13 de junio de 2009

Canarios, hienas y presidentes de los EEUU


Petrarca:
-Pues al pobre canario se lo llevaron por guarro. Tiraba el agua fuera y en una de esas mi abuela se resbaló y se le puso un ojo morado. El canario ha sido una víctima colateral.

Bolboreta:
-No me lo puedo creer. Pobriño, lo tiene que estar pasando fatal.

Petrarca:
-Sí, bueno, no sé... Dicen que los pájaros no tienen memoria.

Bolboreta:
-Sí que tienen memoria, pobres. Tanto tiempo ahí y ahora que está pachucho se lo llevan a otra casa. Lo tiene que pasar mal.

Petrarca:
-Es lo que tiene ser víctima de la rabia ajena. Mi abuela en esos momentos pensó que si se deshacía de él su ojo se curaría antes.

Bolboreta:
-¿Tu abuela no le tiene ni un poquito de cariño al pobre canario?

Petrarca:
-Supongo que sí. Ha estado cuidándolo desde hará unos 10 años... Aunque desde que no cantaba no se llevaban demasiado bien. Antes le decía cosas bonitas y desde entonces sólo le llamaba guarro.

Bolboreta:
-Pues entonces es que mucho cariño no le tiene.

Petrarca:
-Mi abuela es que es muy suya. Al perrico también le quería pero cuando se murió dijo que otro ni hablar.

Bolboreta:
-Eso no quiere decir nada. No quiere más por no encariñarse con él.

Petrarca:
-No, no quiere más porque dejan pelos y olores y pipis.




Bolboreta:
-Pero el pobre canario no tiene la culpa. Es como si tú te la llevas a otro lado a vivir porque ya está muy mayor.

Petrarca:
-El canario ha sido una víctima inocente. Eso está claro. Lo que pasa es que el cariño a los pájaros siempre ha sido un cariño más relativo que el que se tiene a un perro o a un gato.

Bolboreta:
-No veo justo desterrarlo.

Petrarca:
-¡Qué manera de meterte con mi abuela!

Bolboreta:
-No hombre, es que es un poco cruel con el canario. El pobre no tiene la culpa de tener sus achaques...

Petrarca:
-Supongo que fue un pronto que tuvo unido a la rabia por la caída.

Bolboreta:
-Es como si yo destierro a mis tortugas por pasarse todo el día durmiendo (que son capaces de hacerlo, ya te lo digo).

Petrarca:
-Bueno, pero es que las tortugas tampoco son como los canarios... A los canarios no les acaricias ni les das fresas ni nada parecido. La jaula es una barrera que se interpone en el cariño entre una persona y un canario.

Bolboreta:
-Eso es cierto. Yo les compro mazorquitas de maíz, que a Leyla le gustan mucho. ¿Las has visto tomando el sol? ¡Están tan monas!

Petrarca:
-Yo a lo máximo que he llegado con el canario (que se pueda contar) es a darle un trozo de lechuga. También hablaba con él, pero no nos poníamos de acuerdo en nada.

Bolboreta:
-Pero le silbabas y eso une mucho.

Petrarca:
-Sí, supongo que sí... Pero era una relación desequilibrada. Seguro que yo entendía menos sus silbidos que él los míos. Además, siempre me hablaba de lo mismo: que si el bebedero, que si el alpiste, que si el columpio... Claro, el pobre no tenía mundo.

Bolboreta:
-Seguro que ahora mismo está sufriendo en casa de la vecina.

Petrarca:
-No es la vecina. Es la que viene a limpiar... y si cuida canarios igual que limpia el canario se va a sentir como en Auschwitz.

Bolboreta:
-Pobriño. Peor me lo pones... Estoy a punto de llorar por él...

Petrarca:
-Eso es que la señora con vestido rojo se ha dado cuenta de la hora que es.

Bolboreta:
-¿Tú crees?

Petrarca:
-No sé. Tú te conoces mejor a ti misma y a la señora. Yo sólo de oídas... Una vez una chica en clase me estuvo explicando cómo es eso de tener la regla y recuerdo la frase "una catarata de sangre abriéndose paso".

Bolboreta:
-Ahora mismo estoy súper pérdida, te lo juro. Creo que si adelgazo a lo mejor me viene más regularmente... E igual hasta encuentro novio, fíjate. Lo de la catarata ya me lo contaste.

Petrarca:
-Son frases que marcan.

Bolboreta:
-Sí, no me olvidaría nunca de ella. Estoy un poco agonizante porque tengo catarro...

Petrarca:
-Se te junta todo: retraso, catarro, ardillas delincuentes...

Bolboreta:
-Estoy harta de la ardilla. La hija puta se come mis plantas y encima todo el mundo la defiende.

Petrarca:
-Es que las ardillas son simpáticas hasta que te comen el bulbo. A partir de ahí se hacen hurañas y se ponen a ver fútbol en calzoncillos.

