLELA..", "Tanto como atea y cristiana , no?", "Lo que es es tan tonta como gilipollas.....", "No atina una, donde no hay cerebro no se pueden pedir peras al olmo!", "esta tía es tonta del culo o es una cosa u otra, pero las 2 es raaroo, rraroooo, raroooo", "Cada vez que habla sube el pan!!! Petarda!!!", etc., etc. Y todos los demás comentarios, absolutamente todos, en el mismo sentido que los anteriores. Queda en evidencia, como apuntaba más arriba, que nadie ha leído más allá del titular. Y también que, una vez leído, es tal la estupidez mezclada con la vena inquisitorial que las mentes nubladas de los comentaristas no pueden percibir que si alguien dice "Soy tan feminista como machista" puede estar diciendo, como efectivamente Mariló dice, que no es ni una cosa ni la otra. No era tan difícil, chavales.

15 de diciembre de 2014

Una breve explicación de España y Cataluña



Imaginemos por un momento que Martín el Humano hubiese tenido un hijo y que, por tanto, no se hubiese producido el Compromiso de Caspe (1412) que eligió al castellano Fernando de Antequera como rey de la Corona de Aragón. O imaginemos que Isabel de Castilla no se hubiese casado con el nieto de Fernando de Antequera, Fernando II, y que, por tanto, las Coronas de Castilla y Aragón no hubiesen compartido dinastía reinante. El resultado, tanto en uno como en otro supuesto, habría sido que España probablemente no existiría como país y que Francia tendría el mismo rango de vecino para la Corona de Aragón como lo tendría Castilla. Imaginemos que con semejante contexto histórico hubiésemos llegado al mediados del siglo XIX. Las circunstancias en ese momento, con una cierta industrialización y una red de transportes en expansión, la escasa articulación del mercado peninsular habría sugerido a los prohombres del país un cambio igual que se lo sugirió a Cavour respecto a los territorios italianos o a Bismarck respecto a la confederación alemana. El Norte industrial habría salido, como salió en aquellos dos territorios, a la conquista de los graneros del Sur y el territorio con la economía más fuerte de la península, Cataluña, habría sido nuestro Piamonte o nuestra Prusia particular. El producto resultante sólo podría haber sido uno: España, como aquello que nunca fue Italia acabó siendo Italia y aquello que nunca fue Alemania acabó siendo Alemania. El nacionalismo español habría tenido su centro en Barcelona y más tarde Castilla, como Nápoles o Baviera, habría producido un nacionalismo propio y, por tanto, antiespañol. 

Pero nada fue así y todo ha sucedido como sucedió. España apareció a finales del siglo XV a partir de la unificación dinástica de las Coronas de Castilla y Aragón y, a partir de entonces, comenzaron a funcionar los mecanismos de justificación del poder de dicha dinastía. Mecanismos políticos, económicos, culturales y, sobre todo, religiosos. A partir del trabajo de la Iglesia (que produjo masivamente mensajes de sujeción filial a la monarquía), España se fue configurando como unidad providencial, como fraternidad indisoluble. Y tal fue la potencia de este discurso que llegó a perdurar, sin apenas modificaciones, hasta bien entrado el siglo XX, cuando el nacionalismo tomó el testigo como religión al cristianismo y las circunstancias económicas favorecieron el desarrollo del discurso independentista en Cataluña. No era así en 1837, cuando España era el mercado casi exclusivo de Cataluña y Pedro Felipe Monlau defendió lo que sigue: "Los catalanes son bastante avisados para querer suicidarse [pues] como sus artículos no tienen otra salida que para el resto de España, el día que nos aislásemos y, declarando nuestra independencia, nos segregásemos de la gran familia española, moriría en aquel día nuestra industria entera (...) Con la mano, pues, en la conciencia y creyendo cumplir un deber sagrado, declaramos: No, Cataluña no puede hacerse independiente." (Citado por Juan Francisco Fuentes en "Cataluña y España en el siglo XIX; encuentros y desencuentros"). 

