El precio de la cultura
El perro de los vecinos de arriba lleva una hora llorando, con intervalos de silencio que se agotan a saber por qué estímulo, por qué pensamiento, que le provoca de nuevo el gemido, inconsolable. Los perros son como niños, capaces de llegar a tales extremos de tristeza que los adultos sólo alcanzamos a resistir en nuestra convicción de su profunda relatividad. Sabemos que bastará otro estímulo (una puerta que se abre, un olor conocido) para que el gemido se transforme en alegría, igualmente infinita e igualmente relativa.
La cultura no construye, contiene. La cultura encauza los sentimientos dentro de unos límites razonables, de acuerdo con un pasado y con un futuro, con unas experiencias y con unas esperanzas, reduciendo el presente casi hasta el absurdo. La cultura nos insensibiliza, nos anestesia, nos hace ver una realidad que puede que no sea la más real, pero que se nos ofrece como la más favorable, la más conveniente a nuestra escala humana. Las impresiones quedan amortiguadas por la cultura, los efectos reducidos a su mínima expresión, las sorpresas atemperadas. Existen frases que nos recuerdan lo que fuimos: "disfruta como un niño", "le gusta más que a un tonto un lápiz"... La alegría desbordada que disfrutamos en los ojos inocentes fue un día también la nuestra, aquella con la que al crecer pagamos el consuelo del sufrimiento previsible en la distancia.
La cultura no construye, contiene. La cultura encauza los sentimientos dentro de unos límites razonables, de acuerdo con un pasado y con un futuro, con unas experiencias y con unas esperanzas, reduciendo el presente casi hasta el absurdo. La cultura nos insensibiliza, nos anestesia, nos hace ver una realidad que puede que no sea la más real, pero que se nos ofrece como la más favorable, la más conveniente a nuestra escala humana. Las impresiones quedan amortiguadas por la cultura, los efectos reducidos a su mínima expresión, las sorpresas atemperadas. Existen frases que nos recuerdan lo que fuimos: "disfruta como un niño", "le gusta más que a un tonto un lápiz"... La alegría desbordada que disfrutamos en los ojos inocentes fue un día también la nuestra, aquella con la que al crecer pagamos el consuelo del sufrimiento previsible en la distancia.