Bolboreta:
-¡Qué cabrona es!

Petrarca:
-Walt Disney nos censuró esa parte de la realidad, la parte amarga de las ardillas. Si hubiese sido una mangosta todos estarían en su contra, pero es que las mangostas siempre eran las malas de los cuentos. Las ardillas hacen mejor de buenas, con sus dientecitos y esa forma tan graciosa de roer...

Bolboreta:
-Pero no es justo.

Petrarca:
-No, habría que tratar a todos por igual: ardillas y mangostas, hienas y koalas, cucarachas y conejillos… Pero Walt Disney no paró hasta lavarnos el cerebro.




Bolboreta:
-Las hienas a mí me encantan. Me parecen súper graciosas con sus grititos...

Petrarca:
-Sí, pero en los documentales siempre salen comiéndose a las crías de los demás y en El rey león eran las malas (aunque estaban a las órdenes del león malo).

Bolboreta:
-No sé, no he visto El rey león.

Petrarca:
-¿No has visto el rey león?

Bolboreta:
-No.

Petrarca:
-Im-per-do-na-ble.

Bolboreta:
-Sí, pero me he dado cuenta de que hay demasiadas películas que no he visto.

Petrarca:
-Una cosa es que haya muchas películas que no hayas visto y otra es no haber visto El rey león, quizá el mejor musical de toda la historia sólo igualado por Grease.

Bolboreta:
-Ahí lo tienes. No me gustan los musicales.

Petrarca:
-Pues a mí me encantan... Es mi parte más gay de todas las que tengo.

Bolboreta:
-¿Qué más tienes gay? Aparte de lo de las depilaciones, claro…

Petrarca:
-Me gustan las canciones gays: Freddie Mercury, Mika, Pet shop boys, Village people, Beegees...

Bolboreta:
-Te voy a enseñar una foto de... Adivina... Bueno, da igual, no adivines... ¡Brasi2! ¿Sabes que era amigo de la vecina que tenía en Barcelona?

Petrarca:
-Qué cosas…

Bolboreta:
-¿No te parece increíble?

Petrarca:
-No tanto como que no hayas visto El rey león, pero casi casi…

Bolboreta:
-Me he dado cuenta de que si tienes el pelo rizado y barbita, me tienes ya en el bote.

Petrarca:
-No le pega la nariz que tiene. Es como si se la hubiese robado a alguien.

Bolboreta:
-Tenía una nariz muy grande... Y una picha muy corta.

Petrarca:
-¡Demasiada información!

Bolboreta:
-Puedo darte más, si la precisas.

Petrarca:
-No, no… Hay cosas que es mejor dejarlas para la imaginación. Otra de mis facetas gays es que me gustan las películas de mujeres, tipo Leyendas de pasión, Sentido y sensibilidad, Orgullo y prejuicio...

Bolboreta:
-A mí eso no me gusta.

Petrarca:
-Y luego está lo de ponerme ropa interior femenina, pero ese es un detalle sin importancia...

Bolboreta:
-Lo de la ropa interior femenina es ya un clásico. Te sorprenderías de la cantidad de tíos que tienen tu misma... patología.

Petrarca:
-Eso dicen. Según leí lo hacen uno de cada cuarenta hombres.

Bolboreta:
-¿De verdad?

Petrarca:
-Sí, y a partir de ahí concluyeron que por estadística debían haber existido dos o tres presidentes de los EUUU que lo hubieran hecho.

Bolboreta:
-¡Hala! ¿Tú quién crees? Yo creo que Clinton y Bush hijo.




Petrarca:
-No sé. Yo creo que esos no, sería demasiado evidente. Los que más lo hacen son los que no aparentan tener vicios... Quizá Obama, aunque si coge la ropa de su mujer seguro que le viene grande.

Bolboreta:
-No, no creo que Obama... Pero Clinton sí, seguro.

Petrarca:
-Yo creo que a Clinton le ponía más el rollo sado.

Bolboreta:
-No, yo creo que el rollo sado le va más a Bush.

Petrarca:
-No, a Bush lo que más le va es meterse hortalizas. Por eso iba tanto al rancho. Todo encaja.

12 de junio de 2009

Papel o plástico



Lo miré de arriba a abajo. Era un chico alto y guapo y vestía como debe vestirse a 38ºC: una camiseta verde de tirantes, vaqueros hasta las rodillas y sandalias playeras de las que apenas se levantan del suelo. Llevaba una barba tostada de tres o cuatro días, gafas de sol de las caras y sonreía calmadamente, como quien no espera nada malo. Con la mano izquierda cogía una bolsa de papel de una tienda de ropa y con la derecha, encaramada al oido correspondiente, el móvil negro y brillante. Como conjunto aquel chico debía llamarse Dani, o Sergio, o Alex. Qué se yo. Algo fresco y chispeante, acorde con el resto. A su lado yo parecería una mala copia y mi bolsa de la Casa del Libro un improvisado trofeo de consolación.

