7 de julio de 2009

Di que me entiendes




Cuando se conoce pero se extraña
Laura me pide que le diga que la entiendo.
“Di que me entiendes”, me pide,
y yo se lo digo,
insistiendo en esa normalidad suya
tan difícil de alcanzar
y tan opuesta a lo mediocre.


***


(El silencio sólo es apariencia.
Laura está en todas mis frases y palabras,
en las más simples y en las más ambiciosas,
en las que digo y en las que no,
felizmente inevitable
en cada uno de mis actos y pensamientos.)



6 de julio de 2009

Desplazamiento horizontal




Seguramente para retrasar mi llegada a la biblioteca, he decidido no coger el autobús. Además, nada más alcanzar el primer cruce me he desviado de la línea recta para adentrarme por unas callejuelas cuya mayor virtud es que no llevan a ninguna parte o, en todo caso, llevan a todas sin pretenderlo. Mochila al hombro, como un Labordeta urbano, percibo el exquisito aroma de los tubos de escape, gozo del suave tacto del asfalto bajo mis pies y contemplo paisajes que no se extienden más allá de diez metros, con un horizonte siempre recortado por construcciones de piedra, termiteros de nuestra humanidad. Aquí el que no poetiza es porque no quiere.

Siguiendo un trayecto lo más horizontal posible he llegado hasta los Viveros. Antes de mudarme siempre pasaba por allí para ir a la facultad o para volver de ella. Hoy suenan igual que entonces, con un arrullo inmortal de pájaros invisibles. También sigue habiendo gente haciendo footing, amantes amándose, madres paseando a sus hijos pequeños y jubilados paseándose a sí mismos. El único que parece que está fuera de lugar soy yo, como lo era entonces. Para cambiar de estatus tendré que correr, amar, tener hijos, envejecer... Acciones que parecen ir en tromba unas detrás de otras. Yo, de momento, me limito a pasar sin ánimo de quedarme. Hago, eso sí, un pequeño amago y me voy al estanque de los patos pero se ve que es época de migración porque sólo hay cinco, de plumaje oscuro, todos ahí juntitos sobre una piedra. Estoy varios minutos con ellos, pensando si no me dicen nada porque no quieren o porque no tienen nada que decirme. Concluyo que ésa es una de las grandes ventajas de ser pato: no tienes que darle explicaciones a nadie.

Y cuando ya empiezo a sentirme con treinta años de más me despido. Adelanto al último jubilado y salgo del parque para encontrarme de nuevo con el asfalto. Ese sí que me habla, el muy cabrón. Coches, motos, taladradoras, perforadoras... Correr, amar, tener hijos, envejecer... La ruidosa banda sonora de nuestras vidas.


5 de julio de 2009

Tavernes





Desde siempre me ha parecido que la playa de Tavernes ya vivió sus mejores días. No sé en qué momento. Imagino que a finales de los 50, cuando para salir de fiesta aún se vestía con esmoquin y se podía beber una copa con elegancia. O quizá en los 70, con sus enormes salas de baile con texturas de seda y alcanfor. Tiempos lejanos (como precisa toda fantasía) en los que la orilla del mar olería a mar y no a bronceador ni a carne frita. El lugar, a pesar de todo, tiene el encanto de la decadencia no muy mal llevada, la ternura de esos gestos de muchachita pícara que a veces aún descubro en mi abuela.

Este es el sitio de mis primeras veces: aquí por primera vez me enamoré de una chica, aquí por primera vez una chica me descubrió sus encantos y aquí por primera vez una chica me enseñó a utilizarlos. En ningún caso fue la misma chica, aunque cada vez me lo parecen más.


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