27 de junio de 2009

La compra




En la cola del supermercado normalmente te ceden el sitio si la desproporción de compra es muy evidente. Pongamos de cinco a uno. Por eso me extrañó que aquel hombre me lo cediera pese a llevar en la cesta prácticamente la misma cantidad de productos que yo. Era un tipo de unos cuarenta años bastante mal llevados, sin afeitar, mal peinado y con una ropa demasiado grande que parecía despeñarse desde su mediana estatura, aún más mediana por la curvatura exagerada de su cuerpo. Tenía los ojos llorosos, profundísimos, y una mirada perdida en la pared que ni siquiera intentó dirigirme cuando me habló.

-Pasa delante -dijo, apartándose.
-No hace falta, no tengo prisa.
-Menos prisa tengo yo. Vengo ahora de almorzar...
-No importa. Por dos minutos no nos vamos a morir.

Me sorprendió su insistencia. Olía raro y su mirada, todavía sobre la pared, se fue endureciendo mientras me hablaba. Estaba nervioso, quizá a consecuencia de lo imprevisto de mi contestación. Después de mi última frase se acercó a una estantería que había junto a la caja, buscando algo entre los caramelos que no podía ser más que tiempo: tiempo para encontrar otra frase, tiempo para que yo me adelantara en la cola... Tiempo para hacer tiempo. No le sirvió de nada.

-Pues pasaré yo -dijo, y levantó la cesta hasta dejarla sobre la cinta transportadora.

A continuación empezó a sacar su compra: un paquete de leche, una bandeja de carne, queso rayado, botellas de gaseosa, un pack de estropajos... Aún quedaban unas cuantas cosas cuando se desentendió de la cesta y se fue a la otra parte de la caja. La dependienta sacó el resto de la compra y entonces entendí a aquel hombre. Entendí su temor, su nerviosismo, su insistencia, sus ojos esquivos y llorosos. En el interior de la cesta quedaban, junto a una inocente barra de pan, dos botellas de whisky y una garrafa de diez litros de vino de mesa. Aquel hombre quería que le dejase en paz y yo, sin saberlo, creo que acerté en no dejarle.


26 de junio de 2009

El cuadernillo naranja (24)

Hace un día raro, un viernes raro, con un viento nervioso y cargado de olor. Parece como si fuera a suceder algo importante aunque no sé qué es lo que podría pasar. Últimamente no pasa nada y el mundo está tan aburrido de sí mismo que quizá se dedica a escampar rumores. Lo mejor será no seguirle el juego y dejar de pensar en posibilidades, no sea que la aventura acabe en decepción.

***

Se ha muerto Michael Jackson. Hace unos quince años apenas escuchaba otra cosa, aquel Dangerous que me hizo cantar en inglés sin saber el idioma: Black or White, Heal the World, Remember the time, In the closet, Jam... Aunque el disco salió en 1991 a mí me parecía que sus canciones eran himnos que nunca habían dejado de sonar. Poco después me enamoré y cambié a Michael Jackson por Alejandro Sanz. La sustitución fue brusca. Un desalojo, literalmente. Llevé Dangerous a una tienda de empeño y a cambio me dieron 200 pesetas, la misma cantidad que recibí por una aberración de música techno que encontré en un cajón de mi casa. Hacia el 2003 el desalojado fue Alejandro Sanz y desde entonces nadie en particular ha llenado su hueco. La crisis del CD y el auge del iPod han atemperado la vieja idolatría. Por suerte. O por desgracia.



***

El 18 de junio un grupo de soldados españoles quiso hacerse una foto y decidió colocar una bandera de España en la cruz que corona el monte Gorbea. El PNV pidió ayer explicaciones al Gobierno: "¿Qué objetivo militar perseguían los soldados?", preguntó José Ramón Beloki. El portavoz del PNV estaba pensando en Perejil. Para el PNV la colocación de una bandera española (¡y de España!) en un monte vasco es una provocación y no sólo una provocación. Es un acto de guerra y no sólo un acto de guerra. Para los nacionalistas esa foto, perpetrada sobre la cruz del Gorbea, constituye el mayor de los escarnios: el sacrilegio. El día 4 de julio, y convocado por la oposición, el Pueblo vasco en el exilio (esencia de la raza elegida) se echará al monte con ikurriñas y agua bendita para llevar a cabo la ceremonia de desagravio, purificación y acción de gracias. Te Deum, etc.