A veces me pregunto cómo habría sido si me hubiese llamado Dani, o Sergio, o Alex. Cómo habría sido sin tener que llevar gafas desde los nueve años. Cómo habría sido si alguna vez se hubiesen peleado por mí. Me miro y entiendo que soy un producto más o menos conseguido de mis carencias, un contrapeso más o menos equilibrado de mis defectos, un "ya que no estás tú me pongo yo". No sé quién habrá salido ganando, si el que soy o el que nunca he podido ser, pero de momento no me quejo demasiado. Sólo a veces, cuando no encuentro con qué justificarme y busco en vano entre mis cosas.


11 de junio de 2009

El cuadernillo naranja (21)



Me gusta dormir sin camiseta y abrir la ventana por la noche para tener frío y taparme por la mañana. Cuando llega el calor el frío me purifica y tonifica y, aunque lo pase mal, también suelo terminar mis duchas con unos cuantos litros de agua helada.

***

Han puesto unas lonas sobre el patio de la antigua Universidad. Ahora ya no puedo tomar el sol como acostumbraba, de tres a tres y media, mientras tienen cerrada la biblioteca. A cambio la temperatura es fresca, la luz calmada y se oyen un poco menos los ruidos de la ciudad. Es como estar en el claustro de un monasterio, pero sin Dios vigilando entre las paredes.

***

Laura me empequeñece, me desasosiega, no me deja dormir y me hace dudar de cada vez más cosas. Al poco de conocerme me llevó de la mano a las mismas puertas del infierno. A cambio, o como consecuencia de todo ello, la siento como el frío que busco por la mañana o como el sol que me han robado por la tarde. Laura es la evidencia de todo lo bueno, la mayor y la más inasible de todas las evidencias.


10 de junio de 2009

Un mundo cambiante




* Escrito el 13 de octubre de 2005



Hay días en los que nos brilla el sol en alguna parte de nuestro ser. Nuestra vista se hace más clara, sentimos cada partícula del aire en la piel, se agiliza la mente y notamos como un aroma familiar en todo lo que nos rodea. Los rostros de nuestros vecinos adquieren entonces rasgos amistosos, de proximidad, de mutuo conocimiento y comprensión. El hilo invisible que une a todos los miembros de la especie humana empieza a palpitar y nos incita, quizá a través del instinto, a dar los buenos días a todo el mundo, dejando aparte los merecimientos. Tu hermano deja de ser ese grandullón totalitario de otros días, la portera se transforma en un espíritu libre y discreto, el conductor del autobús se despoja de su natural acosador de jovencitas... Todo adquiere tintes nuevos o, mejor dicho, todo recupera la grandiosidad de aquellas épocas heroicas en donde cualquier persona podía ser un dios disfrazado.

Otros días sucede lo contrario. La oscuridad desdibuja los rasgos y los vuelve desconocidos, amenazantes, imprevisibles. Una melodía de otro mundo retumba entonces sobre nuestras cabezas, aún conscientes, y los pasos no suenan ya debajo de las suelas que pisan. Seres extraterrestres pueblan la tierra, embutidos en cuerpos que no llegan a ser de humanos y que hacen dudar sobre si algún día lo fueron. Sus modos furtivos, su lenguaje hecho de carraspeos... Nada recuerda a nada y hasta el silencio se apropia de notas que jamás se han interpretado.

Me sucedió ayer por la noche, cuando bajé a comprar el pan al Opencor. Dos perros estaban atados a un árbol, juntos, ladrando, pareciendo uno solo a las puertas del infierno. Un vagabundo vestido de blanco y sin zapatos miraba a los perros con ojos vidriosos, distantes, mientras un guardia jurado no perdía de vista al vagabundo. Al entrar lo primero que vi fue a una vieja escupiendo en el suelo. Más allá un hombre palpaba con cuatro dedos la portada de una revista y, en un rincón, un chiquillo revolvía ruidosamente una urna llena de juguetes, convencido de que allí no iba a encontrar el objeto de sus sueños pero resuelto a no detenerse en su búsqueda. En la panadería una señora preguntaba la receta de cada una de las existencias, repitiéndoselas luego, y más lentamente, a una pareja joven de novios poco agraciada, que nunca llegaban a decidirse. Cogido el pan y hecha la cola para pagarlo, me atendió un ser de dos metros, escuálido, de voz pausada y cavernosa, que me asustó al darme las gracias por la compra. En la puerta el guardia jurado seguía acechando al vagabundo vestido de blanco y éste al perro de dos cabezas, que me ladró al salir.

