7 de enero de 2009

La (en)cuesta de enero



El pudor se impone de un modo evidente y casi obsceno entre los lectores. Las vergüenzas lo siguen siendo para la mayoría y sólo un 12% de los encuestados reconoce que su decisión está motivada por razones estéticas. ¿Qué razones esgrimen los demás? ¿Considerarán los pudorosos que mostrar el propio cuerpo es algo moralmente reprochable? ¿Creerán los desvergonzados que la exhibición de sus intimidades contribuirá al progreso social?

Mi voto: No, eso es exhibicionismo.



A un 60% de los lectores les invade y les penetra (uhm) el espíritu navideño. Probablemente ese 60% sea el que acaba de ponerse a régimen. Sólo 4 personas reniegan de la Navidad, lo cual demuestra que los cascarrabias cotizan a la baja. Carbón para ellos. Los pasotas, entrañables figuras que no faltan en ningún belén, se quedan en un 25% de representación.

Mi voto: Sí, son unas fechas entrañables.



Reconocimiento tácito de la falta de ideas o de ganas de idear, estos tres regalos típicos de las navidades establecieron una dura pugna por el primer puesto. Finalmente se impuso la colonia (también llamado el jabón de los pobres) frente a los ricos bombones y a los cálidos calcetines, lo cual puede tomarse como una prueba de que, para los lectores de este blog, no hay mayor satisfacción personal que satisfacer a cuantos te rodean.

Mi voto: Calcetines.



Con un voto a destiempo del amigo C.C. Buxter, el perfeccionista Clark Kent consiguió una victoria en el descuento y de penalty frente al simpático Peter Parker y al oscuro Bruce Wayne. El representante del lejano planeta Krypton venció a los dos terrestres. El superhombre se impuso al hombre araña y al hombre murciélago. Nuestro animal preferido sigue siendo, aunque por escaso margen, nosotros mismos.

Mi voto: Batman.



De los superhéroes a las superheroínas y, entre todas ellas, la guapa, simpática y estupendísima de la muerte Patricia Conde. Ni ese milagro de la tecnología llamado Elsa Pataky ni ese prodigio natural (aunque, a mi entender, algo artificioso) que responde al nombre de Pilar Rubio han podido hacerle sombra a la guapa, simpática y estup... ¿Qué?... Ah, que ya lo había dicho... En fin, Patricia te queremos.

Mi voto: Patricia Conde.


6 de enero de 2009

Nunca es siempre

Cuando tenía 18 años pensé que ya lo sabía todo. Había leído a Shakespeare, a Victor Hugo, a Petrarca, a Fray Luís de León, a Garcilaso... ¿Qué más podía existir aparte de lo que ellos habían escrito? Todavía creo que la verdad cabe en el más pequeño de los frascos, en apenas un borrón de una página cualquiera, pero ahora sospecho (no sé si hasta llegar a intuirlo) que necesitaríamos por lo menos dos universos para contener todas las caras de esa verdad. Por eso me gusta evitar las grandes palabras y, entre todas ellas, los siempre y los nunca que nos condenan al aire vacío de las promesas y al dogma infinito de un instante.

Monumento a Victor Hugo (Rodin)

***

Dice Laura que tengo suerte de saber lo que no quiero. "Hoy", le ha faltado decir. Y al decírselo ha dejado de creerme afortunado.


5 de enero de 2009

Noche de Reyes



Desde que tengo uso de razón la celebramos en el pueblo, en casa de mis padres, región casi deshabitada y sólo familiar cada cinco de enero. Olor de muebles viejos y cajones llenos de nada. Noche de rituales que se repiten y que al repetirse actualizan, conscientemente o no, lo que nunca pretendió ser original. El año que mi padre fundó la tradición de poner Ben-Hur durante la cena, por ejemplo, no pensó estar haciendo algo insólito. Al contrario, aquella película hacía presentes, físicos, los años viejos en el recuerdo y ahora los sigue haciendo, en los nuevos, a fuerza de costumbre.

El belén, expuesto los doce meses del año, me trae a la memoria estos de Navidad y la Navidad, cada Noche de Reyes, me recuerda los dos años que vivimos, ya hace veinte, en aquella casa. Los electrodomésticos son los mismos que entonces, sólo que ahora hacen más ruido. La ventana del cuarto de baño sigue dando a las mismas casas imaginarias, de país inhóspito, que creí ver en mi infancia. Una habitación, la que fue mía, guarda la imagen de la primera y única agresión a mi hermana, leve y actualmente calificada como "merecida" por la "víctima".

