7 de enero de 2010

Agradecimientos



Acierta José Blanco cuando dice que "si el Estatut sufre algún recorte, los catalanes se lo tendrán que agradecer al PP." Se equivoca, sin embargo, con la ironía, y se equivoca gravemente al reprender a quien ha denunciado una ilegalidad (en caso de que el Tribunal Constitucional dictamine como ilegales algunos de los preceptos del Estatuto de Cataluña denunciados por el PP). Eso sería como criticar a un detective por colaborar en la detención de un presunto criminal que, finalmente, ha sido hallado culpable por un juez. Efectivamente, los catalanes tendrán que agradecer que se cumpla la ley y es cualquier cosa menos ejemplificante escuchar a un ministro del Gobierno afirmando todo lo contrario.


5 de enero de 2010

La expulsión del paraíso



Hubo un tiempo en que todos los muñecos de trapo sonreían. En las tiendas de juguetes o sobre los colchones de las camas reinaban la felicidad, el sosiego y esa plenitud dorada de los momentos que buscan permanecer, quedando desterradas, a base de costuras, las tristezas evitables. Con aquellos muñecos sonrientes las niñas podían soñar con ser madres y sentir la maternidad como un reino deslumbrante de paz, como un paraíso concedido, como una fuente de calor de la que gozar incluso antes de entenderla. Podían tomar a sus hijos fingidos entre los brazos y, en un ir y venir con olor a cielo, vivir su particular fantasía de hacerse mayores sin dejar de ser niñas. Pero llegó el día en que las compañías jugueteras quisieron jugar a ser Dios y, a consecuencia de no sé qué pecado original cometido, borraron la sonrisa eterna de los rostros de trapo y articularon los ojos artificiales para que también pudieran contemplar la tiniebla. Sobre aquellos cuerpos que carecían de la mortalidad que concede la vida, los nuevos tiempos lanzaron las plagas de la necesidad y de la enfermedad, sacando a la luz el cúmulo de tareas y sacrificios que comporta el cuidado de los hijos y que hasta entonces, ingenuamente, se había silenciado. A partir de aquel momento la felicidad dejó de ser gratuita y comenzó a hacerse real.


***


Cuando mi hermana era pequeña le contó un día a mi madre que se había enterado de que el Ratoncito Pérez eran los padres. Al caérsele otro diente, mi madre, como venganza por el descubrimiento, le puso por la noche una goma de borrar debajo de la almohada. Nada más amanecer apareció mi hermana llorando en el salón, con la goma de borrar en la mano, y dirigiéndose a mi madre le gritó: -¡Pues me gustaba más cuando no erais vosotros!


4 de enero de 2010

Las tiendas naturales



Habitualmente las palabras se refieren a lo que designan. Por ejemplo: un establecimiento en cuya entrada existe un cartel que dice “Inmobiliaria” hace suponer que allí venden pisos. Del mismo modo, observar un local lleno de lápidas, con cajas de medio metro cuadrado y gente llorando por todas partes, permite deducir que fuera del mismo habrá un cartel que diga: “Inmobiliaria”. En principio las palabras sirven para eso, para que nos entendamos. Pero no siempre es así. A menudo sucede que bajo unos nombres concretos se ocultan realidades bien distintas de las que prometen, como por ejemplo “Naciones Unidas”, que es una organización a la que se podía haber llamado Naciones Peleadas, Naciones Inservibles, Naciones Aburridas... Pero, ¿Unidas? Jamás.

Otro ejemplo de cosas que no son lo que dicen ser son las llamadas tiendas de artículos de la naturaleza. Hoy he visitado una de éstas para informarme sobre lo que venden y la visita ha corroborado mis peores presagios. Los dueños no se andan por las ramas y ya puestos a degenerar el término “naturaleza” te plantan, para empezar, un oso disecado en la puerta de la tienda. La primera en la frente. ¿A quién se le ocurre poner algo así en una tienda destinada -en teoría- a los amantes de la naturaleza? Es como si en la pared de un centro de cirugía estética pusieran un póster de Jack el Destripador.

Superado el susto inicial penetro en la tienda y ¿qué veo? ¿Plantas y animales? ¿Rocas y musgos? ¡Ni hablar! Velas e incienso. Velas hay de todas las formas, tamaños y colores: redondeadas, pequeñas y negras; angulosas, grandes y amarillas; retorcidas grandes y azules... Incluso las hay con forma y color de pene pero no precisamente a tamaño natural. Allí de natural ni siquiera eso. Y luego está el incienso... Pero, ¿cómo van a vender plantas y animales si allí no se puede ni respirar? Una tienda de artículos de la naturaleza debería ofrecer, al menos, aire limpio. Pues nada: un olor a espeso, una densidad ambiental... ¡Horrible! Pero se ve que a la gente le gusta y allí tienen una estantería repleta de cajitas de incienso que, por cierto, además de feas son carísimas. Seguro que muchos ecologistas para ahorrar dinero se chutan directamente quemando los bosques.

