Cortometrajes
En Valencia, a las seis de la tarde y en un día de finales de junio, el calor puede alcanzar extremos saharianos. Dos diferencias fundamentales nos separan del desierto: los olores cargados y el ruido pegajoso de la ciudad. Por suerte, las actividades culturales (que se multiplican y concentran más que nunca en estos días) representan una excusa oportunísima para gozar de las virtudes de la refrigeración sin necesidad de sentirse producto envasado.
Luisa me esperaba en la sala de exposiciones del metro de Colón, donde iba a tener lugar una sesión de cortometrajes. El local, enmoquetado de verde oscuro, forma una especie de U de aproximadamente cincuenta metros de largo y tres de ancho (unos veinte en la zona central) con cristales gruesos cubriendo la parte interior de la letra y un muro de ladrillos cerrando la exterior, ahora indebidamente decorada, en su mayor parte, con pinturas de formas grotescas y colores chillones. Una tenue melodía en el hilo musical acompaña al otro sonido de fondo (en este caso de exposición permanente) compuesto por escaleras mecánicas que suben y bajan y por trenes que vienen y se van. El sitio es encantador. Para llegar tuve que atravesar calles, bajar escaleras y sortear expresiones artísticas en forma de cuartillas plastificadas, tres actividades que se me antojan mucho más llevaderas en invierno, con diez grados menos y sin una mochila de diez kilos a la espalda. El aforo estaba prácticamente desocupado, a pesar de cinco o seis personas hábilmente desperdigadas. Luisa había elegido uno de los asientos de la primera fila y allí la encontré, con la espalda erguida y la expresión seria, mirando hacia la pantalla todavía en blanco. Me acerqué por su izquierda y la abordé sin compasión:
Al acabar el pase decidimos acudir a otro, a diez minutos de allí. Para hacer tiempo hasta las ocho (que es cuando empezaba) nos metimos en una tienda de cosas que normalmente no venden en las tiendas: cubiteras con formas divertidas, cuerdas de diseño para saltar a la comba, peluches con pilila o sombreros de paja con la palabra “sexy” en pedrería rosa. Con uno de esos sombreros Luisa era, tal cual, una información redundante. Al salir de la tienda me habló de su perro (un pastor alemán al parecer listísimo) y de su abuelo que, según dice, va dejando un rastro de esparto allá por donde pasa.
El centro cultural Bancaja (donde hacían el otro pase de cortos) es un lugar tan imponente, tan sobrecogedor, que parece mentira que se pueda entrar sin pagar. Yo estaba asombrado.
Antes de ir a la sala de cine nos metimos en una exposición sobre las ciudades chinas, una visita rápida que era más bien una toma de contacto para una visita futura. Sólo nos detuvimos ante una jaula de grillos hecha de bambú, una enorme maqueta del enorme Pekín y un pedrusco con grabados que parecía el Código de Hammurabi...
De vuelta a casa (a la suya) Luisa me habló de sus males. Me dijo que se marea, que le dan vahídos y que ha dejado de fumar por lo menos hasta que sepa qué es lo que tiene.
Al llegar a casa tuve la tentación de lanzar una moneda al aire pero, casi coincidiendo con la tentación, caí en la cuenta de que no todo puede responderse a cara o cruz. Y para usar un dado más vale dejarse de historias.
Luisa me esperaba en la sala de exposiciones del metro de Colón, donde iba a tener lugar una sesión de cortometrajes. El local, enmoquetado de verde oscuro, forma una especie de U de aproximadamente cincuenta metros de largo y tres de ancho (unos veinte en la zona central) con cristales gruesos cubriendo la parte interior de la letra y un muro de ladrillos cerrando la exterior, ahora indebidamente decorada, en su mayor parte, con pinturas de formas grotescas y colores chillones. Una tenue melodía en el hilo musical acompaña al otro sonido de fondo (en este caso de exposición permanente) compuesto por escaleras mecánicas que suben y bajan y por trenes que vienen y se van. El sitio es encantador. Para llegar tuve que atravesar calles, bajar escaleras y sortear expresiones artísticas en forma de cuartillas plastificadas, tres actividades que se me antojan mucho más llevaderas en invierno, con diez grados menos y sin una mochila de diez kilos a la espalda. El aforo estaba prácticamente desocupado, a pesar de cinco o seis personas hábilmente desperdigadas. Luisa había elegido uno de los asientos de la primera fila y allí la encontré, con la espalda erguida y la expresión seria, mirando hacia la pantalla todavía en blanco. Me acerqué por su izquierda y la abordé sin compasión:
-Cuanta menos gente hay más friki me parece esto.
-¡Qué tonto eres!
-Ay, ¡qué calor hace!
-Pues yo tengo frío. ¿De dónde vienes?
-Del cine.
-¿Qué has visto?
