
CONSTANZA: ¿No crees que sería muy aburrido tener en mente sólo lo que debemos hacer en los próximos diez minutos? Conozco gente así, preocupada únicamente por lo imprescindible.
ESCIPIÓN: Sí. Hay gente muy corta de miras y no hablo sólo de los miopes. Muchos van diciendo "¡Carpe diem!" como si lo único importante fuera lo inmediato.
CONSTANZA: Ya. Esos son los más felices.
ESCIPIÓN: Puede, pero es una felicidad muy frágil. La felicidad del inconsciente es como la felicidad que les suponemos a las moscas o a los perros cuando estamos en época de exámenes. Piensas: "Ojala fuera yo así de feliz y de despreocupado"... Pero eso no es felicidad ni despreocupación.
CONSTANZA: ¡Claro que lo es! La única preocupación de los perros responde al deseo de lo básico, al lenguaje de la supervivencia y la procreación.
ESCIPIÓN: ¿Y qué distingue entonces al perro del hombre?
CONSTANZA: Que el perro es feliz y el hombre se empeña en buscar la felicidad sin encontrarla nunca.
ESCIPIÓN: Entonces, ¿seríamos felices sólo comiendo, durmiendo y follando?
CONSTANZA: Un perro come, duerme y folla sin plantearse si es feliz. Sabe que haciendo lo que le gusta lo pasa bien y busca por todos los medios satisfacerse. El problema de las personas es que apuntamos siempre un centímetro más arriba de donde podemos mear. No buscamos la felicidad, buscamos ser cada vez un poquito más felices.
ESCIPIÓN: Yo puedo ser completamente feliz comiendo una magdalena pero, a diferencia de los perros, yo también disfruto deseando la magdalena, contemplándola unos segundos antes de comerla o recordando después su sabor. Eso un perro no puede hacerlo. Un perro no puede aspirar ni desear ni regocijarse en los placeres pasados o futuros. Se comería la magdalena sin más.
CONSTANZA: Y sería más feliz que unas pascuas comiéndosela.
ESCIPIÓN: Pero no la recordaría. Para un perro una magdalena es simple comida. Se acaba cuando se acaba y ya está.
CONSTANZA: Exactamente, se acaba cuando se acaba y ya está. Nada de preguntarse por qué se acaba, ni si volverá a comer otra magdalena alguna vez... Cuando acabe con ella seguramente se irá a oler culos ajenos o, incluso, el suyo propio. ¡Y tan feliz!
ESCIPIÓN: Es posible pero, aun así, un perro sólo puede apreciar la magdalena por su sabor. Nosotros la podemos apreciar por el momento, por la compañía, porque la hemos estado deseando durante mucho tiempo... Es verdad que hacernos sensibles a la felicidad nos hace sensibles también a la infelicidad, pero el resultado puede compensarnos.
CONSTANZA: A mí me compensa, pero hay gente que siempre prefiere el agua tibia.
ESCIPIÓN: ¿Y tú cómo la prefieres?
CONSTANZA: Caliente en invierno y fría en verano. En verano me congelo pero en invierno... ¡Ay en invierno!
ESCIPIÓN: Sí. Hay gente muy corta de miras y no hablo sólo de los miopes. Muchos van diciendo "¡Carpe diem!" como si lo único importante fuera lo inmediato.
CONSTANZA: Ya. Esos son los más felices.
ESCIPIÓN: Puede, pero es una felicidad muy frágil. La felicidad del inconsciente es como la felicidad que les suponemos a las moscas o a los perros cuando estamos en época de exámenes. Piensas: "Ojala fuera yo así de feliz y de despreocupado"... Pero eso no es felicidad ni despreocupación.
CONSTANZA: ¡Claro que lo es! La única preocupación de los perros responde al deseo de lo básico, al lenguaje de la supervivencia y la procreación.
ESCIPIÓN: ¿Y qué distingue entonces al perro del hombre?
CONSTANZA: Que el perro es feliz y el hombre se empeña en buscar la felicidad sin encontrarla nunca.
ESCIPIÓN: Entonces, ¿seríamos felices sólo comiendo, durmiendo y follando?
CONSTANZA: Un perro come, duerme y folla sin plantearse si es feliz. Sabe que haciendo lo que le gusta lo pasa bien y busca por todos los medios satisfacerse. El problema de las personas es que apuntamos siempre un centímetro más arriba de donde podemos mear. No buscamos la felicidad, buscamos ser cada vez un poquito más felices.
ESCIPIÓN: Yo puedo ser completamente feliz comiendo una magdalena pero, a diferencia de los perros, yo también disfruto deseando la magdalena, contemplándola unos segundos antes de comerla o recordando después su sabor. Eso un perro no puede hacerlo. Un perro no puede aspirar ni desear ni regocijarse en los placeres pasados o futuros. Se comería la magdalena sin más.
CONSTANZA: Y sería más feliz que unas pascuas comiéndosela.
ESCIPIÓN: Pero no la recordaría. Para un perro una magdalena es simple comida. Se acaba cuando se acaba y ya está.
CONSTANZA: Exactamente, se acaba cuando se acaba y ya está. Nada de preguntarse por qué se acaba, ni si volverá a comer otra magdalena alguna vez... Cuando acabe con ella seguramente se irá a oler culos ajenos o, incluso, el suyo propio. ¡Y tan feliz!
ESCIPIÓN: Es posible pero, aun así, un perro sólo puede apreciar la magdalena por su sabor. Nosotros la podemos apreciar por el momento, por la compañía, porque la hemos estado deseando durante mucho tiempo... Es verdad que hacernos sensibles a la felicidad nos hace sensibles también a la infelicidad, pero el resultado puede compensarnos.
CONSTANZA: A mí me compensa, pero hay gente que siempre prefiere el agua tibia.
ESCIPIÓN: ¿Y tú cómo la prefieres?
CONSTANZA: Caliente en invierno y fría en verano. En verano me congelo pero en invierno... ¡Ay en invierno!
2 comentarios:
La posición e Constanza es tentadora pero estoy de acuerdo con Escipión. Lo del perro es despreocupada ignorancia de la vida y un simple atender a las necesidades más básicas. Comer,dormir y follar es una oferta tentadora, pero si la vida, nuestra vida, se limitase a eso... mal negocio. Para empezar ¿dónde estarían estos blogs, estas reflexiones?
¡¡Buen domingo!!
Mi querida Constanza, no creo que sea tan simple. Limitarse al instinto y olvidar el conocimiento y la razón no es para mi una opción.
Pero tampoco creo, amigo Escipión, que Constanza esté hablando de disfrutar de una magdalena, sino de que hay gente que mientras se la come está más preocupada pensando en que ojalá pudiera comerse una ensaimada, o si dentro de tres meses podrá seguir comiéndose una todos los días, en lugar de saborearla.
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