Repaso de columnistas


No soporto a Fernando Sánchez-Dragó y su hartazgo con todo aquello a lo que siempre regresa. No soporto a Antonio Lucas, el penúltimo bohemio, que lleva encima el oxímoron letal de periodista poeta. No soporto a Antonio Gala, a quien la toga cardenalicia le sentaría mejor que a cualquier cardenal. No soporto a Maruja Torres por las mismas razones que no soporto a Almudena Grandes ni a Rosa Regás. No soporto a Arturo Pérez-Reverte, hermano mayor de Risto Mejide. Pero, por encima de todos, no soporto a Cayetana Guillén Cuervo y esas frases. Suyas. Que me matan. A la indigencia intelectual le pone puntos que me suenan a campanas. A iglesia. A sermón. Carmen Rigalt me hace gracia pero poco más y de Raúl del Pozo me entristece que no haya sabido vencer a su formato. Manuel Jabois y su padre putativo, Arcadi Espada, molan más que nadie. 

14 de diciembre de 2014

El patriota exiliado

A los españoles emigrados al Reino Unido sólo nos falta una publicación periódica, al modo de la que fundó Blanco White en Londres, para poder llamarnos y que nos llamen exiliados. Todo lo demás lo tenemos: somos muchos, tenemos una formación más que notable y, sobre todo, nos sobran energías cuando se trata de criticar a nuestro país. El cabreo nos une y el impulso arbitrista, tan nuestro, se nos desborda cuando nos vamos de pintas. El repaso a todo lo que funciona mal o no funciona en España sólo se ve detenido, de vez en cuando, por la evocación nostálgica y casi siempre gastronómica de lo que sí. El paladar suele ser el que actúa de moderador. Cuando alguien trae jamón ibérico nos deshacemos en alabanzas sobre el buen clima o el sentido de la amistad que existe en nuestro país. Sin embargo, cuando se acaban –porque se acaban- esas provisiones que el día de nuestra marcha nos pusieron en la maleta nuestras madres, las críticas se vuelven feroces e insaciables. Hace un par de días fue sorber un poco de vino autóctono y, al instante, empezar a echar por tierra todo el sistema funcionarial español. Las cosas han cambiado. Los emigrantes españoles ya no tenemos bigote, podemos defendemos bastante bien con el idioma y no ha sido la necesidad, habitualmente, la que ha impulsado nuestra marcha sino la falta de expectativas. Nos han dejado hecho trizas el presente y el futuro, directamente, nos lo han robado. A Blanco White las autoridades españolas lo llamaron antipatriota por defender desde su periódico londinense un trato digno a las colonias españolas y, en vista de que aquello no era posible, por defender en último término su independencia. Si defender una patria significa defender su dignidad, no hay duda de que Blanco White fue un gran patriota. Los indignos y antipatriotas fueron, y siguen siendo, los de siempre.

13 de diciembre de 2014

Lento y bien



Llevo algo más de dos meses viviendo en el Reino Unido y he descubierto dos cosas esenciales. En primer lugar, que aquí debe hablarse más lento. Los hispanohablantes tenemos una cadencia de pronunciación que roza las ocho sílabas por segundo de media, la más alta del mundo junto a la de los japoneses. El ritmo de los angloparlantes, en cambio, es mucho más bajo, de unas seis sílabas por segundo. Sin embargo, la densidad de información, la cantidad de datos contenida por segundo es mucho más baja en español que en inglés: nos cuesta más tiempo decir las mismas cosas... Y por eso las decimos más rápido. Por eso se dice que mientras que los hispanohablantes parecemos metralletas lingüísticas, los angloparlantes vendrían a ser lanzagranadas. Mi segundo gran descubrimiento de la cultura británica ha sido las sesiones de la Cámara de los Lores. Estoy enganchado a ellas. Me gusta su esencia (cada vez menos hereditaria y más meritoria) y, sobre todo, me encanta esa elegante familiaridad con que se tratan sus miembros: “My lords”, “My dear lords”, “My noble friends”... La gran ventaja de ser Lord debe de ser que puedes sentarte y sentirte entre iguales, así en las sesiones de Westminster como en reuniones particulares, acompañadas seguro de buena comida, en Bearsden Burgh, Ludlow o Collingtree. Así, la distancia que hay entre la Cámara de los Lores y la Cámara de los Comunes (¡comunes!) vendría a ser la que va del club de caballeros a la taberna o el bar. En ocasiones las formas lo son todo o, al menos, suponen el inicio de ese todo. Ahí está el ejemplo de Steve Jobs, que hizo del diseño y la presentación la clave del éxito y la excelencia de sus productos. O el ejemplo de Factual, que se puso en manos del único formato que obligaba al buen periodismo. Hablar lento pero bien y desde la autoridad que otorga la virtud: esas son las primeras enseñanzas que he recibido de este gran país.

