
A veces por la calle de la Nau –calle de galerías de arte, librerías de viejo, bares de cinquillo y gente trajeada- se desliza un olor a incienso caro. Procede de la Iglesia del Corpus Christi, llamada del Patriarca, que es también seminario y forma una de las cuatro esquinas de la Plaza del Patriarca, situada a espaldas de la Universidad. El edificio tiene formas de cárcel antigua, con rectas largas, duras y pesadas, y un imponente color de barro que no desaparece ni en los peores días de sol. A su lado la fachada de la Universidad, con sus amables esculturas de los Reyes Católicos, del Papa Alejandro VI y del rector Vicente Blasco (fundadores y refundador de la institución), provoca el mismo contraste, pero a gran tamaño, que el ruidillo juguetón de su fuente forma con las voces y los silencios solemnes que salen de la Iglesia.
La plaza del Patriarca es uno de mis lugares favoritos de Valencia. Allí parece que el aire nuevo y compacto de la mañana, tan húmedo y hostil, se destensa para volver a agruparse al caer la tarde, uniendo millones de átomos en una única y apetecible luz crepuscular. Más arriba, pero en la plaza misma, está la cervecería Guinness y esta mañana, en una de sus mesas, me esperaba Paula, tan alta y rubia como corresponde a su estirpe irlandesa. Al llegar le enseño los apuntes que me había pedido y, después de una rápida mirada a las tres primeras hojas, me comenta que, definitivamente, se los queda. No hay de qué. Hoy por ti mañana por mí. Y luego la confesión: ya no está con Raúl. Sorpresa. ¿Cinco años? En fin... Son cosas que pasan.
La plaza del Patriarca es uno de mis lugares favoritos de Valencia. Allí parece que el aire nuevo y compacto de la mañana, tan húmedo y hostil, se destensa para volver a agruparse al caer la tarde, uniendo millones de átomos en una única y apetecible luz crepuscular. Más arriba, pero en la plaza misma, está la cervecería Guinness y esta mañana, en una de sus mesas, me esperaba Paula, tan alta y rubia como corresponde a su estirpe irlandesa. Al llegar le enseño los apuntes que me había pedido y, después de una rápida mirada a las tres primeras hojas, me comenta que, definitivamente, se los queda. No hay de qué. Hoy por ti mañana por mí. Y luego la confesión: ya no está con Raúl. Sorpresa. ¿Cinco años? En fin... Son cosas que pasan.
-Pero dime... ¿No te molestaba que fuese más bajito que tú?
-No. A él un poco sí y eso a veces me molestaba.
-Se ve que la molestia es contagiosa.
-Mucho. Y lo curioso es que estoy segura de que no se molestaba por él sino porque daba por sentado que a mí me molestaba.
-Qué cosas.
-Yo lo digo muchas veces: no basta con tener buenos sentimientos. Además de buenos tienen que ser verdaderos.
-Vale, pero es que si no son verdaderos no pueden ser buenos...
-Son buenos porque tienen buena intención. Lo que pasa es que no se corresponden con la realidad. Si yo te digo que no me molesta y tú sigues empeñado en que me molesta es que nos falta algo.
-¿Confianza?
-Sí, puede ser.
-Eso me pasa a mí con algunas personas, que tiendo a creer que sé lo que piensan más que ellas mismas.
-Ya, pero es que tú eres tonto.
-Seguro que tú no piensas eso...
-Anda que no.
4 comentarios:
La verdad es que eso de interpretar el doble o incluso triple sentido de lo que se dice es casi un deporte nacional.
Al igual que el no ser abiertamente sincero (en muchos casos por consideración a los demás, es cierto). Me recuerda a un diálogo en una peli (¿o era una serie?) en la que el protagonista le dice a la chica "¿Qué te ha parecido? Puedes ser brutalmente sincera". Tras la respuesta, su amigo le dice "No deberías haber dicho lo de 'brutalmente'"
Buen relato, me ha gustado, sobre todo lo del aire tenso, húmedo y hostil de la mañana.
Hay que llegar al fondo de las palabras porque casi nunca significan lo mismo dependiendo de quién las pronuncie y quién las escuche. Más que hablar uno debe hacerse entender.
A mí me sorprende la capacidad que tienen algunas personas de ponerse a desayunar en un bar al aire libre. Brrr.
Si señor, cada vez que paso por aquí me alegro más de haber encontrado tu blog.
El problema de las palabras es que la mayoría de las veces se pornuncian así, sin pensar demasiado en ellas, en su significado y en lo que implica el mero hecho de pronunciarlas. La sinceridad, por brutal que sea es, en mi opinión, preferible a ese prudente "quedar bien" que impera hoy día (y posiblemente ha imperado siempre) por que antes o después se abre paso y acaba saliendo a la supericie.
Perdona, pero fui YO el que encontró tu (fantástico) blog. ^^
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