
Lo que le faltaba a mi ya de por sí calmoso temperamento era esta reciente afición al café, incluidos sus rituales y aledaños. El café no tiene la inmediatez adictiva del chocolate ni tampoco la repentina plenitud del refresco, por lo que requiere, a diferencia de éstos, ciertos grados de preparación, madurez y paciencia. Preparación por lo intenso, madurez por lo amargo y paciencia por la dificultad que supone su digestión. Con tales ingredientes el café consigue concentrar los sentidos y no puede pasar sin concentrarlos, de ahí que tanta gente utilice esta bebida para evadirse del resto de sus ocupaciones. Como a mí me faltan todas, lo que me proporciona el café no podía ser más que una redundancia, un paréntesis dentro mi paréntesis. La nada completa. El vacío absoluto.
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Aunque tarde y mal, he caído en la cuenta de que Laura me da casi todo lo que le pido. Me refiero a cosas concretas, a aquello que puede darse de una forma inmediata y efectiva, de una vez y por todas. Desde un beso hasta una idea pasando por un perdón, ella casi nunca me ha negado nada de esa naturaleza. Yo, en cambio, no dejo de ofrecerle absolutos, entelequias indefinibles que en ningún momento podría acabar de darle y que ella en ningún caso podría acabar de recibir. Desde el amor hasta la voluntad pasando por el deseo.