Toda tienda de la naturaleza cuenta con una sección new-age: campanas, cencerros, Budas de metal, pequeños surtidores de agua azul, bolas de topacio dando vueltas sin parar a una fuente con luz de neón... Objetos útiles al 100% ideales para regalar a aquellas personas a las que odias. Ni un mísero cactus hay en la tienda... Ahora, lo que es ropa toda la que quieras y, además, estampada con motivos naturales para que te sientas integrado con la madre Tierra: ponchos con estrellas, jerséis con ciervos, sudaderas con copos de nieve, pantalones con florecillas... ¡Y todo con el inconfundible olor a incienso! ¿Qué más se puede desear?

Pues sí, hay algo más: los CDs de “música de la naturaleza”. ¿A quién no le relajan los lobos esteparios aullando en la noche? ¿Quién no se siente en armonía con la naturaleza mientras percibe los sonidos de la ciénaga tropical? ¿Quién no goza del placer extra-sensorial que proporciona el reclamo del petirrojo común?

A pesar de todos los sinsabores al final se disfruta de la visita y, al salir de la tienda, se ve el mundo con otros ojos, con una mente distinta. El aire del exterior parece mecernos entre sus brisas y el sonido del tráfico nos recuerda al armonioso bramido de los rinocerontes en celo. La explicación a tanta alucinación es sencilla: vamos hasta el culo de incienso. Naturalmente.


3 de enero de 2010

Historias familiares



La primera historia es de mi abuela paterna y se produjo durante la Guerra Civil en Villamuriel de Cerrato, su pueblo natal. Palencia, con una guarnición de segundo orden mayoritariamente partidaria del levantamiento, cayó rápidamente en manos de los sublevados y, con ella, toda la provincia en el mismo julio de 1936. Por toda la zona se sucedieron entonces los temidos "paseos" y "sacas" de la represión, que no sólo afectaron a los enemigos de la "causa nacional" sino también a otras personas que acabaron siendo víctimas de crueles venganzas personales. La recogida en camiones, para su posterior traslado, de presos y detenidos constituía todo un acontecimiento social en todos los pueblos donde se producía y muchas personas se acercaban a contemplarlo en parte por satisfacer su curiosidad y, sobre todo, para remarcar y dejar claro a los militares en qué lado se encontraban de la contienda. De ahí, es de suponer, los aplausos y las sonrisas con que se solía despedir a aquellos que iban ser fusilados. Mi abuela recuerda a menudo una ocasión en la que tanto ella como sus hermanas salieron de su casa para despedirse de un grupo de combatientes italianos, perteneciente a las brigadas internacionales, que habían sido capturados en los días anteriores por las tropas nacionales. Uno de los italianos (un chico fuerte, moreno y muy guapo, según recuerda) la llamó entonces desde lo alto del camión y le pidió que se acercara. Ella tenía unos 15 años. Al llegar junto a él, el chico se quitó el reloj y se lo entregó a mi abuela pidiéndole reiteradamente que se lo diera a su mujer. No dio ningún nombre ni tampoco dirección alguna. Que se lo diera a su mujer, allá dondequiera que estuviese.


***



La segunda historia es de los padres de mi madre y debió suceder a finales de los 40. Mi abuelo, que entonces aún era novio de mi abuela, no quiso acompañarla a un baile por miedo a las habladurías de la gente y hasta el final se mantuvo firme en su negativa. Ella, que a pesar de todo estaba decidida a ir al baile, lo acabó haciendo con un primo suyo que se ofreció para acompañarla. Durante aquella noche un chico llamado Vicente (que era muy feo pero que, al parecer, tenía mucho dinero) le pidió a mi abuela un par de bailes pero ella, que probablemente sólo aceptaba aquellas habladurías que la relacionasen con mi abuelo, lo rechazó de un modo fulminante y siguió bailando, durante el resto de la noche, con su primo. Al día siguiente, mi abuelo fue a verla con una evidente expresión de cabreo:

-Me ha dicho Vicente que anoche bailaste con todos.

