
Cuando se dice de alguien que tiene un "comportamiento irracional" es porque se le considera fuera de sí, loco, carente de una base sólida que justifique sus actos. Inmediatamente, a través de la fuerza o de las palabras, la sociedad le aplicará un remedio para que recupere el control, es decir, para que encuentre la razón perdida y pueda vivir civilizadamente. Locke, el gran defensor de la libertad de culto, no defendía, sin embargo, la libertad de no rendir culto. Una mentalidad atea, un comportamiento descreído, suponía para él situarse fuera de la sociedad y de la red de promesas, juramentos y complicidades que la conformaban. Para Locke el ateismo era irracional y, por tanto, incivil, de manera que no debía ser tolerado por las autoridades. Pero la irracionalidad no es previa a la razón, no es en absoluto una vuelta a las cavernas. Al contrario, la razón es la que crea el concepto de irracionalidad y la que le da sentido en el momento en que busca distinguirse de la naturaleza. El culto a la no-razón no surgió en el Paleolítico sino después del siglo de las luces. El romanticismo fue una reacción a las promesas y a los juramentos. Fue una oposición a pecho descubierto contra las complicidades de una sociedad que sometía a los individuos y que los limitaba a unas reglas de comportamiento tendentes a ocultar su condición animal, sus instintos y sus pasiones. El romanticismo quiso devolver a los hombres las cualidades que la ilustración, al explicarlas, les había sustraído. El romanticismo quiso vivir la vida que la ilustración se había limitado a verbalizar.
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