7 de febrero de 2010

El templo hindú



Esta noche he soñado con un templo hindú y una excursión de turistas zafios y gritones. Recuerdo varias salas: una con objetos rituales mezclados con figuritas de Bart Simpson, un aula educativa con sillas de plástico y televisor de bar de pueblo y un auditorio en el que sonaban violines desafinados. También había una tienda de souvenirs y allí una mujer compró una daga maldita con el poder de matar al que pretendiera asesinar con ella. A la mujer la violé (en una escalera, por detrás) y al cabo de un rato me buscó y quiso matarme con la daga. Por supuesto, al clavármela en el abdomen fue ella quien murió.


***




6 de febrero de 2010

Soneto




Mira, que eres autor de los errores
aún no cometidos, que mañana
ha comenzado hoy y la semana
acoge a los futuros desertores.

Sabe, que no conoces los mejores
días, que todavía la guardiana
noche su luminoso rostro afana
riendo al entendimiento sus temores.

Piensa, piensa en la fe que nunca sobra
y en la abundancia siempre escasa. Piensa
que en la búsqueda está la recompensa
y que el premio es proemio de zozobra.

Aprende, espera... ¡Ay de los aedos
que no miden sus versos con los dedos!



5 de febrero de 2010

Viviera o viviese



¿Qué criterio sigue el comportamiento? ¿Por qué a veces lo blanco se nos vuelve negro, lo azul naranja o lo verde morado? Intentar comprender esta variabilidad a partir de los sentimientos exclusivamente humanos sólo nos dirige a calles sin salida. Sentimientos como la nostalgia o la ilusión, como la decepción o la esperanza, sentimientos que se alimentan de pasado y se proyectan al futuro, imposibles para cualquier otra especie, nunca son tan intensos ni tan decisivos como parecen ser. Por encima de ellos (y casi siempre detrás de ellos) aparece el instinto, milenariamente asentado, con su carga insaciable de presente. En el instinto se "presentizan" el pasado y el futuro y en él las nostalgias, las ilusiones, las decepciones o las esperanzas son las que dirigen la acción, creando el paisaje donde efectivamente se actúa. Fuera del instinto, el resto (la civilización) acompaña, suavizando lo abrupto o agudizando lo romo, ofreciéndole al incontenible caudal del presente la amplia extensión de dos riberas en las que encontrar acomodo o desesperar, en las que fluir o empantanarse.


3 de febrero de 2010

El cuadernillo naranja (48)



Ir al gimnasio por las mañanas provoca que durante el resto del día me sienta con la suficiente justificación para descansar. Mi hedonismo funciona con monedas pero el precio aún sigue siendo demasiado bajo para una consumición tan agradablemente extendida en el tiempo.


***


La nueva chica del Starbucks es lo más parecido que he visto a una mujer elfo. Por supuesto, mucho más parecida que esas mujeres elfo que salen en las películas y que, como todo el mundo sabe, son de mentira. Esta es alta, rubia, delgada, con el pelo ordenado en un desorden de extraños recogidos, los ojos azules de horizonte amplio, nariz ligeramente apuntada y boca recta y firme con reflejos piedra mojada. En conjunto posee la belleza evidente, ideal por melancólica, de la que hablan los cuentos del Norte.


1 de febrero de 2010

El cuadernillo naranja (47)



Lo que le faltaba a mi ya de por sí calmoso temperamento era esta reciente afición al café, incluidos sus rituales y aledaños. El café no tiene la inmediatez adictiva del chocolate ni tampoco la repentina plenitud del refresco, por lo que requiere, a diferencia de éstos, ciertos grados de preparación, madurez y paciencia. Preparación por lo intenso, madurez por lo amargo y paciencia por la dificultad que supone su digestión. Con tales ingredientes el café consigue concentrar los sentidos y no puede pasar sin concentrarlos, de ahí que tanta gente utilice esta bebida para evadirse del resto de sus ocupaciones. Como a mí me faltan todas, lo que me proporciona el café no podía ser más que una redundancia, un paréntesis dentro mi paréntesis. La nada completa. El vacío absoluto.


***


Aunque tarde y mal, he caído en la cuenta de que Laura me da casi todo lo que le pido. Me refiero a cosas concretas, a aquello que puede darse de una forma inmediata y efectiva, de una vez y por todas. Desde un beso hasta una idea pasando por un perdón, ella casi nunca me ha negado nada de esa naturaleza. Yo, en cambio, no dejo de ofrecerle absolutos, entelequias indefinibles que en ningún momento podría acabar de darle y que ella en ningún caso podría acabar de recibir. Desde el amor hasta la voluntad pasando por el deseo.


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