25 de junio de 2009

Niñerías




21 de febrero de 1999


Dime, ¿qué hay de malo en que nos queramos? Quizá pienses que romperíamos alguna ley universal y que nos costaría demasiado trabajo recomponerla. Pero yo te contaría frases de amor como nadie te ha contado. Te mostraría mi locura, mis ganas por tenerte, mi deseo de encontrarte, mi qué sé yo. Quizá pienses que no eres para mí, pero ¿qué hay de malo en negar el mecanismo del mundo? ¿Qué hay de malo en desobedecer, por una sola vez, a Dios? Imagínate que somos niños (lo somos), que no sabemos lo que hacemos (no lo sabemos) y que no ententendemos el mundo (¿quién lo entiende?)... No importa lo demás. No importa la gente. No importa el mundo esclavo de sí mismo. No importa Dios ni su continua sombra. Sólo llévame a donde tú sabes que está lo verdadero, a tu lado, a ese lugar en el que el mal no existe y yo pueda disimular el mío.


24 de junio de 2009

Cortometrajes




En Valencia, a las seis de la tarde y en un día de finales de junio, el calor puede alcanzar extremos saharianos. Dos diferencias fundamentales nos separan del desierto: los olores cargados y el ruido pegajoso de la ciudad. Por suerte, las actividades culturales (que se multiplican y concentran más que nunca en estos días) representan una excusa oportunísima para gozar de las virtudes de la refrigeración sin necesidad de sentirse producto envasado.

Luisa me esperaba en la sala de exposiciones del metro de Colón, donde iba a tener lugar una sesión de cortometrajes. El local, enmoquetado de verde oscuro, forma una especie de U de aproximadamente cincuenta metros de largo y tres de ancho (unos veinte en la zona central) con cristales gruesos cubriendo la parte interior de la letra y un muro de ladrillos cerrando la exterior, ahora indebidamente decorada, en su mayor parte, con pinturas de formas grotescas y colores chillones. Una tenue melodía en el hilo musical acompaña al otro sonido de fondo (en este caso de exposición permanente) compuesto por escaleras mecánicas que suben y bajan y por trenes que vienen y se van. El sitio es encantador. Para llegar tuve que atravesar calles, bajar escaleras y sortear expresiones artísticas en forma de cuartillas plastificadas, tres actividades que se me antojan mucho más llevaderas en invierno, con diez grados menos y sin una mochila de diez kilos a la espalda. El aforo estaba prácticamente desocupado, a pesar de cinco o seis personas hábilmente desperdigadas. Luisa había elegido uno de los asientos de la primera fila y allí la encontré, con la espalda erguida y la expresión seria, mirando hacia la pantalla todavía en blanco. Me acerqué por su izquierda y la abordé sin compasión:

-Cuanta menos gente hay más friki me parece esto.
-¡Qué tonto eres!
-Ay, ¡qué calor hace!
-Pues yo tengo frío. ¿De dónde vienes?
-Del cine.
-¿Qué has visto?
-Una película en tres dimensiones. Ahora volver a las dos va a suponer un paso atrás evidente...
-No será para tanto.
-Eso espero.
-¿Sabes que me voy a Noruega?
-¿Cuándo?
-A mediados de julio. Una semana.
-¡Qué bien! Dicen que es como Galicia pero más al Norte.
-¡Sí hombre!

Al acabar el pase decidimos acudir a otro, a diez minutos de allí. Para hacer tiempo hasta las ocho (que es cuando empezaba) nos metimos en una tienda de cosas que normalmente no venden en las tiendas: cubiteras con formas divertidas, cuerdas de diseño para saltar a la comba, peluches con pilila o sombreros de paja con la palabra “sexy” en pedrería rosa. Con uno de esos sombreros Luisa era, tal cual, una información redundante. Al salir de la tienda me habló de su perro (un pastor alemán al parecer listísimo) y de su abuelo que, según dice, va dejando un rastro de esparto allá por donde pasa.

-Qué guay, ¿no?
-Sí, pero me puso perdido el coche.
-¿El nuevo?
-Sí. El otro día me hizo unas zapatillitas que tengo colgadas en el retrovisor.
-Mucho mejor que el típico pino que en realidad es un típico abeto.
-Clarísimamente. El hombre no para de hacer cosas y yo no sé qué estará tramando.
-Seguro que ha montado un negocio con unos chinos.
-Puede ser, aunque creo que lo hace para las fiestas del pueblo.

