11 de julio de 2009

El precio de la cultura




El perro de los vecinos de arriba lleva una hora llorando, con intervalos de silencio que se agotan a saber por qué estímulo, por qué pensamiento, que le provoca de nuevo el gemido, inconsolable. Los perros son como niños, capaces de llegar a tales extremos de tristeza que los adultos sólo alcanzamos a resistir en nuestra convicción de su profunda relatividad. Sabemos que bastará otro estímulo (una puerta que se abre, un olor conocido) para que el gemido se transforme en alegría, igualmente infinita e igualmente relativa.

La cultura no construye, contiene. La cultura encauza los sentimientos dentro de unos límites razonables, de acuerdo con un pasado y con un futuro, con unas experiencias y con unas esperanzas, reduciendo el presente casi hasta el absurdo. La cultura nos insensibiliza, nos anestesia, nos hace ver una realidad que puede que no sea la más real, pero que se nos ofrece como la más favorable, la más conveniente a nuestra escala humana. Las impresiones quedan amortiguadas por la cultura, los efectos reducidos a su mínima expresión, las sorpresas atemperadas. Existen frases que nos recuerdan lo que fuimos: "disfruta como un niño", "le gusta más que a un tonto un lápiz"... La alegría desbordada que disfrutamos en los ojos inocentes fue un día también la nuestra, aquella con la que al crecer pagamos el consuelo del sufrimiento previsible en la distancia.


10 de julio de 2009

Aforismos petrarquistas (2)




Cuando un personaje de Goethe afirma que "es más propio de amigos escribir y no decir nada, que no escribir" parece estar seguro de que la moneda de cambio en una amistad no son tanto las palabras que se dicen como el tiempo empleado para decirlas.

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Según Aristóteles el prudente no persigue el placer sino la ausencia de dolor. Nada más prudente, entonces, que suicidarse.

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Me resulta imposible dejar de leer una frase antes de haberla terminado. A determinados niveles en los que aún domina el azar las expectativas logran mantenerse y mantenernos independientemente de la solidez de su base. Las ilusiones, que son las que fijan la mirada, suelen tener así más de inercia que de buenos deseos.


9 de julio de 2009

Cuentan que...




Cuentan que al ser preguntado un espartano acerca de la escasa longitud de su espada respondió que así podía herir a sus enemigos desde más cerca. El valor tiene su punto de temeridad. Los viejos ejércitos podían diferenciarse claramente unos de otros: los ingleses vestían de rojo y los franceses de azul. Hoy las guerras se ganan pasando desapercibido.


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Cuentan que Temístocles aseguraba que su hijo era el hombre más poderoso del mundo: "Grecia domina el mundo, Atenas domina Grecia, yo domino Atenas, mi mujer me domina a mí y mi hijo domina a mi mujer". Una de las grandes desventajas de la democracia es su animadversión por este tipo de progresiones, tan capaces de igualar el buen gobierno con el amor de una madre y los caprichos de un niño.


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Cuentan que Alejandro Magno se tapaba una oreja cuando presidía un tribunal de justicia. Preguntado por la razón de su comportamiento respondió que reservaba la otra oreja para el acusado. La moraleja de escuchar menos para escuchar mejor deberían tacharla unos cuantos jueces y apuntársela casi todos los políticos, tan empeñados en defenderse por aclamación popular.


8 de julio de 2009

Pagafantas





Cuando hace un par de años me enteré del significado del término "pagafantas" me llevé una de las grandes decepciones de mi vida: yo, que tan especial y tan complejo me creía; yo, que tantas veces había dicho "es una historia demasiado larga"; yo, que tanto me complacía en sentirme desperdigado por cientos y cientos de párrafos... Me vi reducido a una sola y mísera palabra, como una bola de papel a punto de ser lanzada a la papelera. Había algunas diferencias: pocas veces invitaba yo y apenas me transformaba en koala o en lemur, pero eso tampoco mejoraba el conjunto. Lo empeora, en realidad. A la película, como a mí, le falta algo de guión pero nadie nos asegura que con un añadido habría sido más buena. Gorka Otxoa es tan pagafantas que hasta en IMDb le han colocado por detrás del novio surfista. Y Sabrina Garciarena es tan adorable que me hace temblar... De miedo.




