18 de julio de 2009

Los amigos invisibles




Quienes seáis usuarios del metro os habréis dado cuenta de una novedad que se produjo hace algún tiempo. Antes, al salir del metro y dirigirse hacia la salida, la gente introducía sus billetes en los tornos y, una vez gastados, se los guardaba en el bolsillo, los tiraba a la papelera o directamente los echaba al suelo. Ahora no. Alguien, algún día, decidió que ese billete usado bien podría dejarse en la repisa del torno, junto al lugar de donde salen una vez cancelados. Ese simple gesto, que no se sabe si fue impulsado por el azar, el desafío a las normas o la simple economía del esfuerzo, se convirtió de pronto en un medio de expresión, en un lugar común para todos aquellos que, sin decirse nada, se dicen todo lo necesario. Ahora es muy normal ver los tornos repletos de billetes usados. Ahí, amontonadas por los que se van y por los que vuelven, conviven todas las palabras que no se dicen, todas las intenciones que no se confiesan y todas las miradas que se apartan cuando son devueltas. Esos papeles que desbordan los márgenes del frío hierro son el grito conjunto de miles de personas que se dicen cada día: “Os he visto, sé que estáis ahí y somos más que ellos”.


17 de julio de 2009

La última palabra



El director de orquesta Edward Downes, de 85 años, y su mujer Joan, de 74, murieron hace una semana en la clínica Dignitas de Zurich. Lo llaman suicidio asistido, que viene a ser lo mismo que el asesinato consentido pero con la apariencia, al menos, de haber dicho la última palabra. Me parece bien. Un director de orquesta que va desde Londres hasta Zurich con el único propósito de matarse y que no se arrepiente por el camino tiene, para mí, todo el derecho a hacerlo.

Ahora bien, ¿cuántos suicidios habría cada año si todos tuviésemos una de esas clínicas cerca? ¿Cuántas suicidios provocaría la enfermedad? ¿Cuántos el desamor? ¿Cuántos el fútbol? Desde este punto de vista los Estados que no consienten el suicidio asistido ostentan con sus ciudadanos la misma función que la Iglesia con sus feligreses: intentar protegerlos de sí mismos. ¿Eso es lícito? ¿Hasta donde llega la capacidad de decisión? ¿Hasta qué punto es aceptable el criterio individual?

Joan Downes dejó esta carta a su familia:

Aunque tenía la esperanza de vivir un poco más no temo a la muerte.

No tengo religión y, por lo que a mí respecta, será un "offswitch". No tenéis que preocuparos.

Ha sido una feliz e interesante vida y no lo lamento.

No tengo ni idea de cuánto tiempo durará, pero os envío mi amor a todos.

Disfrutad mientras dure.

Con amor, Joan

Algunas expresiones sorprenden: "Aunque tenía la esperanza de vivir un poco más", "no tengo ni idea de cuánto tiempo durará", "disfrutad mientras dure"... Demasiada mención al tiempo futuro para alguien que va a morir. No quiero decir que no tuviera la voluntad de acabar con su vida pero, ¿habría tomado esa decisión si Joan hubiese dependido sólo de sí misma? "No lo lamento", dice, pero ¿realmente lo quería? Me inclino a pensar que sí porque lo hizo. Sin embargo, ¿cuántos llegarían a suicidarse sin darse cuenta de que están siendo asesinados?


16 de julio de 2009

Woman on bus





Llevaba las manos cruzadas frente al pecho
hacia el lado al que caen las ilusiones.

Sus piernas se aventuraban temerarias
a escasos centímetros de la desnudez.

Pálida e inasible como una canción sajona
se mostraba, derramada por la aurora
rosa y ligera sobre campos fértiles de hielo.

Se fue y fue
como si no se hubiese ido.
La levedad
en hilos de oro quedó
prendida sobre el asiento,
en el verde no adueñado
por la sombra impenetrable.



Vuelo






Calor pegajoso.
Las moscas tardan
milésimas de más
sobre la carne.
Su vuelo pesa
como las palabras.

Echo de menos tu cama,
el ruido del ventilador,
las cosas tiradas
por el suelo de tu cuarto,
allí donde se huele en la piel
y la voz se bebe a tragos.

Echo de menos contar hacia atrás
los segundos que no nos quedan.
El tiempo aprovechado.



15 de julio de 2009

El cuadernillo naranja (25)


LACASITOS


Petrarca:
Los que más me gustan son los amarillos.

Laura:
A mí me gustan más los marrones.

Petrarca:
¿Y saben a marrón?

Laura:
No. Saben a amarillo.



