7 de agosto de 2009

Estaciones




La vida es una pero nos cuesta admitirlo, como todo lo evidente que nos perjudica. La irreversibilidad asusta: las puertas cerradas por última vez y el espejo que no volverá a reflejar nuestra imagen son hechos consumados, presentes, reales, pero tenemos un buen sistema de ventilación para airear su recuerdo. Dios es sólo el principio... Y luego el olvido por negación interesada. La vida es una, como la muerte, aunque en ningún caso lo parezca con nuestras segundas, terceras y enésimas oportunidades, grandes y pequeños simulacros de lo inexistente. El universo colabora con el engaño y nos trae un día después de cada noche y la misma estación por cada tres. Y luego el artificio de semanas, meses y costumbres. Avanzar dando vueltas parece eternizar el avance, como el nombre que damos a lo irrepetible: agosto, naranja, Laura...


5 de agosto de 2009

Flotar en tierra





De no ser por lo feliz que le hace repartir felicidad y porque en ningún caso soportaría las continuas perfecciones del hombre perfecto, se podría decir que la subjetividad de Laura se aproxima bastante a lo que vendría a ser una objetividad tirando a lo divino: tú sí, tú no y San Pedro, el pobre, sin trabajo. Es decir, que si Laura quiere a alguien es muy probable que ese alguien se lo tenga merecido. Sin embargo, una vez reconocido el merecimiento del sujeto, aún le queda a Laura resolver el cuánto, el cómo y el hasta dónde, preguntas que son las que la mantienen en vilo pero también con los pies satisfechamente pegados a tierra.


2 de agosto de 2009

Orgullo




El niño quería merendar en las escaleras. La madre le dijo que no, que merendarían en la arena, que para algo había cargado desde casa con las butacas y con la sombrilla. Pero el niño no quiso aceptar el argumento y se dejó caer sobre las escaleras, decidido, sin intención de seguir caminando hacia la playa. La madre y la hija, que iban de la mano, no se detuvieron ni miraron atrás, ni siquiera cuando el niño comenzó a quejarse. Primero fue un balbuceo, luego un lloriqueo y finalmente un berrinche con todas las letras. Cuando el niño se convenció de que ya no le oían (que fue un rato después de asumir que ya no le escuchaban) cesó el llanto y se puso en pie. Le protestó un momento al cuello de su camiseta y luego se puso en marcha dando grandes pasos, con la cabeza levantada y moviendo exageradamente los brazos adelante y atrás. Se había rendido, sí, pero quería dejar claro que todavía conservaba el orgullo.


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