
Almorzar y leer el periódico son dos actividades que se complementan a la perfección, tanto que, emprendidas al mismo tiempo, al finalizar una finaliza irremediablemente la otra, adecuándose la ingestión de alimentos a la de noticias, y viceversa.
Almorzar leyendo el periódico es lo mejor que puede hacer alguien que no quiera hacer nada. El acompasado hojear de actualidad tiene un no sé qué de hipnótico y un no sé qué de boscoso, y casi tibetano, la apropiación de una actualidad que se escapa y que pierde interés una vez apropiada. Al cerrar el periódico y agotar la última gota de refresco se tiene la maravillosa sensación de haber conquistado un fortín de cartón-piedra. Maravillosa sensación por irresponsable, porque nadie está obligado a defender los aposentos fingidos.
Almorzar cuando se lee el periódico ofrece sabrosos contrastes, como el de observar desde el búnker a la gente de la calle ajena al enésimo colapso global. Los lectores de periódicos somos minoría (alrededor del 40% de la población total) pero nuestros ceños fruncidos, en comparación con la sonrisa despistada de la mayoría, hacen pensar que, tal vez, seamos nosotros los peor informados. Los titulares a cinco columnas son bombas sólo para quienes les hacemos caso.
Otros contrastes surgen de improviso, de la contextualidad de cada día. Ayer almorcé, y leí el periódico, en la segunda planta del Pans & Company. Había llegado demasiado tarde para que fuera pronto y demasiado pronto para que fuera tarde, de modo que me encontraba a solas, como una isla habitada en medio de un mar de islas vacías. La actualidad pasaba ante mis ojos, medio cerrados más que medio abiertos, en las noticias y en las gentes de abajo, mientras comía patatas fritas y un bocadillo de lomo, bacon y queso fundido, en la felicidad boscosa, casi tibetana, del silencio rugiendo desde el papel. Agotado el periódico y terminado el bocata (unos 30 minutos de reloj solar) observé que salía de los aseos un chico al que yo no había visto entrar y que sé no había entrado durante mi almuerzo. Antes de que me diera tiempo a imaginar qué había hecho el muchacho ahí metido durante aquella media hora (como mínimo) salió del mismo lugar una chica ajustándose las ropas. Nunca como hasta ayer la lectura del periódico durante el almuerzo me había parecido un hábito tan aburridamente limpio. En fin, pura desinformación.
Almorzar leyendo el periódico es lo mejor que puede hacer alguien que no quiera hacer nada. El acompasado hojear de actualidad tiene un no sé qué de hipnótico y un no sé qué de boscoso, y casi tibetano, la apropiación de una actualidad que se escapa y que pierde interés una vez apropiada. Al cerrar el periódico y agotar la última gota de refresco se tiene la maravillosa sensación de haber conquistado un fortín de cartón-piedra. Maravillosa sensación por irresponsable, porque nadie está obligado a defender los aposentos fingidos.
Almorzar cuando se lee el periódico ofrece sabrosos contrastes, como el de observar desde el búnker a la gente de la calle ajena al enésimo colapso global. Los lectores de periódicos somos minoría (alrededor del 40% de la población total) pero nuestros ceños fruncidos, en comparación con la sonrisa despistada de la mayoría, hacen pensar que, tal vez, seamos nosotros los peor informados. Los titulares a cinco columnas son bombas sólo para quienes les hacemos caso.
Otros contrastes surgen de improviso, de la contextualidad de cada día. Ayer almorcé, y leí el periódico, en la segunda planta del Pans & Company. Había llegado demasiado tarde para que fuera pronto y demasiado pronto para que fuera tarde, de modo que me encontraba a solas, como una isla habitada en medio de un mar de islas vacías. La actualidad pasaba ante mis ojos, medio cerrados más que medio abiertos, en las noticias y en las gentes de abajo, mientras comía patatas fritas y un bocadillo de lomo, bacon y queso fundido, en la felicidad boscosa, casi tibetana, del silencio rugiendo desde el papel. Agotado el periódico y terminado el bocata (unos 30 minutos de reloj solar) observé que salía de los aseos un chico al que yo no había visto entrar y que sé no había entrado durante mi almuerzo. Antes de que me diera tiempo a imaginar qué había hecho el muchacho ahí metido durante aquella media hora (como mínimo) salió del mismo lugar una chica ajustándose las ropas. Nunca como hasta ayer la lectura del periódico durante el almuerzo me había parecido un hábito tan aburridamente limpio. En fin, pura desinformación.
5 comentarios:
Ah, esas cosas no pasaban cuando la gente leía el periódico en La Fontana de oro o en el Café Gijón...
Me ha gustado eso de que "los titulares a cinco columnas son bombas sólo para quienes les hacemos caso", porque es la pura verdad. A veces uno se pregunta qué es lo artifical, si la polémica periodística o la indiferencia ciudadana.
¿Quién te ha dicho a ti que esas cosas no pasaban? Otra cosa es que no "trascendieran" (la trascendencia de lo más intrascendente), pero pasar... ¡Lo que contarían las paredes de esos santos lugares! ^^
Supongo que la polémica periodística es más artificial y la indiferencia ciudadana más natural. Unos pretenden ser artistas y otros copular en los lavabos. Habrá que buscar un punto medio... O frecuentar ambos extremos por igual.
Pocas noticias da tiempo a leer cuando una almuerza, a no ser que almuerce mucho o que lea saltando de titular en titular. A mí me parece más adecuada la tarea en el autobús, aunque al ser mi espacio de lectura de novelas el resultado es que estoy desinformada, pero en fin.
Del debate que acaba de surgir, yo me quedo con la opción del término medio. Frecuentar ambos extremos me agotaría.
La imagen, por cierto, me encanta. ¿Autor?
Siempre preferí ser de los informados. La felicidad de la ignorancia nunca ha sido para mí, qué le vamos a hacer...
Y será por eso que no me gusta ni la polémica periodística (cuando es superflua, como la mayoría) ni la indiferencia ciudadana (cuando es sobre algo importante). Cómo marcar las fronteras es lo complejo...
Siempre he visto negativos los extremos, aunque, por lo visto, hay extremos y extremos...
Dedalus: cuando logres acompasar el tiempo del almuerzo con el tiempo de lectura del periódico comprobarás que no existe mejor opción. La imagen no sé de quién es. Creo que busqué "lector periódicos" en google.
Juan: Yo hay cosas que prefiero no saber y mi felicidad me lo agradece. Por ejemplo, prefiero creer que bajo el suelo sólo hay tierra y no un infierno de conductos de gas, excrementos y demás residuos.
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