-Una película en tres dimensiones. Ahora volver a las dos va a suponer un paso atrás evidente...
-No será para tanto.
-Eso espero.
-¿Sabes que me voy a Noruega?
-¿Cuándo?
-A mediados de julio. Una semana.
-¡Qué bien! Dicen que es como Galicia pero más al Norte.
-¡Sí hombre!
-¡Qué tonto eres!
-Ay, ¡qué calor hace!
-Pues yo tengo frío. ¿De dónde vienes?
-Del cine.
-¿Qué has visto?
-Una película en tres dimensiones. Ahora volver a las dos va a suponer un paso atrás evidente...
-No será para tanto.
-Eso espero.
-¿Sabes que me voy a Noruega?
-¿Cuándo?
-A mediados de julio. Una semana.
-¡Qué bien! Dicen que es como Galicia pero más al Norte.
-¡Sí hombre!
Al acabar el pase decidimos acudir a otro, a diez minutos de allí. Para hacer tiempo hasta las ocho (que es cuando empezaba) nos metimos en una tienda de cosas que normalmente no venden en las tiendas: cubiteras con formas divertidas, cuerdas de diseño para saltar a la comba, peluches con pilila o sombreros de paja con la palabra “sexy” en pedrería rosa. Con uno de esos sombreros Luisa era, tal cual, una información redundante. Al salir de la tienda me habló de su perro (un pastor alemán al parecer listísimo) y de su abuelo que, según dice, va dejando un rastro de esparto allá por donde pasa.
-Qué guay, ¿no?
-Sí, pero me puso perdido el coche.
-¿El nuevo?
-Sí. El otro día me hizo unas zapatillitas que tengo colgadas en el retrovisor.
-Mucho mejor que el típico pino que en realidad es un típico abeto.
-Clarísimamente. El hombre no para de hacer cosas y yo no sé qué estará tramando.
-Seguro que ha montado un negocio con unos chinos.
-Puede ser, aunque creo que lo hace para las fiestas del pueblo.
-Sí, pero me puso perdido el coche.
-¿El nuevo?
-Sí. El otro día me hizo unas zapatillitas que tengo colgadas en el retrovisor.
-Mucho mejor que el típico pino que en realidad es un típico abeto.
-Clarísimamente. El hombre no para de hacer cosas y yo no sé qué estará tramando.
-Seguro que ha montado un negocio con unos chinos.
-Puede ser, aunque creo que lo hace para las fiestas del pueblo.
El centro cultural Bancaja (donde hacían el otro pase de cortos) es un lugar tan imponente, tan sobrecogedor, que parece mentira que se pueda entrar sin pagar. Yo estaba asombrado.
-¡Qué grande todo! ¡Y qué blanco! ¡Y qué limpio!
-Es como un hospital.
-Sí... Es posible... Pero, ¡fíjate! ¡Cuánto espacio y cuánta línea recta!
-Como en un hospital.
-Sí, bueno... Pero...
-Es como un hospital.
-Sí... Es posible... Pero, ¡fíjate! ¡Cuánto espacio y cuánta línea recta!
-Como en un hospital.
-Sí, bueno... Pero...
Antes de ir a la sala de cine nos metimos en una exposición sobre las ciudades chinas, una visita rápida que era más bien una toma de contacto para una visita futura. Sólo nos detuvimos ante una jaula de grillos hecha de bambú, una enorme maqueta del enorme Pekín y un pedrusco con grabados que parecía el Código de Hammurabi...
-...O la piedra Rosetta.
-O la piedra Rosetta.
-El otro día una chica me puso en un examen que la piedra Rosetta la había descubierto un amigo de Colón en 1910.
-Y es entonces cuando decidiste dejar de corregir, ¿no?
-Ojalá. Lo más sorprendente es cuando te añaden comentarios del tipo “y no pongo más porque no me acuerdo”.
-Bueno, eso demuestra que hay cosas que vale la pena no recordar.
-O la piedra Rosetta.
-El otro día una chica me puso en un examen que la piedra Rosetta la había descubierto un amigo de Colón en 1910.
-Y es entonces cuando decidiste dejar de corregir, ¿no?
-Ojalá. Lo más sorprendente es cuando te añaden comentarios del tipo “y no pongo más porque no me acuerdo”.
-Bueno, eso demuestra que hay cosas que vale la pena no recordar.
De vuelta a casa (a la suya) Luisa me habló de sus males. Me dijo que se marea, que le dan vahídos y que ha dejado de fumar por lo menos hasta que sepa qué es lo que tiene.
-Llevo dos días sin fumar.
-¡Dos días!
-Aunque anoche me fumé uno.
-¡Anoche!
-Bueno, es que para mí fumarme uno o dos cigarros al día es dejar de fumar.
-Entiendo.
-Cuando más me asusté fue cuando creí que me había bajado la tensión y luego vi que no me había bajado.
