7 de octubre de 2009

El cuadernillo naranja (35)

Siempre tomo el camino más largo para volver a casa cuando estoy de buen humor. No es que tema agotarlo allí, pero el humor doméstico tiene su propia categoría. Hoy era un día de esos así que en vez de ir a la parada de autobuses de El Corte Inglés para coger el 8 me decidí por el 29 de las Torres de Serrano. Fui por la calle Comedias, pasé por la plaza de San Vicente Ferrer, subí por la calle Caballeros, torcí por la calle del Palau y llegué hasta la Catedral. La gente salía de misa y con ella el olor a incienso y santidad. Debían ser las ocho y media, las primeras oscuridades de la noche, y el color amarillento de las farolas daba a la piedra su familiar pátina de irrealidad antigua. En la Plaza de la Almoina un fotógrafo le hacía un reportaje a una pareja de novios treintañeros. La novia llevaba un bonito vestido color crema y sonreía como si tuviera ganas. Al pasar por su lado lo que menos me esperaba de ella (guapa, elegante y perfectamente contextualizada) era que soltara una estupidez... Pero la soltó para escarnio del costumbrismo.

***



De la Bardot apenas sé lo poco y bueno que dicen sus viejas fotos. No conocía sus simpatías juveniles por la extrema derecha pero, teniendo en cuenta al personaje, tampoco era necesario saberlo y, además, no deja de ser inquietantemente afable que pretendiera extender a toda su raza las evidentes perfecciones de su ser. Acaba de cumplir 75 años, han inaugurado una exposición para celebrarlo y ella ha decidido no acudir al evento quizá para evitar comparaciones. El periódico, que no puede evitarlo, publica uno de esos "antes" y "después" tan poco amables con el tiempo.


6 de octubre de 2009

Servicios públicos




El caso Millet, de cuyos silencios ha escrito C.C. Buxter con su habitual elegancia, tiene todos los ingredientes que componen la nube conceptual en la que se encuentra y se pierde la ciudadanía española: una persona roba dinero público pero a esa persona, que está ahí por culpa y a beneficio de alguien, se le despoja de su condición de persona para buscarle otras que hagan más tolerable su existencia. A Millet ya no se le llama Millet sino burgués, capitalista, españolista, catalanista... Cualquier adjetivo es bueno (gracias, en parte, a la solidez "en metálico" de su ideología) siempre y cuando sirva para quitarnos de encima su olor a humanidad. ¿Millet? Millet son ellos.

Las consecuencias de esa percepción, que no sabe de fronteras, sirven para endurecer la cara endurecida de nuestros políticos. Ahí tenemos la de Francisco Camps. Declaración 1: "Aquí no se está debatiendo la autonomía valenciana sino el futuro de España". (Traducción: aquí no se está debatiendo si robamos sino si nos dejarán seguir robando.) Declaración 2: "El PP ve en el Partido Popular de la Comunidad Valenciana una referencia de buenas prácticas, buenas cosas y buen gobierno." (Sospecha: cuando el gobierno se separa de la práctica sólo se pueden esperar "cosas".) Declaración 3: "Yo no gobierno para un partido ni para los conciudadanos de hoy, sino para los valencianos del futuro". (Respuesta adecuada: pues que le paguen ellos.) Declaración 4: "Nos quisieron quitar el agua, ahora nos quieren quitar el orgullo de ser valencianos." (Hipótesis: el nacionalismo triunfa porque convierte la crítica en expresión de auto-odio.) Yo no sé si Camps habrá robado o no, pero cuando sobre su vicepresidente primero y sobre el secretario general de su partido llueven serias acusaciones de corrupción las palabras que pronunció la semana pasada en las Cortes se merecerían no sólo la inhabilitación para el cargo sino la exclusión de por vida de toda actividad pública exceptuando, si acaso, la limpieza de calles, playas y jardines municipales.

Fue el miedo al cambio, el "que me dejen como estoy" lo que permitió que un PSOE carcomido casi venciera en las elecciones de 1996 o que un PP calamitoso estuviera a punto de reeditar (según las encuestas previas al 11-M) su mayoría absoluta en 2004. La política española tiene mucho de ser y poco de estar, de ahí que un político español pueda estar robando a manos llenas pero que no por ello se le considere un ladrón. Nadie votaría a un ladrón, ni siquiera a un asesino... Pero el hecho, demostrado, es que se les vota. Siempre me hago la misma pregunta al abrir la puerta de unos servicios públicos: ¿Por qué nos costará tanto a los españoles tirar de la cadena?


