5 de marzo de 2010

Precuela



Marc Chagall, Adam and Eve Expelled from Paradise. 1967




Cuando Adán y Eva eran todavía unos niños les encantaba escuchar a los ángeles. Sus voces eran, con diferencia, las más agradables de todo el Jardín y sólo el canto de los ruiseñores podía competir con ellas. Pero los ángeles tenían algo que les hacía únicos y era que, a diferencia de los ruiseñores, de los niños y del resto de la Creación, cuando abrían la boca no era únicamente para referirse a ellos mismos.

Uno de los temas preferidos por los ángeles era, precisamente, el tocante a aquellas dos criaturas humanas que a escondidas solían asistir a sus reuniones.

-¡Qué hermosa es la inocencia de esos niños! -Dijo una vez uno de los ángeles-. No conocen el mal y sus vidas transcurren bajo la protección del Señor.

-¿Y qué hay de hermoso en esa existencia? Viven en paz, pero no han conocido otra vida como para sentirse afortunados.

-¿Es que acaso no consideras hermosa tu vida de ángel?

-Sí, pero ellos no son ángeles. El hecho de que se parezcan tanto a nosotros sólo me ofrece la visión de sus imperfecciones.

Dios, oculto como los niños, escuchó también aquella conversación y, compadeciéndose por aquellos ángeles presumidos, sonrió en el escondite de su escondite. Poco después se tanteó los bolsillos (o lo que sea que lleven los dioses para guardar las cosas) y sacó de ellos la semilla del árbol de la ciencia.


2 comentarios:

Scotty dijo...

Qué precioso relato. Ni se me hubiera ocurrido pensar en Adán y Eva siendo niños, Dios mío!

JLin™ dijo...

¡¡¡ Qué cabrón Dios (con perdón) !!!

ya vez, todo por una semillita, un árbol y una manzana... y no siquiera hemos sabido aprovechar del todo ese conocimiento.

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