6 de diciembre de 2010

Ernesto Viana


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La primera vez que vi a Ernesto Viana fue en el entierro de mi mujer.

-Hola -me dijo al salir de la iglesia-. Soy Ernesto.

Apreté la mano que me estaba ofreciendo aquel hombre alto con barba y le pregunté que qué tal, como si saludase a un Francisco cualquiera.

-El hermano de Nuria -añadió, clavándome la mirada como si fuese yo el desinformado.

-Julián -le corregí.

-Ernesto -repitió.

Asentí por cortesía y traté de reanudar el camino como si nada.

-Perdone.

Me volví y me encontré de nuevo con sus ojos, ya relajados.

-Gracias por haber cuidado de ella.

Gracias, me dijo. Gracias. Como si aquel desconocido considerase a Nuria más suya que mía. Como si estuviese en situación de agradecerme lo que yo había hecho por el amor de mi vida, por la mujer con la que he estado casado 32 años.

-No hay de qué -respondí, apretando los labios.

Una vez dentro del coche le señalé y le pregunté a mi hija si conocía a ese hombre alto con barba. Me dijo que no y no me devolvió la pregunta. Al llegar al cementerio busqué disimuladamente entre los familiares y amigos que se habían acercado y sentí un alivio muy profundo al no encontrarle. Di por supuesto que era un loco o un bromista con escaso sentido de la oportunidad y dejé de pensar en él durante el resto del día. Al cabo de poco tiempo me olvidé casi por completo. Casi, porque entre las lastimosas sensaciones que me embargaban al recordar el entierro, una de tantas era aquella, inoportuna y surrealista, del hombre alto con barba que dijo llamarse Ernesto y que se presentó como el hermano de mi mujer.

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