12 de diciembre de 2014

La muerte de un desconocido



Pantani: The Accidental Death of a Cyclist, el documental lanzado por James Erskine hace unos pocos meses, contiene hallazgos prodigiosos. Dos comparaciones, sobre todo, que se repiten a lo largo del documental como estrofas en una canción: las vueltas de una centrifugadora con muestras de sangre (alusivas a los giros de rueda de una bicicleta) y la repetición de líneas discontinuas sobre el pavimento (alusivas a rayas acumuladas de cocaína). Las imágenes de la competición, que abarcan diversos espectros desde la pureza de las altas montañas hasta la oscuridad de los comportamientos indignos, contribuyen de un modo más que eficiente a la captación del lenguaje del ciclismo profesional, tan pendiente y dependiente de la épica. Pero ahí donde el documental acierta en las formas no acaba de conseguirlo en el fondo. Pantani: The Accidental Death of a Cyclist es la historia de un héroe defenestrado, de un hombre que puede sobreponerse a un accidente gravísimo y llegar a lo más alto pero que es también capaz de desplomarse desde esa altura hasta el pozo de la depresión más absoluta y de la muerte en soledad. Los testimonios se perciben sólidos, bien construidos, cada uno según sus propias circunstancias, y todos ellos resultan en un esbozo de tesis que quiere achacar la desgracia del ciclista al cumplimiento de las normas vigentes. Un análisis realizado tras su victoria en Madonna di Campligio arrojó una tasa de hematocrito del 50,2% (superior al 50% permitido) y provocó, por tanto, su descalificación a falta de dos etapas en un Giro d'Italia que ya tenía ganado. A raíz de eso llegaron, dice la tesis, la depresión, las drogas y la muerte. En el documental hay muchas respuestas pero se echan en falta la mayoría de las preguntas. El silencio sobrevenido es tal que cuando aparecen las imágenes del entierro del ciclista en Cesenatico, su ciudad natal, el espectador no puede sino preguntarse quién iba realmente dentro de ese féretro. Y eso es, quizá, lo peor que puede decirse al cabo de una biografía.

11 de diciembre de 2014

Smiths



En el coche, de camino a San Juan, Laura puso un CD en el reproductor y, tras sonar las primeras notas, le dijo a Emilio que aquella sería su canción. La de ellos, la que podrían llamar “nuestra” desde entonces. There is a light that never goes out, de los Smiths, era una canción que jamás habían escuchado juntos y que él ni tan siquiera conocía pero Emilio, que conocía bastante bien a Laura, supo que la elección no podía haber sido arbitraria y que la decisión final, aunque repentina e inesperada, debía de sostenerse con razones de peso. Consciente de la relevancia del momento, histórica en el sentido más simple y acertado del término, Emilio se dispuso a escuchar por primera vez y descubrir aquella canción que Laura acababa de declarar esencial para sus vidas, representativa de su historia en común. Eso, al menos, es lo que se espera de la canción de uno: que describa, en la medida de lo posible, aquello que merece ser descrito de cuanto se ha vivido o de lo que queda por vivir. Que se nos parezca, en pocas palabras, y que haga nuestros alrededores menos ajenos y menos afilados.

