5 de septiembre de 2009

Sol de tarde de otoño



Hace un día triste, medio lluvioso, de un gris uniforme y apagado.

Ayer soñé con un patio oriental abierto al cielo y lleno de riquezas invisibles. Las paredes eran de piedra y de ellas emanaba un fulgor dorado de sol de tarde de otoño. El patio se extendía estrechándose hacia el fondo y en cada lateral se elevaba una tarima también de piedra. Entre ellas, de una a otra tarima, planeaba en silencio un niño con grandes alas de pluma azul. Caminé hacia el otro extremo del patio y al cruzarme con el niño alado me pareció que emitía una nota aguda y expectante que se fue diluyendo mientras me alejaba. El camino ascendía suavemente y las tarimas laterales poco a poco se igualaron en altura con el suelo. Al final aguardaba una mujer desnuda, de rasgos asiáticos, con la piel húmeda y llena de reflejos de luz. Se contorsionaba como si pretendiera dislocar cada uno de sus huesos pero sonreía como si nada en el mundo le concediera mayor placer. Cuando llegué a su lado me tumbé sobre la piedra encendida y ella se acercó (yo diría que reptando) hasta cubrirme con su cuerpo como una flor que se cierra sobre sí misma nada más caer la noche.


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