3 de octubre de 2009

Diarios




Si Arcadi Espada fuera astronauta no buscaría a Dios entre los astros y si fuera neurocirujano no buscaría las ideas entre las neuronas. Arcadi Espada es periodista y no busca la verdad entre las líneas de los periódicos sino en las líneas mismas, en lo existente, en los astros que iluminan y en las neuronas que piensan. En Diarios (Premio Espasa Ensayo 2002) descubre las máscaras que por pereza, mucho más que por maldad, se ponen las verdades para cubrir al que no las cuenta, al que las inutiliza para garantizarse el bienestar, al que las pervierte en símbolos de nada. Una imagen destruye más que mil palabras, dice, al tiempo que otros se relamen gustosos de sí mismos en su propia ficción. Diarios, sí, tiene mucho de manual antimasturbatorio y su mano señala, auxiliadora, las partes que no son la nuestras. Diarios recorre las líneas desactivando eufemismos, destruyendo ilusiones y, entre otras agradables molestias, exponiendo las razones mentales, descerebradas a lo optimista, que explican por qué suele triunfar el terrorismo allá por donde mata. Leer a Arcadi Espada es una de las pocas felicidades que ofrecen invariablemente los periódicos y una de las satisfacciones más completas que pueden llegar a ofrecer los libros (suspiro) cuando alguien se presta a pagar por ellos.


1 de octubre de 2009

Mira




Con esto de los blogs me gusta decir lo mismo que con Tolkien o con Silvia Fominaya, esto es, que a uno lo leí cuando aún no habían salido las películas y a la otra le eché el ojo mucho antes de que apareciera en Crónicas Marcianas y le pagaran por enseñar las tetas. Yo (¡yo!) escribía blogs cuando ni siquiera sabía qué era esto de internet. ¿Qué te parece? Chulo, ¿eh? Entonces yo los llamaba “cuadernos” y, a diferencia de éstos, no me los leía nadie. Nobody.

La ausencia total de público nos ofrece a los artistas una mayor libertad de acción: en soledad uno puede recrearse en los detalles, amplificar cuanto le apetezca, forzar hasta el límite... Y por eso los cuartos de baño tienen cerrojos. Porque las miserias de cada uno, hijo mío, no le importan a nadie más que a su portador. A nadie más, créeme. Es el público el que te obliga a ponerte presentable. Es el público el que te hace un hombre. No los secretos. No los cerrojos. No masturbarte con la puerta cerrada aunque lo hagas a dos manos y tres, cinco o veinte veces al día. Para ser un hombre tienes que currártelo, desnudar a la chica, follártela y entonces, sólo entonces, esperar los aplausos.

Oirás y leerás a muchos blogueros asegurar que sólo escriben para sí mismos... Pero, mira, a esa gente debes darle la misma credibilidad que a las mujeres que se ponen tetas para gustarse en el espejo. Toda o ninguna, y no se qué es peor. Para confesar que uno es público de sí mismo se debe o ser muy mentiroso o estar muy enfermo... Y en ambos casos ni el mentiroso ni el enfermo se darán por aludidos. Tal es su desgracia. El peor de los mentirosos siempre cree decir la verdad y el peor de los enfermos siempre insulta a su médico.

¿De qué te hablaba? Ah, sí. Yo tenía unos cuadernos. En realidad los sigo teniendo... Bien escondidos, claro, porque si los leyeras me perderías el poco respeto que me tienes. Es verdad que algunas de las cosas que escribí allí las publiqué luego aquí pero, siguiendo con la metáfora, no es lo mismo sacarse un moco disimuladamente que ensañarse en ello y hacerse sangre. En mis cuadernos abunda el ensañamiento, los nombres propios, las exclamaciones, los puntos suspensivos y todas esas pulsaciones que preceden a una eyaculación solitaria y seca (con perdón por los cambios de fluidos). Aquí, como ves, estoy mucho más calmado. ¿A que se me nota?

En fin, hijo, que si vas a escribir en un blog hazle caso a tu madre: péinate antes de salir y, sobre todo, no digas nada como si no te importara decirlo. Alguien puede preguntarte por el esfuerzo y mostrarte entonces lo gilipollas que puedes llegar a ser. Nunca, nunca dejes que te pongan a prueba. Sé un hombre, cariño mío, y haz que esté orgulloso de ti.


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