El centro cultural Bancaja (donde hacían el otro pase de cortos) es un lugar tan imponente, tan sobrecogedor, que parece mentira que se pueda entrar sin pagar. Yo estaba asombrado.

-¡Qué grande todo! ¡Y qué blanco! ¡Y qué limpio!
-Es como un hospital.
-Sí... Es posible... Pero, ¡fíjate! ¡Cuánto espacio y cuánta línea recta!
-Como en un hospital.
-Sí, bueno... Pero...

Antes de ir a la sala de cine nos metimos en una exposición sobre las ciudades chinas, una visita rápida que era más bien una toma de contacto para una visita futura. Sólo nos detuvimos ante una jaula de grillos hecha de bambú, una enorme maqueta del enorme Pekín y un pedrusco con grabados que parecía el Código de Hammurabi...

-...O la piedra Rosetta.
-O la piedra Rosetta.
-El otro día una chica me puso en un examen que la piedra Rosetta la había descubierto un amigo de Colón en 1910.
-Y es entonces cuando decidiste dejar de corregir, ¿no?
-Ojalá. Lo más sorprendente es cuando te añaden comentarios del tipo “y no pongo más porque no me acuerdo”.
-Bueno, eso demuestra que hay cosas que vale la pena no recordar.

De vuelta a casa (a la suya) Luisa me habló de sus males. Me dijo que se marea, que le dan vahídos y que ha dejado de fumar por lo menos hasta que sepa qué es lo que tiene.

-Llevo dos días sin fumar.
-¡Dos días!
-Aunque anoche me fumé uno.
-¡Anoche!
-Bueno, es que para mí fumarme uno o dos cigarros al día es dejar de fumar.
-Entiendo.
-Cuando más me asusté fue cuando creí que me había bajado la tensión y luego vi que no me había bajado.
-Eso no lo entiendo. ¿Estás mejor de lo que piensas y eso te asusta?
-Claro, porque si no era por la tensión debía ser por otra cosa.
-Ah, claro. ¡Qué complicada es la vida!
-No te creas. La vida sólo es complicada si nos empeñamos en complicarla.
-Es verdad. Además nos la complicamos al intentar hacerla más fácil.
-Si actuáramos sin pensar viviríamos mucho mejor...
-... Al menos mientras no nos arrepintiéramos después.
-¡No hay que arrepentirse nunca!
-No sé... Yo creo que el arrepentimiento es necesario.
-Ni hablar. ¡A lo hecho, pecho!
-Sí, pero eso es a la larga. A corto plazo el arrepentimiento tiene su utilidad.
-¿Cuál?
-Pues que si vas a un Burger y tienes una mala digestión más vale arrepentirte antes de que tengan que hacerte un trasplante de estómago.
-Puede ser, pero una cosa es aprender de los errores y otra que dejes de tomar decisiones por miedo al arrepentimiento.
-Eso sí.
-Si no te atreves a tomar una decisión lo mejor es lanzar una moneda al aire. Yo lo hago. Así delegas la responsabilidad en algo que no depende de ti.
-Vale, pero ¿y si no te gusta lo que sale?
-No, no. Tienes que aceptar lo que diga la moneda.
-¿Y a ti qué te dijo?
-Cara. Aunque después cambié de opinión.
-¿Ves?
-Sí, pero no me fue demasiado bien con el cambio.
-O sea, que debiste hacer caso a la moneda.
-Pues no lo sé.

Al llegar a casa tuve la tentación de lanzar una moneda al aire pero, casi coincidiendo con la tentación, caí en la cuenta de que no todo puede responderse a cara o cruz. Y para usar un dado más vale dejarse de historias.


