3 de noviembre de 2010

La falsa empatía



Una tarjeta postal es un síntoma de soledad.

Graham Greene, en Nuestro hombre en La Habana (1958).


La falsa empatía repite al hombre que la siente, lo proyecta y lo multiplica en los otros hombres pero también lo proyecta y multiplica en los objetos, en la naturaleza o en Dios. De ahí la fijación del hombre por los recuerdos acumulados, su exagerada compasión por el resto de seres vivos o su obsesión por ese Dios bueno que nunca aceptaría la existencia del mal. "El hombre dice de Dios aquello que cree de sí mismo", señaló Feuerbach, y del mismo modo podría haberse referido a los locos que se creen Napoleón.

La falsa empatía repite al hombre que la siente: lo repite en la vieja postal, en la que se sentiría desgarrado si se desgarrase; lo repite en el árbol amenazado, en el que sangraría si se tallase; lo repite en Dios, en el que se perdonaría si le perdonase... Y, por supuesto, la falsa empatía repite al hombre en los otros hombres hasta el extremo de permitirle juzgar sus acciones y sentimientos en base a sí mismo, como un hombre libre de culpa con una piedra en la mano.

Aunque la empatía sirva de acercamiento, los demás no poseen ni poseerán jamás nuestros rasgos. El prójimo se define por proximidad, nunca por asimilación, y su lugar les pertenece por completo, en el espacio y en la conciencia. Ocuparlo supone un ejercicio de soberbia y de temeridad, un acto narcisista de invasión fraudulenta. Por eso, junto a la inscripción délfica del "Conócete a ti mismo" quizá debieron grabar esta otra: "Y quítate de en medio". La verdadera empatía -el amor, incluso- pasa por ver al otro en sí mismo, por arrancar los espejos que nos devuelvan nuestra propia imagen repetida.

1 comentarios:

JLin™ dijo...

Yo procuro ejercer la empatía siempre, aunque no siempre lo consigo; me refiero a la vedadera claro, no a ver la realidad del otro desde nuestro punto de vista, si no a procurar ver las cosas como lo hace el otro. No es fácil, pero creo que la verdadera empatía facilita muchísimo las relaciones con el resto de la gente y favorece la armonía e incluso, me atrevería a decir, el crecimiento personal.

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