Aunque tuvo que escuchar la canción varias veces y consultar el móvil, en última instancia, para saber lo que allí se decía, Emilio se hizo por fin una idea del cómo, es decir, del por qué la hasta entonces desconocida There is a light that never goes out, de los Smiths, había llegado a convertirse en su canción: lo que allí se decía era muy parecido a Laura. Porque ¿qué sería para ella un viaje compartido sin la presencia amenazante de un autobús de dos plantas a pocos metros de distancia capaz de provocar un accidente mortal? ¿Cómo, para ella, podría manifestarse el amor de un modo creíble sin que un camión de diez toneladas interviniese, fatalmente o no, para certificarlo? La declaración de esa canción como suya, como canción de los dos, venía a sumarse a otros tantos argumentos de Laura en un debate que ambos solían tener con una regularidad marcada por las circunstancias. En aquella carretera, de camino a un apartamento en primera línea de playa, piscina y pistas de tenis, no circulaban autobuses de dos plantas ni camiones pesados con pretensiones notariales. Más allá de esa carretera, más allá de julio y de las vacaciones, ya era otro cantar. También británico pero no de Inglaterra sino de Gales. De Cardiff, exactamente, a donde Emilio tenía pensado emigrar en septiembre para buscar trabajo. Una amenaza frontal a esa luz que hay y que nunca se apaga.

Sin muerte en Cardiff



Yo no lo sé pero el porcentaje de historias que empiezan con una muerte debe de ser elevado. Una muerte que investigar, una muerte que llorar, una muerte por la que vengarse... La simple mención del muerto consigue elevar automáticamente la narración, le otorga peso a la escritura y sitúa durante un tiempo a la obra por encima de su propio autor. Porque la muerte está por encima de todo. Que este efecto permanezca o que se disipe en un instante ya dependerá del genio del escritor y de su capacidad o incapacidad de mantener el misterio que todavía provocan los muertos. El hecho puntual de la muerte (y más todavía si se trata de la muerte de un solo muerto: de la visión de sus dedos muertos, de su cabeza muerta, de su pelo muerto...) rara vez provocará indiferencia y puede ser un punto de partida inmejorable para cualquier historia. Incluso para la del muerto.

En mi historia no hay ninguna muerte y por eso voy a empezar con un viaje, que es lo más parecido. Fue un 25 de septiembre y salí hacia la una de la tarde del aeropuerto de Alicante para llegar al de Cardiff dos horas y media después. Cardiff, es decir, ni idea. Una semana antes del viaje miré la wikipedia y descubrí que era la capital de Galés, que estaba al Sur del país y que, mira tú por donde, había sido el puerto de carbón más importante del mundo en el siglo XIX. Elegí Cardiff porque era una ciudad mucho más barata que Londres, con universidad propia y un acento que pensé que sería fácil de entender. Trabajar de profesor, perfeccionar mi inglés, acumular experiencias... Los objetivos los imponía la propia necesidad: la evidencia del veintitantos por ciento de paro que había en España y la intuición de que las cifras tardarían en bajar. Fue Cardiff como podría haber sido cualquier otra ciudad británica. La cuestión era salir pitando para, algún día, poder volver tranquilo.

Recuerdo que los primeros días fueron duros, repletos de cosas importantes que hacer (como buscar un piso, abrir una cuenta bancaria o conseguir el número de la seguridad social) y de terribles pequeños detalles que temer (como los protocolos a la hora de pedir la cena en un bar o de pagar el autobús). Si hubiese tenido entonces a alguien a mi lado la ignorancia habría sido divertida... Pero al estar a solas toda interacción con el entorno, por pequeña que fuera, se me atragantaba. Mi buen nivel de inglés, por ejemplo, no me permitió pedir una pinta de cerveza sin balbucear hasta el tercer día. Y así llegué a la conclusión de que todo mi nerviosismo se debía a una dignidad llevada al exceso, a no querer ser menos que nadie ni necesitar más. El círculo vicioso del cojo que no quiere usar bastón y que se cae tantas veces que, al final, acaba con la otra pierna rota.

