
A ratos, mientras no se está peleando con el armarito de los tupperwares o cuando deja de conspirar contra el gobierno, a mi padre le da por filosofar. Tiene tres máximas fundamentales. La primera se refiere a las putas, de quienes dice lo mismo que de los locos, esto es, que ni son todas las que están ni están todas las que son. La segunda es sobre Dios o, mejor, sobre el mundo y sobre la naturaleza miserable de éste si no se acompaña por la existencia de aquél. Sentencia: "Si Dios no existe, esto es una mentira". Y la tercera máxima se refiere al hombre, a quien define (a lo Schopenhauer sin haberlo leído) como un animal permanentemente insatisfecho.
Yo sobre las putas tengo poco que decir, sobre Dios menos y sobre el hombre apenas más de lo que pueda decir sobre mí. A mi insatisfacción yo la llamo aspiración y no es a lo eterno, o lo es, quizá, pero siempre a través de la verdad de cada día. Y a mi aspiración le di una vez el nombre de Laura, su nombre perfecto, que son las tres últimas letras de un poema que escribí para perdonarme y abrazarla.
Yo sobre las putas tengo poco que decir, sobre Dios menos y sobre el hombre apenas más de lo que pueda decir sobre mí. A mi insatisfacción yo la llamo aspiración y no es a lo eterno, o lo es, quizá, pero siempre a través de la verdad de cada día. Y a mi aspiración le di una vez el nombre de Laura, su nombre perfecto, que son las tres últimas letras de un poema que escribí para perdonarme y abrazarla.