-Eso no lo entiendo. ¿Estás mejor de lo que piensas y eso te asusta?
-Claro, porque si no era por la tensión debía ser por otra cosa.
-Ah, claro. ¡Qué complicada es la vida!
-No te creas. La vida sólo es complicada si nos empeñamos en complicarla.
-Es verdad. Además nos la complicamos al intentar hacerla más fácil.
-Si actuáramos sin pensar viviríamos mucho mejor...
-... Al menos mientras no nos arrepintiéramos después.
-¡No hay que arrepentirse nunca!
-No sé... Yo creo que el arrepentimiento es necesario.
-Ni hablar. ¡A lo hecho, pecho!
-Sí, pero eso es a la larga. A corto plazo el arrepentimiento tiene su utilidad.
-¿Cuál?
-Pues que si vas a un Burger y tienes una mala digestión más vale arrepentirte antes de que tengan que hacerte un trasplante de estómago.
-Puede ser, pero una cosa es aprender de los errores y otra que dejes de tomar decisiones por miedo al arrepentimiento.
-Eso sí.
-Si no te atreves a tomar una decisión lo mejor es lanzar una moneda al aire. Yo lo hago. Así delegas la responsabilidad en algo que no depende de ti.
-Vale, pero ¿y si no te gusta lo que sale?
-No, no. Tienes que aceptar lo que diga la moneda.
-¿Y a ti qué te dijo?
-Cara. Aunque después cambié de opinión.
-¿Ves?
-Sí, pero no me fue demasiado bien con el cambio.
-O sea, que debiste hacer caso a la moneda.
-Pues no lo sé.
-¡Dos días!
-Aunque anoche me fumé uno.
-¡Anoche!
-Bueno, es que para mí fumarme uno o dos cigarros al día es dejar de fumar.
-Entiendo.
-Cuando más me asusté fue cuando creí que me había bajado la tensión y luego vi que no me había bajado.
-Eso no lo entiendo. ¿Estás mejor de lo que piensas y eso te asusta?
-Claro, porque si no era por la tensión debía ser por otra cosa.
-Ah, claro. ¡Qué complicada es la vida!
-No te creas. La vida sólo es complicada si nos empeñamos en complicarla.
-Es verdad. Además nos la complicamos al intentar hacerla más fácil.
-Si actuáramos sin pensar viviríamos mucho mejor...
-... Al menos mientras no nos arrepintiéramos después.
-¡No hay que arrepentirse nunca!
-No sé... Yo creo que el arrepentimiento es necesario.
-Ni hablar. ¡A lo hecho, pecho!
-Sí, pero eso es a la larga. A corto plazo el arrepentimiento tiene su utilidad.
-¿Cuál?
-Pues que si vas a un Burger y tienes una mala digestión más vale arrepentirte antes de que tengan que hacerte un trasplante de estómago.
-Puede ser, pero una cosa es aprender de los errores y otra que dejes de tomar decisiones por miedo al arrepentimiento.
-Eso sí.
-Si no te atreves a tomar una decisión lo mejor es lanzar una moneda al aire. Yo lo hago. Así delegas la responsabilidad en algo que no depende de ti.
-Vale, pero ¿y si no te gusta lo que sale?
-No, no. Tienes que aceptar lo que diga la moneda.
-¿Y a ti qué te dijo?
-Cara. Aunque después cambié de opinión.
-¿Ves?
-Sí, pero no me fue demasiado bien con el cambio.
-O sea, que debiste hacer caso a la moneda.
-Pues no lo sé.
Al llegar a casa tuve la tentación de lanzar una moneda al aire pero, casi coincidiendo con la tentación, caí en la cuenta de que no todo puede responderse a cara o cruz. Y para usar un dado más vale dejarse de historias.






4 comentarios:
Día bien completo (de actividades y conversaciones). Lanzando una moneda al aire es la última manera en la que yo tomaría una decisión, a no ser que fuese cierto personaje de cómic.
Sí, fue una buena tarde. Una moneda con dos caras sirve lo mismo que una normal: todo depende de la pregunta que hagas.
A veces somos injustos con las generaciones actuales. Cervantes escribe "en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme" y todos lo celebramos como una frase redonda, clásica; pero si un pobre alumno de la ESO, en un claro homenaje cervantino dice que "y no pongo más porque no me acuerdo", nos reímos de él como si fuese tonto. :-)
¡Ah, el Código de Hammurabi y su ojo por ojo, diente por diente! En aquellos tiempos sí que había justicia, no como ahora...
Nuestras aulas están llenas de genios incomprendidos.
Las leyes actuales se parecen un poco a las de Hammurabi: un ojo de ricachón corrupto no cuesta lo mismo que uno de narcotraficante de barrio bajo. Y eso es lo que permite que el congreso esté lleno aunque suela estar vacío.
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