
Aquel niño tendría unos 10 o 14 años y su vestuario habitual para estar por casa consistía en un pijama rojo bastante abrigado y un batín marrón con los bolsillos llenos de caramelos de menta y envoltorios. El resto de recuerdos transcurre entre ensaimadas y leche caliente para desayunar, una película sobre un dragón bueno y la piel suave de un perro que aún no se había hecho viejo.
El tío de aquel niño, el hermano de su madre, tenía en su habitación muchas cosas divertidas. Además de la cadena musical con tocadiscos, de los álbumes de fotos, de los prismáticos, del reloj de arena, de los cómics de Mortadelo y Filemón, del globo terráqueo, de las diapositivas o de la colección de sacapuntas, había un montón de revistas sobre lugares lejanos, que son los lugares de los que suelen tratar las revistas. A veces el niño cargaba con todos esos lugares y los hojeaba uno a uno con la curiosidad del que apenas ha salido de su casa, que tampoco es mucha. Allí estaban, a pocos centímetros de distancia unos de otros, la pampa argentina, las orillas del Ganges, los templos de Lhasa, la ruta 66, los desiertos antárticos... Curiosas porciones de un mundo curioso que, a pesar de su belleza, no era en absoluto el de aquel niño de batín marrón, ni siquiera un mundo que desear o al que aspirar, pues sólo aspira y desea quien ha adquirido la conciencia de que nada hay que pueda postergarse eternamente.
Entre el montón de revistas tenía una favorita. Era un especial sobre Escandinavia y si aquella revista era la única que el niño miraba a escondidas y con algo de culpabilidad no era porque le avergonzase contemplar el paisaje boreal o la cultura guerrera de los vikingos, sino porque en la portada aparecía una mujer desnuda. Por supuesto, nunca había besado a una mujer y puede que ni siquiera fuera consciente de que podía hacerlo, pero en aquella desnudez ese niño intuía algo misterioso y fascinante que todavía no entiende ni sabría explicar, por mucho que lo intente.
El tío de aquel niño, el hermano de su madre, tenía en su habitación muchas cosas divertidas. Además de la cadena musical con tocadiscos, de los álbumes de fotos, de los prismáticos, del reloj de arena, de los cómics de Mortadelo y Filemón, del globo terráqueo, de las diapositivas o de la colección de sacapuntas, había un montón de revistas sobre lugares lejanos, que son los lugares de los que suelen tratar las revistas. A veces el niño cargaba con todos esos lugares y los hojeaba uno a uno con la curiosidad del que apenas ha salido de su casa, que tampoco es mucha. Allí estaban, a pocos centímetros de distancia unos de otros, la pampa argentina, las orillas del Ganges, los templos de Lhasa, la ruta 66, los desiertos antárticos... Curiosas porciones de un mundo curioso que, a pesar de su belleza, no era en absoluto el de aquel niño de batín marrón, ni siquiera un mundo que desear o al que aspirar, pues sólo aspira y desea quien ha adquirido la conciencia de que nada hay que pueda postergarse eternamente.
Entre el montón de revistas tenía una favorita. Era un especial sobre Escandinavia y si aquella revista era la única que el niño miraba a escondidas y con algo de culpabilidad no era porque le avergonzase contemplar el paisaje boreal o la cultura guerrera de los vikingos, sino porque en la portada aparecía una mujer desnuda. Por supuesto, nunca había besado a una mujer y puede que ni siquiera fuera consciente de que podía hacerlo, pero en aquella desnudez ese niño intuía algo misterioso y fascinante que todavía no entiende ni sabría explicar, por mucho que lo intente.