La mirada con que mi abuela recibió aquel comentario y, sobre todo, aquel enfado de mi abuelo, debió remover los cimientos del infierno.

-¿Ah sí? -se limitó a contestarle con estirada dignidad-. Pues si no te gusta ahí tienes la puerta.

Y, evidentemente, mi abuelo no la atravesó.


2 de enero de 2010

Mujeres, paraguas y hombres



Los paraguas nos distinguen a hombres y mujeres. La relación de un hombre con UN paraguas no es la misma que la de una mujer con SU paraguas. Para el hombre el paraguas es un objeto incómodo, un trasto que estorba, útil porque no queda más remedio. Para la mujer el paraguas pertenece a esa categoría llamada "complementos" y que vienen a ser como los accesorios para un coche, de modo que sus bolsos son como maleteros a medida, sus pendientes como alerones aerodinámicos, sus cinturones como cinturones de seguridad, sus zapatos como llantas de aleación o sus paraguas como bonitos limpiaparabrisas de diseño.

La diferencia entre un hombre y una mujer se puede percibir en el tiempo de reacción ante la lluvia. Para un hombre "llover" significa caer un chaparrón (con rayos y truenos a poder ser) y si las gotas no hacen retumbar el suelo y agrietarse el asfalto es, simplemente, porque no llueve y no es necesario utilizar el paraguas. Una mujer más que reaccionar ante la lluvia se adelanta a ella. ¿Quién no ha escuchado alguna vez a su madre, en un hermoso día de primavera en el que el sol llega a quemar los ojos, decir "Coge el paraguas por si llueve"?

Para una mujer la lluvia es una espléndida oportunidad, como una ocasión caída del cielo, para exhibir las nuevas tendencias de la temporada: nuevos colores, nuevas combinaciones y nuevos complementos. Complementos, sí, porque los paraguas de las mujeres también tienen sus propios complementos, como esas funditas con botoncitos o esos adornitos de plastiquito para cubrir los hierrecitos. En los paraguas de las mujeres todo es pequeño y cuco hasta el extremo. Tanto es así que, de ser por ellas, los paraguas tendrían las dimensiones de un monedero. No protegerían de la lluvia pero, al menos, lucirían como el sol.


1 de enero de 2010

La chispa del fuego



Cuando le he preguntado a mi madre cómo se le declaró mi padre (primero para novio y luego para marido) su respuesta ha tenido la insólita y, en este caso, decepcionante capacidad de dejar sin sentido mi pregunta: "Simplemente lo hablamos", me ha dicho, anulando así el cómo debido a que, según ella, jamás existió declaración.

-¿Y dónde lo hablasteis? -le he preguntado luego.
-En ningún sitio. No sé... Paseando.

Tampoco hubo dónde.

Se podría decir, atendiendo a estos datos, que mis padres empezaron a ser novios porque eran amigos y lo de ser novios fue la única razón por la que se casaron. "Simplemente". Una línea continua, una evolución sin hitos, sin discontinuidades ni interrupciones. Todo perfectamente natural. Todo imperfectamente humano, como una historia sin batallas o una batalla sin muertos.

Cuando ha llegado mi padre le he hecho la misma pregunta y su reacción, al contrario que la de mi madre, ha sido inesperadamente asombrosa: ha sonreído, se ha pasado una mano por la calva y me ha contestado, mirando humilladamente hacia el suelo, que aún le daba vergüenza recordar aquel momento y que, si acaso, me lo contaría cuando se pasara con el vino. Luego, hablando más para sí mismo que para el resto de los que le escuchaban, ha murmurado algo sobre cinco vueltas alrededor de una manzana antes de decidirse y sobre cierto papel que alguien le ayudó a escribir. Mi madre le ha mirado entonces extrañada, interrogante, como si aquella fuera la primera noticia que hubiera recibido sobre el asunto. Ignorante de todo, su primer impulso ha sido el de negar los hechos: "Eso te lo acabas de inventar".

El objetivo del arte -si es que de verdad pretende serlo- pasa por disfrazar de naturalidad lo que ha sido premeditado y que el público, en consecuencia, intuya la chispa del genio en el lugar donde se acumulan, pudorosamente, las pesadas horas de trabajo. La mejor improvisación, dicen, es aquella que más se prepara. A falta, pues, de más indagaciones sobre el caso, el debate no puede plantearse más atractivo: mientras que para mi madre no existieron decisiones puntuales en su vida sentimental para mi padre no sólo existieron sino que, además, resultaron traumáticas. Mi única opción es la de seguir investigando porque, natural o artificialmente, la vida me fue en ello.


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...