Decía que no hay muertos en esta historia pero no estoy seguro del todo. No he encontrado el cadáver pero sé que hay una víctima inocente, que fue agredida durante mi primera semana en Cardiff y que el atacante fui yo, propinándole un solo golpe que pretendió ser mortal. Fue en la puerta de mi casa y la víctima resultó ser la araña en libertad más grande que hayan visto mis ojos. El animal ya de por sí era impresionante pero además había tenido tiempo para, no ya tejer, sino levantar una telaraña tan magnífica como una bóveda estrellada. Cada vez que salía o me disponía a entrar en casa podía verlas a las dos, a la araña y a su creación, las dos impasibles, soberbias, ancestrales. Ni viento ni lluvia las derribaba. No había tampoco mano humana dispuesta a imponerse a la naturaleza. Estaban en unos de los flancos del jardín, junto a la enredadera, y yo no osaba aventurarme por el pasillo de entrada hasta comprobar que la araña no hubiese bloqueado el camino. Mientras no estorbe, pensé, ahí se queda. A fin de cuentas, ¿qué sabía yo de la política seguida en Gales respecto a los animales de jardín?

Un día, nada más entrar en casa y preparar la frase (prepararla porque mi inglés y, sobre todo, mi espíritu todavía balbuceaban), se lo dije a James, uno de mis compañeros de piso.

-¿Has visto la araña que tenemos en la puerta? ¡Es enorme!
-Sí, lleva ahí algún tiempo -me respondió, retirándose ya hacia su cuarto.
-¿La tenéis de mascota o algo?
-Me gustan las arañas.

En el piso reinaban la improvisación y la anarquía. La tarde que llegué me crucé con uno de los que iban a ser mis compañeros (Louis, un francés con la habitación al lado de la mía) y aún con las prisas por deshacer la maleta y arreglar las cosas le sugerí que deberíamos hacer una pequeña reunión entre todos para que me explicaran el funcionamiento de la casa: turnos de limpieza, compra de cosas comunes, división de compartimentos... La cara que puso ya me hizo suponer que no había ni turnos ni compras ni divisiones y su última frase lo corroboró:

-Te puedes cerrar si quieres en tu habitación. No pasa nada -dijo.

Luego supe que él era el único que se cerraba.

Al día siguiente me encontré con el resto de compañeros en la cocina: con James y su novia Emily (los dos británicos) y con Sergi, que era español y llevaba más de un año en Cardiff haciendo un programa de doctorado. Me presenté, ellos se presentaron y luego les dije lo que le había dicho a Louis la tarde anterior. Ellos me respondieron, en lineas generales, lo mismo que él. Las consignas de aquella casa en lo que respecta a la convivencia eran, en resumen, las siguientes: a) Limpiar lo que se ensucia, b) Comprar lo que cada uno necesite y c) Poner las cosas donde quepan.

La política respecto a las arañas seguramente seguía las mismas directrices así que, sin miedo al qué dirán, una mañana recogí un cartón que había en el suelo de la cocina, salí al jardín y eché por tierra a la araña y a su obra de ingeniería gótica. El respeto a las costumbres, tanto si lo son como si no, siempre tiene un límite. Y a mí no me gustan las arañas.

Pese a mi inicial interés por desarañizar y establecer una cierta organización dentro de la casa, todo estaba predestinado a seguir por los mismos derroteros. Bueno, no exactamente por los mismos porque, según me contaron, el anterior ocupante de mi habitación había sido especialmente cerdo: al parecer, había acumulado tanta basura que había llegado a inquietar al resto de los habitantes de la casa. Mi presencia, por lo tanto, iba a suponer una cierta mejora... Aunque no tanta como para subsanar los defectos de las normas de convivencia. Lo de "Poner las cosas donde quepan" más que a una filosofía respondía a una necesidad. Y en lo que respecta al muy honorable punto de "Limpiar lo que se ensucia" no tardé en descubrir que no contemplaba, en ningún caso, limpiar lo que ya se había encontrado sucio. Una cláusula como entenderéis importantísima pero que estaba recogida en el contrato y cuya ausencia provocaba graves trastornos. Sobre todo en lo referido a aquellos elementos de la casa que no se ensucian directamente pero que acaban recogiendo inevitablemente la suciedad como pueden ser el escurreplatos, la bañera o el lavabo. Ahí, en ese mismo momento, es cuando la civilización debería entrar, a lomos de caballos y tocando a rebato si hiciera falta, para imponer su bandera de libertad frente los estragos de la iniquidad y el salvajismo. Pero, ¿qué puede un hombre solo? No es lo mismo matar arañas que derrumbar mentalidades.

