Desplazamiento horizontal
Seguramente para retrasar mi llegada a la biblioteca, he decidido no coger el autobús. Además, nada más alcanzar el primer cruce me he desviado de la línea recta para adentrarme por unas callejuelas cuya mayor virtud es que no llevan a ninguna parte o, en todo caso, llevan a todas sin pretenderlo. Mochila al hombro, como un Labordeta urbano, percibo el exquisito aroma de los tubos de escape, gozo del suave tacto del asfalto bajo mis pies y contemplo paisajes que no se extienden más allá de diez metros, con un horizonte siempre recortado por construcciones de piedra, termiteros de nuestra humanidad. Aquí el que no poetiza es porque no quiere.
Siguiendo un trayecto lo más horizontal posible he llegado hasta los Viveros. Antes de mudarme siempre pasaba por allí para ir a la facultad o para volver de ella. Hoy suenan igual que entonces, con un arrullo inmortal de pájaros invisibles. También sigue habiendo gente haciendo footing, amantes amándose, madres paseando a sus hijos pequeños y jubilados paseándose a sí mismos. El único que parece que está fuera de lugar soy yo, como lo era entonces. Para cambiar de estatus tendré que correr, amar, tener hijos, envejecer... Acciones que parecen ir en tromba unas detrás de otras. Yo, de momento, me limito a pasar sin ánimo de quedarme. Hago, eso sí, un pequeño amago y me voy al estanque de los patos pero se ve que es época de migración porque sólo hay cinco, de plumaje oscuro, todos ahí juntitos sobre una piedra. Estoy varios minutos con ellos, pensando si no me dicen nada porque no quieren o porque no tienen nada que decirme. Concluyo que ésa es una de las grandes ventajas de ser pato: no tienes que darle explicaciones a nadie.
Y cuando ya empiezo a sentirme con treinta años de más me despido. Adelanto al último jubilado y salgo del parque para encontrarme de nuevo con el asfalto. Ese sí que me habla, el muy cabrón. Coches, motos, taladradoras, perforadoras... Correr, amar, tener hijos, envejecer... La ruidosa banda sonora de nuestras vidas.
Siguiendo un trayecto lo más horizontal posible he llegado hasta los Viveros. Antes de mudarme siempre pasaba por allí para ir a la facultad o para volver de ella. Hoy suenan igual que entonces, con un arrullo inmortal de pájaros invisibles. También sigue habiendo gente haciendo footing, amantes amándose, madres paseando a sus hijos pequeños y jubilados paseándose a sí mismos. El único que parece que está fuera de lugar soy yo, como lo era entonces. Para cambiar de estatus tendré que correr, amar, tener hijos, envejecer... Acciones que parecen ir en tromba unas detrás de otras. Yo, de momento, me limito a pasar sin ánimo de quedarme. Hago, eso sí, un pequeño amago y me voy al estanque de los patos pero se ve que es época de migración porque sólo hay cinco, de plumaje oscuro, todos ahí juntitos sobre una piedra. Estoy varios minutos con ellos, pensando si no me dicen nada porque no quieren o porque no tienen nada que decirme. Concluyo que ésa es una de las grandes ventajas de ser pato: no tienes que darle explicaciones a nadie.
Y cuando ya empiezo a sentirme con treinta años de más me despido. Adelanto al último jubilado y salgo del parque para encontrarme de nuevo con el asfalto. Ese sí que me habla, el muy cabrón. Coches, motos, taladradoras, perforadoras... Correr, amar, tener hijos, envejecer... La ruidosa banda sonora de nuestras vidas.






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