Se preparan dos mesas: una grande (la mesa grande y vieja del comedor) y otra pequeña y baja. En la pequeña y baja cenamos los que ya no somos ni pequeños ni bajos y en la grande siguen cenando los grandes, que no han perdido grandeza pese a perder altura. Abuelos, padres y tíos siempre estarán por encima de nietos, hijos y sobrinos. Tradición y utilidad transcurren por caminos paralelos.

Mi padre se sitúa en uno de los extremos de la mesa, desde donde puede ver la televisión, es decir, a Charlton Heston. Un ritual que frecuentamos mis hermanos y yo consiste en cambiar de canal y calibrar el tiempo de reacción de mi padre, analizando sus gestos durante todo el proceso. La indiferencia inicial (que puede durar entre uno y cinco minutos) demuestra que no quiere ver la película sino ser visto por ella. Una vez percibido cierto atisbo de anormalidad mi padre se rasca el brazo, como quien intenta poner en orden sus ideas. Poco después frunce el ceño e inmediatamente, dando un leve respingo sobre su silla, mira acusadoramente hacia la mesa de los "niños" y nos advierte con un monosílabo. Ese es nuestro roscón de Reyes.

Terminada la cena vamos a por los regalos, a por unos regalos que, con el tiempo, han pasado de estar escondidos a guardarse simplemente. Un año mis padres tuvieron la ocurrencia de esconderlos en el ascensor y hoy, cuando lo utilice para subir a casa, quizá sueñe con reencontrarme con mi vieja bicicleta azul recostada sobre sus paredes. Pero aquello se acabó. La emoción de los niños por encontrar juguetes era mucho más atractiva que el temblor de los adultos por descubrir sobres con dinero, así que para volver a jugar será necesario que nazca alguien. Los Reyes volverán entonces a divertirse escondiendo los regalos y la mesa de los "niños" perderá, por algún tiempo, sus cada vez más irónicas comillas.


4 de enero de 2009

Sinestesia

Mudanza. Vuelta a sacar cosas, vuelta a empaquetar, tirar, precintar, amontonar, cargar... Una mudanza es trasladarse de casa, sí, pero también es algo más. Una mudanza supone reencontrarse con lo oscuro del armario, con el fondo del cajón, con lugares ignotos de la estantería y rincones olvidados de la memoria. Una vez salidos de su letargo, los objetos del pasado vuelven a aflorar a la superficie y, como renacidos a la vida, se encuentran con miradas que no parecen la que fueron, pero que en parte lo siguen siendo. Olores nuevos de otros tiempos y gotas de pasadas lluvias que pesan nuevamente sobre la piel. El recuerdo huele a imágenes y suena a sabores, no es madera, ni cristal, ni metales oxidados. La historia de una casa vive en cada una de sus imperfecciones. Un boquete en la pared son unas navidades pasadas y en las navidades pasadas conviven la voz de Charlton Heston y la incomodidad de un sofá duro, los ochenta y la teta de Sabrina. El olvido no tiene rincones, sólo paredes blancas sobre las que escribirle nuevos sinónimos al pasado.


3 de enero de 2009

Política torera



En democracia los políticos deben a agradar al mayor número posible de personas, a cuantas más mejor. En este contexto, al que podríamos llamar ecosistema democrático, se ha favorecido y se favorece la existencia y la extensión de aquellos políticos destacados por sus ideas o maneras moderadas, transversales o de fácil mudanza (por abarcar los distintos grados de la malicia). El alcalde de la ciudad de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, y el presidente del Congreso de los Diputados, José Bono son, posiblemente, los ejemplares ibéricos más sofisticados de esta selección natural basada en el censo.

Antes que la gallina, sin embargo, estuvo el huevo y el mecanismo evolutivo capaz de dar origen a tales sujetos de la política estatal es mucho más visible durante sus primeras etapas, a nivel microscópico, en el ámbito nuclear del municipio.

Paterna. 2 de enero de 2009. Tras conocerse los resultados de la votación popular promovida por el alcalde de dicha ciudad, Lorenzo Agustí (PP), el consistorio decide abolir la celebración de bous al carrer. Los resultados fueron contundentes: un 68% de los votantes se mostró en contra de los festejos taurinos y un 31% a favor. Pero dicha contundencia escondía, y hasta cierto punto camuflaba, una contundencia aún mayor en las cifras de participación: de las 52.000 personas censadas en la localidad acudieron a votar 8.305, esto es, el 15% del censo.

