Los amigos invisibles
Quienes seáis usuarios del metro os habréis dado cuenta de una novedad que se produjo hace algún tiempo. Antes, al salir del metro y dirigirse hacia la salida, la gente introducía sus billetes en los tornos y, una vez gastados, se los guardaba en el bolsillo, los tiraba a la papelera o directamente los echaba al suelo. Ahora no. Alguien, algún día, decidió que ese billete usado bien podría dejarse en la repisa del torno, junto al lugar de donde salen una vez cancelados. Ese simple gesto, que no se sabe si fue impulsado por el azar, el desafío a las normas o la simple economía del esfuerzo, se convirtió de pronto en un medio de expresión, en un lugar común para todos aquellos que, sin decirse nada, se dicen todo lo necesario. Ahora es muy normal ver los tornos repletos de billetes usados. Ahí, amontonadas por los que se van y por los que vuelven, conviven todas las palabras que no se dicen, todas las intenciones que no se confiesan y todas las miradas que se apartan cuando son devueltas. Esos papeles que desbordan los márgenes del frío hierro son el grito conjunto de miles de personas que se dicen cada día: “Os he visto, sé que estáis ahí y somos más que ellos”.