La sinceridad necesita más conocimiento que valentía, no es tanto decir lo que se piensa como saberlo.

Quien sabe lo que piensa está en condiciones de sincerarse y de no hacerlo. Quien no sabe lo que piensa (cómo lo piensa y por qué lo piensa) sólo puede escupir en el vacío.

La sinceridad empieza por un acto de introspección ("conócete a ti mismo") y acaba por otro de interpretación, al convertirse en mensaje y tener que transmitirse.

La sinceridad debe acomodarse a las circunstancias al igual que la pasta debe echarse al agua sólo cuando ésta hierve. Uno no es sincero haciéndose escuchar sino dándose a entender.

La sinceridad, a determinados niveles de conocimiento, es maravillosa o terriblemente inevitable.


***


Elijo los lugares en los que estudio según se me parecen o según se le parecen al día. Si sale amarillo voy a un lugar amarillo. Si sale azul voy a un lugar azul. Y si sale naranja me resigno a la fatalidad y resuelvo entre el amarillo y el azul porque el naranja, en principio, lo tengo vedado. Ahora estoy en un lugar azul por falta de ganas. Abundan los ocres y la luz inservible, las sillas son mucho más cómodas que en el lugar amarillo y la escasez de gente no anima a competir con nadie. Las miradas que se cruzan son casi siempre amistosas, pero tampoco demasiado. La falta de energía afecta por igual a todos los órganos.


14 de julio de 2009

La alondra y la diosa




La alondra de plumaje suave y destellos de oro alcanzó la colina en la cual reía la diosa.

-¿Por qué ríes, hermana?

-Río porque busqué y encontré el amor de los hombres. Por su complacencia y amistad renuncié a mis atributos divinos y, tomando aquellos que corresponden a los árboles, ofrecí a mis amados el refugio frondoso de mi compañía, las galas de mis flores perfumadas y el abundante fruto colmado de mi dulzura. Congregados a mi alrededor entonaron canciones gozosas y danzaron como el agua nueva en el viejo manantial, como arena blanca sacudida por el viento fresco de la primavera. Río porque fueron felices y porque yo lo fui con ellos, porque mi belleza aumentó la suya como una guirnalda exquisita que adorna el lecho nupcial.

La alondra de plumaje suave y destellos de oro alcanzó la colina en la cual lloraba la diosa.

-¿Por qué lloras, hermana?

-Lloro porque busqué y encontré el desprecio de los hombres. Por su enojo y enemistad renuncié a mis atributos divinos y, tomando aquellos que corresponden a los árboles, ofrecí a mis despreciados el refugio ilusorio de mi compañía, el empalago de mis flores gastadas y el abundante fruto saturado de mi amargura. Congregados a mi alrededor entonaron himnos solemnes y permanecieron como el agua vieja en el nuevo manantial, como arena gris tañida por la brisa quieta del verano. Lloro porque fueron tristes y porque yo lo fui con ellos, porque mi fealdad descubrió la suya como una guirnalda marchita que indica el lugar del sepulcro.


12 de julio de 2009

Amanecer en Calpe

-En cuanto despunte el Astro Rey estaremos todos levantados –dijo Marcelo a las cuatro de la madrugada, con esa misma solemnidad con la que duerme ahora, a las 9:30. Empiezo a pensar que lo suyo fue sarcasmo y no sus ronquidos.

La cama hinchable en la que he dormido durante unas tres horas era bastante cómoda pero me he levantado pronto para tomar el aire y el sol (que esta terraza los regala a manos llenas) y para escribir estas líneas que de ser a mano apenas se entenderían.

Estamos en el séptimo piso. Vicente y Anabel duermen en la habitación de Marcelo y Ana T., que duermen en el sofá. A mi izquierda hay un montón de balcones pidiendo a gritos que alguien se fije en ellos y en los extraños seres que los habitan. La playa, a tres pasos, aún tiene más sombrillas que personas y el mar aún más barcos que sombrillas. El peñón de Ifach, a la derecha, se sigue preguntando de dónde ha salido y quién lo ha puesto ahí.




Alguien se acaba de levantar. Por el poco ruido que hace debe ser una mujer. Es Ana T., que dice que le han picado tres mosquitos: uno en el pómulo, otro en el brazo y otro en el culo. Dice que no lo cuente, pero ya es tarde para arrepentirse. Se dice desgraciada, pero se ríe de su desgracia y se la cuenta a Marcelo, que suspira impotente ante los hechos consumados.

Ha sido una buena noche y está siendo una buena mañana. El horizonte aún conserva el blanco del amanecer y ya se descubre, en la parte más alta del cielo, el perfecto azul del mediodía.


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