Cardiff es una ciudad hecha a la medida humana. Al principio la ciudad sorprende por su falta de sorpresa y agobia un poco al que acaba de llegar por su ausencia de alturas en las que detener la mirada y reposar la vida, especialmente agobiante, de los primeros días. Nada que ver con las ciudades de España, que suelen recibir a los visitantes con edificios cuya única función es la de recibir a los visitantes y retenerlos embobados. Salvo el castillo, el Millenium Stadium y los modernos edificios de la bahía el resto de la ciudad parece caber en la mano. Incluso la Catedral de Saint David, cuyo título pesa más que las piedras que la sostienen y que viven integradas en la vida comercial de la zona centro. Una catedral más de sábado por la tarde que de domingo por la mañana.
Esta tendencia de Cardiff hacia la horizontalidad es heredera en parte del estilo inglés clásico y en parte del origen humilde de la ciudad que hoy es, un origen decimonónico y de puerto carbonero. Los edificios están pensados más para estar que para ver, sin ningún rastro de misticismo y sin aspiraciones de resguardar más que de la lluvia y del frío. Apenas hay aquí nada que pretenda su propia permanencia. "En estas piedras cantan los horizontes", dice la inscripción en cobre de la fachada del Millenium Center. Es verdad. Aquí hasta los horizontes se mueven y transcurren, necesariamente plurales. Nada que ver con el horizonte de Castilla, mucho más solemne y silencioso, de planta orteguiana. Aquí los silencios están hechos de graznido de gaviotas (no de ruidos de chicharra) y la ciudad parece en movimiento incluso cuando no hay nadie por la calle.

Otra consecuencia del origen burgués y exclusivamente burgués de la ciudad es que en Cardiff no hay esculturas ecuestres ni de tipos arrogantes llevando armadura ni levantando espadas. Aquí lo que predominan son las figuras de señores trajeados, decimonónicos como mucho y habitualmente representados en la posición humilde de quien parece decir todo para el pueblo y con el pueblo. La mayoría son políticos, como Lloyd George (1863-1945), Henry Bruce (1815-1895) o John Batchelor (1820–1883) pero también hay comerciantes como John Cory (1828-1910), artistas como Ivor Novello (1893-1951) o deportistas como Jim Driscoll (1880-1925) o Fred Keenor (1894-1972). Gente con la que cualquiera puede identificarse porque, literal y metafóricamente, están representadas a tamaño real.

La idea aristocrática, en la que se basan los caballos, las armaduras y las espadas, pretende poner al hombre por encima de su propio ser, por encima de su familia y del resto de la humanidad. La idea burguesa, en cambio, acaba allí donde acaba el individuo. Un rey no deja de serlo porque le suceda su hijo o una dinastía distinta de la suya: la continuidad es su naturaleza y el eslabón no es nada sin la cadena de la que forma parte. Si los reyes pasados se esculpieron para algo fue para ir cincelando a los presentes y futuros. Los burgueses, en cambio, no se representan más que a sí mismos. Sólo conceptos etéreos e irrepresentables como el sacrificio o la filantropía son los que les ofrecen a los hombres comunes la justificación, el mínimo de permanencia, que siempre requieren las esculturas.

Pero, ¿cuánto dura eso? ¿Cuánto puede aguantar en pie un hombre que ya hizo todo lo que podía hacer? Las ideas comunes rara vez necesitan un nombre propio y por eso, en los últimos años, parece que vayan incrementándose las esculturas sin nombre, meramente figurativas: el minero anónimo, la niña anónima, la madre anónima con sus hijos anónimos. O esa que puede verse en la bahía y que resume al resto: una pareja anónima con un perro anónimo a su lado. “Gente como nosotros”, se llama. ¿Para qué, entonces, la molestia de recrearnos?