5 de junio de 2010

Milagros de verano



Después de incontables titubeos, el verano ha irrumpido con fuerza y, con él, la luz blanca de los días y la oscuridad azul de las noches. El verano es un tiempo propicio para la contemplación y para el placer de que otros piensen por nosotros, para dejarse llevar de la mano y, si cabe, dejarse llevar por los pies. El verano es un tiempo de milagros. El primero, quitarme a mí las horas para escribir. El segundo, mucho más evidente, el de la resurrección de los cuerpos. Lo de mi abuela ya lo sabía de otros años, de otros veranos en los que rejuveneció como ha rejuvenecido en éste, pero lo de mi abuelo ha sido una revelación, una epifanía estival en toda regla. Hacía años que no le veía correr y hoy, en el tiempo en que una ráfaga de viento ha desestabilizado la puerta, la ha movido y la ha impulsado a cerrarse, el hombre al que hace diez años le daban tres meses ha abierto los ojos y, emergiendo del sillón en el que transcurren sus horas diurnas, ha conseguido detener en un instante glorioso el eterno discurso de la fatalidad. El frescor del atardecer, que gracias a su acción ya no ha encontrado límites interpuestos, ha ido vertiendo en el salón olores de azahar y brillos de pureza ante el asombro -uno más- de todos los que allí nos encontrábamos. Dickens también sirve para junio.


***

Celedonio, el acólito afeminado, alto y escuálido, con la sotana corta y sucia, venía de capilla en capilla cerrando verjas. Las llaves del manojo sonaban chocando.

Llegó a la capilla del Magistral y cerró con estrépito.

Después de cerrar tuvo aprensión de haber oído algo allí dentro; pegó el rostro a la verja y miró hacia el fondo de la capilla, escudriñando en la obscuridad. Debajo de la lámpara se le figuró ver una sombra mayor que otras veces...

Y entonces redobló la atención y oyó un rumor como un quejido débil, como un suspiro.

Abrió, entró y reconoció a la Regenta desmayada.

Celedonio sintió un deseo miserable, una perversión de la perversión de su lascivia: y por gozar un placer extraño, o por probar si lo gozaba, inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le besó los labios.

Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas.

Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.


Clarín. La Regenta.

3 comentarios:

JLin™ dijo...

Me encanta el verano, menos cuando los calores nos impiden respirar y la humedad se nos come pero es un precio pequeño a pagar por la estación y el ugar en el que vivimos. Llevo un par de días llendo a la playa (hacía años que no iba en Valencia) y lo cierto es que es un lujo.

acigh: apero de labranza puntiagudo e inútil que no sirve para nada.

Anónimo dijo...

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Petrarca dijo...

JLin: cada año suelo ir al menos un día a la playa para "repasar" y coger un poco de color. Quizá me anime la semana que viene.

Anónima: qué intenso todo y qué bonito lo del "regresarte".

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