16 de diciembre de 2008

La puta estampa

No era la primera vez que entraba allí. Lo había hecho en varias ocasiones pero aquella fue la única vez en la que entré avergonzado. Entendí que una cosa era pecar y otra muy distinta pagar por el pecado pero... En fin, hay necesidades que no esperan argumentos y la pregunta que repica en el cerebro no es tanto el porqué de la moralidad sino el cuándo de la urgencia. La higiene no estaba asegurada, más bien lo contrario, pero, ¡qué coño! Tampoco era mucho dinero y el remedio me ayudaría a salir del paso. Así que me metí en el local, me dirigí al mostrador, y con la cabecita virgen agachada le dije a una señora vestida de negro que quería una estampita de San Blas. Mi abuela se había empeñado en tener una. "Cura el dolor de garganta", me dijo. ¿Y qué iba a hacer yo? ¿Hablarle de la superstición? ¿Informarle de las disposiciones sobre el culto promulgadas por el Concilio de Trento? Nada de eso. Sonreír y apechugar, que para eso están los nietos.

Mientras la señora vestida de negro se fue a buscar la puta estampa al fondo de la librería, yo disimulé mi sonrojo mirando libros. Allí estaba San Agustín confesando las neblinas de su juventud, el filósofo San Isidoro, el seráfico Buenaventura, los místicos San Juan y Santa Teresa, el no menos santo Fray Luís de León... Estampas vivas de un pensamiento que pretende curar al alma por contacto.


Detente, cierzo muerto;
ven, austro, que recuerdas los amores,
aspira por mi huerto,
y corran sus olores,
y pacerá el Amado entre las flores.


Creo que aquella vez me compré la biografía de San Francisco de Asís escrita por Chesterton, como quien compra chicles y un donut para camuflar los condones. La estampa de San Blas venía con instrucciones de uso: repita tres veces y remover. 50 céntimos y vuelva pronto. La transacción estaba hecha y ya sólo quedaba hacerme un análisis de sangre por si las moscas. Y mi abuela tan contenta. Eso sí, cada vez que se constipa lo primero que hace es ir el cajón de los medicamentos, que San Blas será todo lo milagroso que quiera pero San Frenadol siempre nos ha guardado amorosamente de la tempestad. ¡Aleluya!


3 comentarios:

Bolboreta dijo...

Sabes que mi abuela era para monja? Pero es curioso porque nunca va a misa, ni reza, ni hace cosas propias de cristianos.

C.C.Buxter dijo...

Al menos te llevaste el libro de Chesterton. Curiosamente, acabo de ver que han sacado una edición completa de los cuentos de mi querido padre Brown, pero la broma cuesta 35 euros... ¿Hay alguna estampa para rebajar los precios?

Bueno, puedes ver que ya estoy de vuelta. Intentaré ponerme al día, pero es que tú escribes muchísimo...

Ah, por cierto, que no he podido votar: yo sería Superman, aunque sin el dichoso ricito.

Petrarca dijo...

Bolbo: antes lo de ser monja aseguraba tener pan en la mesa todos los días. Y romperé una lanza en favor de los cristianos al decir que estoy seguro de que tu abuela hace muchas cosas propias de los cristianos. Que no todo va a ser rezar e ir a misa.

Buxter: si no quieres pagar esos 35 euros roba el libro. Chesterton lo merece siempre. Tu voto habría deshecho el empate... cachis... Le pondré como vencedor virtual. Bienvenido :)

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