
El niño quería merendar en las escaleras. La madre le dijo que no, que merendarían en la arena, que para algo había cargado desde casa con las butacas y con la sombrilla. Pero el niño no quiso aceptar el argumento y se dejó caer sobre las escaleras, decidido, sin intención de seguir caminando hacia la playa. La madre y la hija, que iban de la mano, no se detuvieron ni miraron atrás, ni siquiera cuando el niño comenzó a quejarse. Primero fue un balbuceo, luego un lloriqueo y finalmente un berrinche con todas las letras. Cuando el niño se convenció de que ya no le oían (que fue un rato después de asumir que ya no le escuchaban) cesó el llanto y se puso en pie. Le protestó un momento al cuello de su camiseta y luego se puso en marcha dando grandes pasos, con la cabeza levantada y moviendo exageradamente los brazos adelante y atrás. Se había rendido, sí, pero quería dejar claro que todavía conservaba el orgullo.
5 comentarios:
No estoy segura de la utilidad del orgullo. ¿No habría sido mejor que se hubiese resignado desde el primer momento y haberse ahorrado unas cuantas lágrimas? ¿No habría sido más práctico?
Bueno, la resistencia a la autoridad y la búsqueda de métodos para contrarrestarla no deja de ser un aprendizaje bueno y necesario. La desgracia del pobre niño es que tendría la sensación (quizá infundada) de que él es más prescindible para su madre que su madre para él. Eso lo aprovecha la madre en su favor y si no gira la cabeza es porque sabe que su hijo acabará cediendo a la evidencia de que no podrá volver a casa solo.
¡Con lo hermosa que era la postal sin explicaciones!
Un gran abrazo, amigo
Pepe
Estas de vacaciones?
Estoy de vacaciones blogueras. Para las otras aún me falta un pequeño gran esfuerzo.
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