23 de junio de 2009

Sin historia







Hoy me siento pequeño
diminuto
insignificante
el chico sin historia que soy
y siempre he sido
por falta de continuidad

ayer fueron los cambios de sitio
de vida y amigos
el volver a empezar para acabar de nuevo

hoy el olvido me lo provoco a solas
y por costumbre
porque no sé vivir distinto

no tengo más pasado que el persistente en la memoria
ni más memoria que la mía
fija y material

hoy me siento apenas nada
tan ligero que podría evaporarme
y no dejar más rastro que estas notas
único lastre soportable
(y no siempre)
de lo poco que me queda



22 de junio de 2009

Desórdenes



El orden exterior es una emanación necesaria, la materialización de una idea, de una pretensión, de un deseo siempre insatisfecho de orden interior. En el orden exterior, en sus constantes cambios y evoluciones, se puede observar esa insatisfacción de un modo evidente: uno decora su casa de acuerdo no con la imagen que tiene de sí mismo sino de acuerdo con la imagen que de sí mismo le gustaría tener. Es la existencia del modelo (y de nuestra absoluta impotencia para alcanzarlo y retocarlo) la que permite esa continuidad, tan frágil, que la simple aceptación del caos impediría. El orden interior, por tanto, rara vez deja de ser una aspiración al igual que el orden exterior rara vez deja de ser una fantasía. Dios, sobre todo Dios, es consecuencia de dicha aspiración. Dios, sobre todo Dios, es expresión de dicha fantasía. El orden existirá mientras queramos que exista sobre el sustrato preexistente y permanente del desorden, como una luz que voluntariamente proyectamos sobre la oscuridad. El orden será posible sólo si aceptamos las reglas que hemos creado para que sea posible, sin olvidarnos, por cierto, de aceptar que las hemos creado para ese propósito. Todo lo demás es delegar el uso de nuestra responsabilidad en la nada absoluta: pura, simple y destructiva superstición.

***

Al despertar de la pesadilla el corazón no me martilleaba el pecho. Me extrañó, porque eso era lo que pedían los gritos y la certeza de la sangre que anunciaban detrás de los cristales. Lo que hizo mi cuerpo, inesperadamente, fue sentir con agrado la suavidad de las sábanas sobre la piel, la luz aún incierta de la mañana filtrándose desde el patio y las prometedoras horas de sueño que quedaban por delante. Me dormí enseguida, sin ni siquiera preguntarme por qué aquella repentina falta de sensibilidad ante la amenaza, inexistente y posible, que a veces trae consigo la niebla de los sueños.


21 de junio de 2009

El cuadernillo naranja (23)



Ahora que la tesis doctoral empieza a tomar cuerpo o, al menos, cierta idea de cuerpo, empiezo a pensar en el futuro. Si no me toca la lotería de poder vivir por escribir (que es lo que a mí me gustaría) no sé en qué otra cosa podría trabajar si no es de profesor. Me he presentado ya a dos oposiciones y, a pesar de los malos resultados, tengo bastante claro que lo próximo será presentarme a las terceras. En realidad nunca me he planteado, seriamente, otra alternativa.

Cuando pienso en mi futura vida de profesor la primera imagen que acude a mi mente no es la de una clase llena de alumnos sino la de un despacho, la de mi despacho, conmigo realizando actividades que nada tienen que ver con enseñar, como leer una novela, hojear un periódico o escribir en el ordenador. La historia no es una disciplina que me apasione (¿qué le vamos a hacer?) pero espero que me pueda servir como medio para profundizar en lo que más me gusta.

Las próximas oposiciones serán dentro de un año. Mientras llegan tendré que compaginar el estudio de esos setenta y cuatro interminables temas con otras labores más inmediatas. Estudiar otra carrera o trabajar, that's the question. Si me decido por estudiar deberé elegir entre magisterio y periodismo. Si me decido por trabajar cualquier capacidad de elección supondría un lujo, tal y como están las cosas. Mi padre preferirá que trabaje y mi madre se conformará con que haga algo de provecho. Por mi parte, lo que más me interesa es poder conservar ciertas rutinas que, hoy por hoy, considero irrenunciables.


***


Cuando Laura me dice algo bueno, sobre todo cuando es algo directo y evidente, a los pocos segundos suele arrepentirse de haber sido tan clara y entonces realiza un movimiento de repliegue: se mete conmigo, me insulta y amenaza seriamente con irse, aunque sea medio en broma. Tal vez lo hace porque no quiere que me crea esas cosas tan buenas que dice de mí y porque teme, quizás, que me contagie de vanidad y que eso acabe afectando al cariño que le tengo. La simple posibilidad de que Laura considere mi cariño como algo a proteger es tan estremecedora que anula completamente la inquietante premisa de que me tenga por un peligro para mí mismo. Desde luego, no podría existir mayor ni más justificado motivo de envanecimiento que el de sentirse querido por alguien tan valioso y tan inalcanzable como ella.


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