3 de mayo de 2009

Mil

Mil rutas se apartan del fin elegido, pero hay una que llega a él.
Montaigne.




Aprovecho esta entrada nº 1000 para tomarme
un pequeño descanso.



Besitos a todos.


Lo que no me gusta de ti




No me gusta...


... que me niegues palabras innecesarias.

... que tengas miedo de mis miedos.

... que me protejas de ti intentando protegerme.

... que opines que entre nosotros la distancia y el respeto son conceptos relacionados.

... que me llames "vosotros".

... que nunca nos llames "nosotros".

... que me des la razón si no la tengo.

... que pienses que no eres capaz de enfadarme.

... que digas que no soy capaz de enfadarte.

... que no te creas que eres tú a quien le escribo.

... que no confíes en mí.


2 de mayo de 2009

Mascarilla, por favor



Marc Siegel: "Esta gripe durará lo que dure en las teles, radios y portadas de internet y de diarios".


Las catástrofes venden periódicos y medicamentos, y si ahora mismo alguien busca joder a periodistas y compañías farmacéuticas (¿y quién no?) puede hacer correr el rumor de que el virus se transmite a través del papel de diario o del cartón de las medicinas... ¿Y qué decir de la red, tan virulenta como siempre? Cuando el informador (llámese prensa u OMS) es parte interesada, la noticia resulta ser mucho menos sospechosa. El peligro siempre amenaza desde el sopor y la oscuridad de la sección de cultura.

Alrededor de medio millón de personas mueren cada año a causa de la gripe... ¡Y cómo tranquiliza la despreocupación de ayer!

Expertos de la UE aseguran que la gripe podría afectar a un 50% de la población mundial y la ministra de Sanidad les contesta que ella "no habría dicho eso". El pesimismo no crea puestos de trabajo, como dijo un día el presidente. El optimismo, por lo que se ve, tampoco.


1 de mayo de 2009

La nueva casa (Un sueño)



Dicen que contar los sueños nunca consigue el efecto deseado, que su lenguaje es el del que lo sueña y que, transmitido, pierde buena parte de su eficacia... Pero voy a contar el mío.

Una casa estaba siendo reconstruída. Yo estaba allí, pero no era de allí. La propietaria era una chica tan bonita que no la recuerdo, pero de quien intuyo los rasgos, y esperaba las instrucciones del capataz de las obras. Éste era un hombre mayor que yo, alto y poderoso que vestía de negro, una variación de una persona que conocí una vez. Con mucha amabilidad y ternura le recomendó a la propietaria salir de allí unos días, irse a otro lugar para que no le afectara la reconstrucción de la casa: "Allí podrá hacer llamadas, recibir visitas y estar tranquila. En cuanto regrese lo tendrá todo listo para continuar donde lo dejó". Pero la chica se negó a abandonar su hogar, prestándose, sin resignación, a soportar los inconvenientes de la obra.

Cuando el capataz y yo nos quedamos a solas le comenté, sonriendo, algo que suelo comentar a las personas con quienes me quedo a solas: las verdaderas causas de sus acciones. "Usted dirá lo que quiera -le dije-, pero lo que usted pretende al mandarla fuera es que no le moleste aquí." Su expresión cambió entonces de amable a molesta, se colocó un sombrero negro como sus ropas y, criticando con firmeza mis palabras, hizo ademán de acabar allí la conversación. Mientras, yo añadía argumentos a mi sospecha y aumentaba así el enfado sorprendentemente tranquilo de aquel hombre. Me dijo que cómo podía hablar así de ella, que cómo podía difamar a mujer tan buena y tan dulce. Y yo le respondí que nunca había hecho eso, que estaba malinterpretando mis palabras y que no había en el mundo nadie que apreciara más a aquella chica que yo. Tanto insistió acusándome que acabé confesando, con tanta firmeza como la suya al reprenderme, que yo jamás podría despreciar a una mujer de la que estaba profundamente enamorado. El capataz se rió entonces, me miró con ojos orgullosos desde su altura y, quitándose el sombrero para sacarse el polvo de encima, me llamó niñato e infeliz. Él también estaba enamorado de ella, dijo, y la vieja casa, que se mecía en el vacío a la espera de ser reconstruída por sus manos, parecía confirmar la decisión inevitable.


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