7 de julio de 2009

Di que me entiendes




Cuando se conoce pero se extraña
Laura me pide que le diga que la entiendo.
“Di que me entiendes”, me pide,
y yo se lo digo,
insistiendo en esa normalidad suya
tan difícil de alcanzar
y tan opuesta a lo mediocre.


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(El silencio sólo es apariencia.
Laura está en todas mis frases y palabras,
en las más simples y en las más ambiciosas,
en las que digo y en las que no,
felizmente inevitable
en cada uno de mis actos y pensamientos.)



6 de julio de 2009

Desplazamiento horizontal




Seguramente para retrasar mi llegada a la biblioteca, he decidido no coger el autobús. Además, nada más alcanzar el primer cruce me he desviado de la línea recta para adentrarme por unas callejuelas cuya mayor virtud es que no llevan a ninguna parte o, en todo caso, llevan a todas sin pretenderlo. Mochila al hombro, como un Labordeta urbano, percibo el exquisito aroma de los tubos de escape, gozo del suave tacto del asfalto bajo mis pies y contemplo paisajes que no se extienden más allá de diez metros, con un horizonte siempre recortado por construcciones de piedra, termiteros de nuestra humanidad. Aquí el que no poetiza es porque no quiere.

Siguiendo un trayecto lo más horizontal posible he llegado hasta los Viveros. Antes de mudarme siempre pasaba por allí para ir a la facultad o para volver de ella. Hoy suenan igual que entonces, con un arrullo inmortal de pájaros invisibles. También sigue habiendo gente haciendo footing, amantes amándose, madres paseando a sus hijos pequeños y jubilados paseándose a sí mismos. El único que parece que está fuera de lugar soy yo, como lo era entonces. Para cambiar de estatus tendré que correr, amar, tener hijos, envejecer... Acciones que parecen ir en tromba unas detrás de otras. Yo, de momento, me limito a pasar sin ánimo de quedarme. Hago, eso sí, un pequeño amago y me voy al estanque de los patos pero se ve que es época de migración porque sólo hay cinco, de plumaje oscuro, todos ahí juntitos sobre una piedra. Estoy varios minutos con ellos, pensando si no me dicen nada porque no quieren o porque no tienen nada que decirme. Concluyo que ésa es una de las grandes ventajas de ser pato: no tienes que darle explicaciones a nadie.

Y cuando ya empiezo a sentirme con treinta años de más me despido. Adelanto al último jubilado y salgo del parque para encontrarme de nuevo con el asfalto. Ese sí que me habla, el muy cabrón. Coches, motos, taladradoras, perforadoras... Correr, amar, tener hijos, envejecer... La ruidosa banda sonora de nuestras vidas.


5 de julio de 2009

Tavernes





Desde siempre me ha parecido que la playa de Tavernes ya vivió sus mejores días. No sé en qué momento. Imagino que a finales de los 50, cuando para salir de fiesta aún se vestía con esmoquin y se podía beber una copa con elegancia. O quizá en los 70, con sus enormes salas de baile con texturas de seda y alcanfor. Tiempos lejanos (como precisa toda fantasía) en los que la orilla del mar olería a mar y no a bronceador ni a carne frita. El lugar, a pesar de todo, tiene el encanto de la decadencia no muy mal llevada, la ternura de esos gestos de muchachita pícara que a veces aún descubro en mi abuela.

Este es el sitio de mis primeras veces: aquí por primera vez me enamoré de una chica, aquí por primera vez una chica me descubrió sus encantos y aquí por primera vez una chica me enseñó a utilizarlos. En ningún caso fue la misma chica, aunque cada vez me lo parecen más.


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