5 de enero de 2010

La expulsión del paraíso



Hubo un tiempo en que todos los muñecos de trapo sonreían. En las tiendas de juguetes o sobre los colchones de las camas reinaban la felicidad, el sosiego y esa plenitud dorada de los momentos que buscan permanecer, quedando desterradas, a base de costuras, las tristezas evitables. Con aquellos muñecos sonrientes las niñas podían soñar con ser madres y sentir la maternidad como un reino deslumbrante de paz, como un paraíso concedido, como una fuente de calor de la que gozar incluso antes de entenderla. Podían tomar a sus hijos fingidos entre los brazos y, en un ir y venir con olor a cielo, vivir su particular fantasía de hacerse mayores sin dejar de ser niñas. Pero llegó el día en que las compañías jugueteras quisieron jugar a ser Dios y, a consecuencia de no sé qué pecado original cometido, borraron la sonrisa eterna de los rostros de trapo y articularon los ojos artificiales para que también pudieran contemplar la tiniebla. Sobre aquellos cuerpos que carecían de la mortalidad que concede la vida, los nuevos tiempos lanzaron las plagas de la necesidad y de la enfermedad, sacando a la luz el cúmulo de tareas y sacrificios que comporta el cuidado de los hijos y que hasta entonces, ingenuamente, se había silenciado. A partir de aquel momento la felicidad dejó de ser gratuita y comenzó a hacerse real.


***


Cuando mi hermana era pequeña le contó un día a mi madre que se había enterado de que el Ratoncito Pérez eran los padres. Al caérsele otro diente, mi madre, como venganza por el descubrimiento, le puso por la noche una goma de borrar debajo de la almohada. Nada más amanecer apareció mi hermana llorando en el salón, con la goma de borrar en la mano, y dirigiéndose a mi madre le gritó: -¡Pues me gustaba más cuando no erais vosotros!


4 comentarios:

Sonrisa dijo...

Me encanta tu blog.
Gran descubrimiento a través de tu comentario en un post de mi blog.
Gracias

Noelia Jiménez dijo...

Qué bueno. Preciosa historia la de los muñecos. Buena observación. Y también la de tu hermana. Aunque de vez en cuando no está mal que te regalen una goma de borrar para quitar del medio lo que no te gusta.

Melpómene dijo...

Hola!
Hacía horrores que no pasaba por aquí, pero hace tiempo me recomendaste un libro difícil de encontrar y ayer conseguí hacerme con él. Es "El hombre que ríe", que han reeditado este año recién terminado. Te lo comento por si te es útil; yo me alegro de tenerlo ya en mi poder.
Feliz año!

Petrarca dijo...

Sonrisa: mi descubrimiento del tuyo fue más azaroso. Gracias a ti.

Noe: es verdad. Aunque creo que a ella nunca le han faltado gomas de borrar porque es muy artística. :)

Melpómene: sí, horrores. Pues fíjate que ayer justo me acordé de ese libro en el tren. Hace cuatro o cinco años me lo acabé en una parada de estación en la que no suelo parar y ayer pasé por ella. Feliz año.

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