Llamaron y abrí. No había nadie. Era ella. En el pasillo vacío, sobre el suelo enmoquetado... Allí estaba. Toda para mí. Toda mía por trescientos euros. La hice pasar y cerré la puerta. Uno de mis equipajes estaba por abrir: dos maletas sobre la cama. El otro acababa de entrar en la habitación trazando en el aire el rastro de su perfume. Dejé el dinero encima del sofá. La empresa me pagaba la estancia, la comida y el transporte, pero no la compañía. Soledad en régimen de pensión completa. Sabía a quién acudir para remediarlo. No quise preguntar su nombre. Si la había elegido invisible era, entre otras cosas, para no tener que preguntárselo, de modo que fui a ducharme sin decirle nada. ¿Acaso eran necesarias las presentaciones? Había comprado un derecho de propiedad y nadie saluda a su reloj cada vez que se lo pone. Y mucho menos si el reloj es invisible. Al salir del cuarto de baño el dinero seguía sobre el sofá. Ya no me pertenecía, pero seguía ahí. ¿Y ella? ¿Dónde se había metido? Había deshecho la cama. La almohada, atravesada de parte a parte, fingía ser una mujer dormida. Me acerqué y me senté junto a ella. Deslicé mis dedos entre sus pliegues y sentí cómo su calor me acariciaba y desaparecía, cómo contactaba con mi piel y moría tras el contacto. Ausencia. Ella había estado allí, pero ya no estaba. Antes de que se enfriara su recuerdo lo respiré de entre las sábanas, lo absorbí hasta hacerlo mío, hasta mezclarlo conmigo en confusión de aroma y sangre. Su risa sonó entonces detrás de las cortinas. El sol la iluminó, traspasándola, haciendo que el aire adquiriera a través de su cuerpo una nueva forma, un nuevo ser más consistente, más sólido, proyectando en todas partes las partes de mujer que a ella le faltaban. En el sillón estaban sus pechos, sobre la estantería su vientre, su sexo sobre el televisor... Toda ella estaba en todas partes, toda ella estaba en mí. Toda mía por trescientos euros. Si la había elegido invisible era, entre otras cosas, para no tener que verla marchar.***
4 comentarios:
Curiosamente, la mujer invisible fue condenada a verle marcharse una y otra vez para el resto de su vida.
¿también estarías dispuesto a pagar para no ser invisible para ella/s? Lamentablemente "ellas" no suelen ser invisibles. De lo contrario, no perderíamos la cabeza... algo muy humano.
Cuando pagas indirectamente estás pagando por tu propia invisibilidad y, créeme, las pérdidas de cabeza se producen más por lo invisible que por lo visible.
Cierto es que la locura viene más por la ausencia que por la presencia.
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