
Habitualmente las palabras se refieren a lo que designan. Por ejemplo: un establecimiento en cuya entrada existe un cartel que dice “Inmobiliaria” hace suponer que allí venden pisos. Del mismo modo, observar un local lleno de lápidas, con cajas de medio metro cuadrado y gente llorando por todas partes, permite deducir que fuera del mismo habrá un cartel que diga: “Inmobiliaria”. En principio las palabras sirven para eso, para que nos entendamos. Pero no siempre es así. A menudo sucede que bajo unos nombres concretos se ocultan realidades bien distintas de las que prometen, como por ejemplo “Naciones Unidas”, que es una organización a la que se podía haber llamado Naciones Peleadas, Naciones Inservibles, Naciones Aburridas... Pero, ¿Unidas? Jamás.
Otro ejemplo de cosas que no son lo que dicen ser son las llamadas tiendas de artículos de la naturaleza. Hoy he visitado una de éstas para informarme sobre lo que venden y la visita ha corroborado mis peores presagios. Los dueños no se andan por las ramas y ya puestos a degenerar el término “naturaleza” te plantan, para empezar, un oso disecado en la puerta de la tienda. La primera en la frente. ¿A quién se le ocurre poner algo así en una tienda destinada -en teoría- a los amantes de la naturaleza? Es como si en la pared de un centro de cirugía estética pusieran un póster de Jack el Destripador.
Superado el susto inicial penetro en la tienda y ¿qué veo? ¿Plantas y animales? ¿Rocas y musgos? ¡Ni hablar! Velas e incienso. Velas hay de todas las formas, tamaños y colores: redondeadas, pequeñas y negras; angulosas, grandes y amarillas; retorcidas grandes y azules... Incluso las hay con forma y color de pene pero no precisamente a tamaño natural. Allí de natural ni siquiera eso. Y luego está el incienso... Pero, ¿cómo van a vender plantas y animales si allí no se puede ni respirar? Una tienda de artículos de la naturaleza debería ofrecer, al menos, aire limpio. Pues nada: un olor a espeso, una densidad ambiental... ¡Horrible! Pero se ve que a la gente le gusta y allí tienen una estantería repleta de cajitas de incienso que, por cierto, además de feas son carísimas. Seguro que muchos ecologistas para ahorrar dinero se chutan directamente quemando los bosques.
Toda tienda de la naturaleza cuenta con una sección new-age: campanas, cencerros, Budas de metal, pequeños surtidores de agua azul, bolas de topacio dando vueltas sin parar a una fuente con luz de neón... Objetos útiles al 100% ideales para regalar a aquellas personas a las que odias. Ni un mísero cactus hay en la tienda... Ahora, lo que es ropa toda la que quieras y, además, estampada con motivos naturales para que te sientas integrado con la madre Tierra: ponchos con estrellas, jerséis con ciervos, sudaderas con copos de nieve, pantalones con florecillas... ¡Y todo con el inconfundible olor a incienso! ¿Qué más se puede desear?
Pues sí, hay algo más: los CDs de “música de la naturaleza”. ¿A quién no le relajan los lobos esteparios aullando en la noche? ¿Quién no se siente en armonía con la naturaleza mientras percibe los sonidos de la ciénaga tropical? ¿Quién no goza del placer extra-sensorial que proporciona el reclamo del petirrojo común?
A pesar de todos los sinsabores al final se disfruta de la visita y, al salir de la tienda, se ve el mundo con otros ojos, con una mente distinta. El aire del exterior parece mecernos entre sus brisas y el sonido del tráfico nos recuerda al armonioso bramido de los rinocerontes en celo. La explicación a tanta alucinación es sencilla: vamos hasta el culo de incienso. Naturalmente.