
Los papeles póstumos del Club Pickwick es una novela que no recomendaría a nadie. No porque sea aburrida (que no lo es) o antigua (que tampoco, a pesar de sus doscientos años). No la recomendaría porque el libro, como soporte físico, no le sienta nada bien. El medio natural de esta obra son los periódicos, su ámbito las cafeterías decimonónicas y su público los ociosos que las frecuentaban. Para ociosos, cafeterías y periódicos la ideó Dickens y Chapman and Hall, sus editores. El libro, con su aspiración de continuidad, encorseta un cuerpo que se resiste a ser encorsetado. Teniendo en cuenta que las entregas periodísticas se libraban quincenal o mensualmente, Dickens podía contar con el olvido de sus lectores y, por tanto, no le preocupaba la unidad del conjunto. Ni siquiera el conjunto como tal. Esta, en consecuencia, es una novela de hallazgos puntuales: un personaje pintoresco, una situación sorprendente, una paradoja singular. ¿Y de qué va? Pues de nada y de muchas cosas a la vez. Muchos han comparado esta novela con El Quijote y algo de eso tiene: la Inglaterra del XIX sustituye a La Mancha del XVI y a falta de hidalgos y escuderos las aventuras las protagonizan un gentleman y su criado. Las mil páginas de este libro se hacen largas pero en cada página siempre habita alguna breve (y a veces profunda) satisfacción.
1 comentarios:
Las novelas folletinescas tienen el mismo problema que la mayoría de las series de televisión, que no dejan de ser los folletines del siglo XXI: fueron pensadas para leerlas poco a poco, y en ellas la intriga sustituía a la coherencia narrativa. En "Los papeles..." se ve muy claro, porque en los primeros capítulos todo sucede porque el señor Pickwick tiene que hacer un informe para el Club, mientras que luego este Club desaparece casi del todo, salvo la mención final. Si no recuerdo mal, en el prólogo explican, además, que el fantástico personaje de Sam Weller continuó a petición popular, porque así lo quería "la audiencia".
Leer este libro pretendiendo que sea un reloj suizo, en el que todo encaje, es como ver "El príncipe de Bel Air" y decepcionarse porque a la tía Vivian la cambian de una temporada a otra: ¡y qué más da!
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