
Dicen que contar los sueños nunca consigue el efecto deseado, que su lenguaje es el del que lo sueña y que, transmitido, pierde buena parte de su eficacia... Pero voy a contar el mío.
Una casa estaba siendo reconstruída. Yo estaba allí, pero no era de allí. La propietaria era una chica tan bonita que no la recuerdo, pero de quien intuyo los rasgos, y esperaba las instrucciones del capataz de las obras. Éste era un hombre mayor que yo, alto y poderoso que vestía de negro, una variación de una persona que conocí una vez. Con mucha amabilidad y ternura le recomendó a la propietaria salir de allí unos días, irse a otro lugar para que no le afectara la reconstrucción de la casa: "Allí podrá hacer llamadas, recibir visitas y estar tranquila. En cuanto regrese lo tendrá todo listo para continuar donde lo dejó". Pero la chica se negó a abandonar su hogar, prestándose, sin resignación, a soportar los inconvenientes de la obra.
Cuando el capataz y yo nos quedamos a solas le comenté, sonriendo, algo que suelo comentar a las personas con quienes me quedo a solas: las verdaderas causas de sus acciones. "Usted dirá lo que quiera -le dije-, pero lo que usted pretende al mandarla fuera es que no le moleste aquí." Su expresión cambió entonces de amable a molesta, se colocó un sombrero negro como sus ropas y, criticando con firmeza mis palabras, hizo ademán de acabar allí la conversación. Mientras, yo añadía argumentos a mi sospecha y aumentaba así el enfado sorprendentemente tranquilo de aquel hombre. Me dijo que cómo podía hablar así de ella, que cómo podía difamar a mujer tan buena y tan dulce. Y yo le respondí que nunca había hecho eso, que estaba malinterpretando mis palabras y que no había en el mundo nadie que apreciara más a aquella chica que yo. Tanto insistió acusándome que acabé confesando, con tanta firmeza como la suya al reprenderme, que yo jamás podría despreciar a una mujer de la que estaba profundamente enamorado. El capataz se rió entonces, me miró con ojos orgullosos desde su altura y, quitándose el sombrero para sacarse el polvo de encima, me llamó niñato e infeliz. Él también estaba enamorado de ella, dijo, y la vieja casa, que se mecía en el vacío a la espera de ser reconstruída por sus manos, parecía confirmar la decisión inevitable.