Además, teniendo en cuenta que en meses anteriores el ayuntamiento ya había emitido una ordenanza municipal y se había establecido un acuerdo plenario para suspender los toros callejeros, la consulta mostraba su verdadero rostro: al pueblo como fuente de soberanía le ha sustituido el pueblo como chivo expiatorio. Gracias a un 15% de ciudadanos paterneros el alcalde ya no tiene por qué justificar su decisión sino "acatar" la ajena. "La decisión del gobierno municipal, teniendo en cuenta la expresión tan mayoritaria, va a ser la no celebración de bous al carrer. Pido comprensión a los partidarios del sí, puesto que esto es un sistema democrático y la mayoría ha sido amplia". La razón, según el alcalde, es el número y el número no tiene color. Quien quiera ver cualquier otra motivación aparte de la matemática es un antidemócrata y no merece etcétera. Los principios nunca han sido rentables en el ecosistema democrático.


2 de enero de 2009

Añorando a Diocleciano

La Iglesia, como institución civil que es, tiene todo el derecho del mundo a participar en política y pretender negarle ese derecho es actuar contra la razón. Otra cosa es que a la Iglesia le convenga el espacio público o, mejor dicho, que le convenga al mensaje que predica.

Los grandes reformadores eclesiásticos, desde los humanistas del siglo XVI a los representantes de la ilustración cristiana del siglo XVIII, plantearon sus ideas con la mirada puesta no en la Iglesia triunfal y dominante de las sociedades teocráticas sino en el cristianismo primitivo de la era de las persecuciones, un tiempo en el que la religión suponía una exigencia personal y no una delegación afectiva e irreflexiva del sacrificio. Quienes se empeñaron en la restauración del mensaje evangélico no pretendían resucitar a Diocleciano, lógicamente, pero tampoco dejaron de ver las ventajas de actuar a la contra. No en vano aquel emperador fue, sin pretenderlo, uno de los grandes hacedores de santos y mártires de la historia.

La actual crisis de la Iglesia no está provocada por esa “falta de adaptación a los tiempos” que se le suele reprochar. Al contrario: es una consecuencia directa de la permanente acomodación del mensaje cristiano a su mayor o menor capacidad de influencia, coincidiendo, normalmente, las épocas de mayor esplendor terreno con las épocas de mayor degradación espiritual. Y viceversa.

***

En el periódico de hoy viene una sección llamada "Mujer en el mundo", de cuatro páginas. La primera página describe la forma de vestir de las principales políticas norteamericanas, la segunda está dedicada a las cremas antiarrugas y a la remodelación de un centro de belleza madrileño, la tercera trata del empuje de la decoración española y la cuarta explica las últimas tendencias en cuanto a guantes femeninos se refiere. Una columna de Úrsula Mascaró (diseñadora de Jaime Mascaró y Pretty Ballerinas) cierra la sección con grandes momentos del periodismo: "Hace un mes fui a casa de unos amigos, era la típica mansión de campo inglesa y me enamoré de su sofá Chesterfield. Cuando regresé a la fábrica me puse a diseñar una bailarina acolchada con botones forrados de piel a imagen y semejanza del sofá". Mujeres del mundo: uníos para evitar esto.


1 de enero de 2009

Insignificante

Se equivocan los libros de autoayuda cuando quieren ponernos por encima de las estrellas. Se equivocan las religiones cuando hacen de nuestro cuerpo un templo y un soplo divino de nuestra alma. Se equivocan, mienten, todos aquellos que se dan importancia y nos la dan. La Tierra y el Universo han existido millones de años antes de que nosotros apareciésemos y existirán millones de años después de que hayamos desaparecido. Nuestro cuerpo realiza el 99% de sus funciones sin consultarnos. Millones de seres autónomos microscópicos nos pueblan garantizando nuestra existencia. Únicamente con la boca pequeña podemos decir que nuestra vida nos pertenece. ¿Qué repercusión pueden tener, entonces, nuestras acciones? ¿Qué importancia tienen nuestros errores y nuestros logros vistos desde esta perspectiva? Nuestro ombligo no abarca más de una millonésima de átomo dentro de la inmensidad cósmica y, sin embargo, le rendimos honores de ídolo ocultándolo detrás de mil velos y apariencias. Cuánto ganaríamos sabiéndonos y mostrándonos insignificantes, no teniendo miedo de lo que hagamos en esta última gota de esta última ola del océano del tiempo...


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