22 de junio de 2009

Desórdenes



El orden exterior es una emanación necesaria, la materialización de una idea, de una pretensión, de un deseo siempre insatisfecho de orden interior. En el orden exterior, en sus constantes cambios y evoluciones, se puede observar esa insatisfacción de un modo evidente: uno decora su casa de acuerdo no con la imagen que tiene de sí mismo sino de acuerdo con la imagen que de sí mismo le gustaría tener. Es la existencia del modelo (y de nuestra absoluta impotencia para alcanzarlo y retocarlo) la que permite esa continuidad, tan frágil, que la simple aceptación del caos impediría. El orden interior, por tanto, rara vez deja de ser una aspiración al igual que el orden exterior rara vez deja de ser una fantasía. Dios, sobre todo Dios, es consecuencia de dicha aspiración. Dios, sobre todo Dios, es expresión de dicha fantasía. El orden existirá mientras queramos que exista sobre el sustrato preexistente y permanente del desorden, como una luz que voluntariamente proyectamos sobre la oscuridad. El orden será posible sólo si aceptamos las reglas que hemos creado para que sea posible, sin olvidarnos, por cierto, de aceptar que las hemos creado para ese propósito. Todo lo demás es delegar el uso de nuestra responsabilidad en la nada absoluta: pura, simple y destructiva superstición.

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Al despertar de la pesadilla el corazón no me martilleaba el pecho. Me extrañó, porque eso era lo que pedían los gritos y la certeza de la sangre que anunciaban detrás de los cristales. Lo que hizo mi cuerpo, inesperadamente, fue sentir con agrado la suavidad de las sábanas sobre la piel, la luz aún incierta de la mañana filtrándose desde el patio y las prometedoras horas de sueño que quedaban por delante. Me dormí enseguida, sin ni siquiera preguntarme por qué aquella repentina falta de sensibilidad ante la amenaza, inexistente y posible, que a veces trae consigo la niebla de los sueños.


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