Una experiencia astral. No había casi nadie por la calle y, en mi trayecto de regreso a casa, sólo me crucé con un grupito de adolescentes. Se me quedaron mirando un buen rato, pero yo no les hice caso y seguí metiéndome migajas de pan por los oídos. Al fin y al cabo, empezaba a tener hambre.



9 de junio de 2009

Demasiadas despedidas



Mi abuela le puso de nombre Pichi pero yo nunca lo llamé así. Era un canario y era amarillo. El anterior había muerto de viejo, como los alemanes, tomando el sol a pocos metros de la playa. Mi tío compró otro al cabo de unos días, confirmando, por sustitución, el hecho de que algunas muertes sí que tienen remedio. En sus mejores años le apodaron Pavarotti, pero poco a poco fue perdiendo la voz hasta que dejó de cantar, hace unos meses. También dejó de responder, porque a ratos departíamos largamente (él desde su jaula y yo desde la mía) con silbidos de interrogación. Él me miraba, yo le silbaba, él me piaba y yo le respondía, y así hasta que uno de los dos finalizaba el diálogo. Normalmente era yo, alejándome lo que él no podía. Tenía cuerda para rato, quizá porque su jaula era mucho más pequeña y no le permitía grandes diversiones. Un día, como digo, dejó de responderme. Yo le seguí interrogando cada fin de semana pero él sólo me miraba como mira, tembloroso, alguien que se siente frágil y acechado. Debió pensar que ya lo había dicho todo en esta vida y que para qué esforzarse más. Muchos domingos me despedí de él a sabiendas de que quizá sería la última vez que nos veíamos. Tanto me he despedido de él que apenas he sentido su marcha. Se lo llevaron el jueves y no sé si estará muerto, aunque para el caso ya da lo mismo.


8 de junio de 2009

Palomitas (El placer blanco)



Los seres más graciosos del mundo, aparte de Los Fruitis, son las palomitas. Fijaos si son graciosas que lo primero que hacen nada más nacer es darnos un susto: “¡plof!”, y luego al acercar la oreja podemos escuchar sus risitas saladas. Las palomitas existen para hacernos disfrutar. En eso no se parecen a las morcillas o a los donuts, que luego te cobran el placer poniéndote gordo o con gastroenteritis. El milagro de las palomitas se basa en que tienen mucho volumen en comparación con su peso, de ahí podamos comer hasta que se nos insensibilice la boca y parezca que estamos imitando a Rajoy.

Algo curioso de las palomitas es que pertenecen a ese escogido grupo de alimentos relacionados íntimamente con otros ámbitos de la vida: las palomitas están conectadas con el cine de la misma forma que los turrones están conectados con la Navidad o igual que los chorizos están conectados con la política. El mundo del cine y el mundo de las palomitas son dos mundos complementarios, industrias que se necesitan mutuamente como la industria del cocido y la de la sal de frutas. Tan relacionadas están las palomitas con el cine que aquellos que las comen sin estar viendo una película podrían entrar perfectamente en la categoría de locos, como las liebres que corren por el mar, las sardinas que lo hacen por el monte o los que para ver fútbol se van al Bernabéu.

Pero en el mundo de las palomitas no todo es risa y jolgorio. Ese mundo tan deslumbrante por fuera y tan sabroso por dentro también plantea grandes dilemas morales, cuestiones filosóficas de esas que han ocupado y preocupado a la humanidad desde sus inicios. Uno de esos dilemas surge cuando metemos una de bolsa de palomitas en el microondas y nos hacemos la siguiente pregunta: ¿Cuándo hay que parar? Existe un momento mágico que es cuando todas las semillas empiezan a explotar al mismo tiempo y la bolsa hace un sonido ronco, fascinante, que llega a confundirse con el de tu estómago. Luego se ralentiza pero, ¡ay!, algunas palomitas siguen explotando y sabes que si apagas el microondas muchas se quedarán sin salir. En esos momentos estás entre la espada y la pared: si te dejas vencer por la impaciencia te quedarás con la mitad de la bolsa pero si eres demasiado codicioso se te quemarán todas.

Otro de los dilemas palomiteros se produce en el cine: ¿Cuándo empieza uno a comerse las palomitas? Según mis estudios existen tres grupos fundamentales: los que esperan a los tráilers, los que esperan a la película y los que no esperan. Todo el género humano podría categorizarse dependiendo del momento elegido para empezar a comer las palomitas y conocer ese rasgo en cada persona nos ayudaría a saber muchas más cosas. Por ejemplo, ¿cómo saber si un chico es bueno o no para una chica? Pues fijándonos en cuándo se come las palomitas. Los chicos que quieren las abuelas para sus nietas son los que esperan hasta la película, los que quieren las madres para sus hijas son los que esperan a los tráilers y los que quieren las hijas son los que no esperan. Esos son los que no tienen problemas. Se las comen directamente y sin guión.


Compartir