6 de marzo de 2010

Perro y hombre




CONSTANZA: ¿No crees que sería muy aburrido tener en mente sólo lo que debemos hacer en los próximos diez minutos? Conozco gente así, preocupada únicamente por lo imprescindible.

ESCIPIÓN: Sí. Hay gente muy corta de miras y no hablo sólo de los miopes. Muchos van diciendo "¡Carpe diem!" como si lo único importante fuera lo inmediato.

CONSTANZA: Ya. Esos son los más felices.

ESCIPIÓN: Puede, pero es una felicidad muy frágil. La felicidad del inconsciente es como la felicidad que les suponemos a las moscas o a los perros cuando estamos en época de exámenes. Piensas: "Ojala fuera yo así de feliz y de despreocupado"... Pero eso no es felicidad ni despreocupación.

CONSTANZA: ¡Claro que lo es! La única preocupación de los perros responde al deseo de lo básico, al lenguaje de la supervivencia y la procreación.

ESCIPIÓN: ¿Y qué distingue entonces al perro del hombre?

CONSTANZA: Que el perro es feliz y el hombre se empeña en buscar la felicidad sin encontrarla nunca.

ESCIPIÓN: Entonces, ¿seríamos felices sólo comiendo, durmiendo y follando?

CONSTANZA: Un perro come, duerme y folla sin plantearse si es feliz. Sabe que haciendo lo que le gusta lo pasa bien y busca por todos los medios satisfacerse. El problema de las personas es que apuntamos siempre un centímetro más arriba de donde podemos mear. No buscamos la felicidad, buscamos ser cada vez un poquito más felices.

ESCIPIÓN: Yo puedo ser completamente feliz comiendo una magdalena pero, a diferencia de los perros, yo también disfruto deseando la magdalena, contemplándola unos segundos antes de comerla o recordando después su sabor. Eso un perro no puede hacerlo. Un perro no puede aspirar ni desear ni regocijarse en los placeres pasados o futuros. Se comería la magdalena sin más.

CONSTANZA: Y sería más feliz que unas pascuas comiéndosela.

ESCIPIÓN: Pero no la recordaría. Para un perro una magdalena es simple comida. Se acaba cuando se acaba y ya está.

CONSTANZA: Exactamente, se acaba cuando se acaba y ya está. Nada de preguntarse por qué se acaba, ni si volverá a comer otra magdalena alguna vez... Cuando acabe con ella seguramente se irá a oler culos ajenos o, incluso, el suyo propio. ¡Y tan feliz!

ESCIPIÓN: Es posible pero, aun así, un perro sólo puede apreciar la magdalena por su sabor. Nosotros la podemos apreciar por el momento, por la compañía, porque la hemos estado deseando durante mucho tiempo... Es verdad que hacernos sensibles a la felicidad nos hace sensibles también a la infelicidad, pero el resultado puede compensarnos.

CONSTANZA: A mí me compensa, pero hay gente que siempre prefiere el agua tibia.

ESCIPIÓN: ¿Y tú cómo la prefieres?

CONSTANZA: Caliente en invierno y fría en verano. En verano me congelo pero en invierno... ¡Ay en invierno!


5 de marzo de 2010

Precuela



Marc Chagall, Adam and Eve Expelled from Paradise. 1967




Cuando Adán y Eva eran todavía unos niños les encantaba escuchar a los ángeles. Sus voces eran, con diferencia, las más agradables de todo el Jardín y sólo el canto de los ruiseñores podía competir con ellas. Pero los ángeles tenían algo que les hacía únicos y era que, a diferencia de los ruiseñores, de los niños y del resto de la Creación, cuando abrían la boca no era únicamente para referirse a ellos mismos.

Uno de los temas preferidos por los ángeles era, precisamente, el tocante a aquellas dos criaturas humanas que a escondidas solían asistir a sus reuniones.

-¡Qué hermosa es la inocencia de esos niños! -Dijo una vez uno de los ángeles-. No conocen el mal y sus vidas transcurren bajo la protección del Señor.

-¿Y qué hay de hermoso en esa existencia? Viven en paz, pero no han conocido otra vida como para sentirse afortunados.

-¿Es que acaso no consideras hermosa tu vida de ángel?

-Sí, pero ellos no son ángeles. El hecho de que se parezcan tanto a nosotros sólo me ofrece la visión de sus imperfecciones.

Dios, oculto como los niños, escuchó también aquella conversación y, compadeciéndose por aquellos ángeles presumidos, sonrió en el escondite de su escondite. Poco después se tanteó los bolsillos (o lo que sea que lleven los dioses para guardar las cosas) y sacó de ellos la semilla del árbol de la ciencia.


4 de marzo de 2010

El cuadernillo naranja (52)



Escucho. Un claxon. Teclas de ordenador. Alguien revolviéndose en su silla. Nada colabora para que ésta no sea una tarde más. De momento, una tarde de más.

La filosofía del Do it yourself no me convence, y eso que casi siempre me lo he hecho todo. Quizá no me convenza por eso, además de porque hay algunas cosas que no sé hacer y muchas otras que, en vista de los resultados, valdría la pena que no hiciese.

Los periódicos de hoy apenas traen una noticia. Ni siquiera eso. Tan sólo una confirmación: a los de izquierdas siempre se les olvida pronunciar la última frase y a los de derechas siempre se les olvida callársela. De ahí que unos gilipollas sean más visibles que otros.

El Banesto ofrece ventajas extra si la selección española consigue ganar el Mundial. Da gusto tener un sistema bancario tan serio y responsable.

Me he descubierto dos cortes: uno en el dorso de la mano izquierda y otro en la palma de la derecha. No sé con qué me los he hecho. Mi vida inconsciente debe estar repleta de aventuras.


3 de marzo de 2010

La importancia del cuervo




En el parque, bajo la lluvia, cuatro gorriones en vuelo rasante parecen jugar a perseguirse. Probablemente se estén matando pero en la naturaleza, a menudo, la belleza y la violencia cooperan para avanzar en la misma dirección. Así, al desaparecer los gorriones bajo el pudoroso telón de un denso y húmedo ramaje, me ha venido a la mente aquel conmovedor fragmento de Fray Luis inspirado en el paraje salmantino de La Flecha:

En la orilla contraria de donde Marcelo y sus compañeros estaban, en un árbol que en ella había, estuvo asentada una avecilla de plumas y de figura particular, casi todo el tiempo que Juliano decía, como oyéndole, y, a veces, como respondiéndole con su canto, y esto con tanta suavidad y armonía, que Marcelo y los demás habían puesto en ella los ojos y los oídos. Pues al punto que Juliano acabó, y Marcelo respondió lo que he referido, y Sabino le quería replicar, sintieron ruido hacia aquella parte; y, volviéndose, vieron que lo hacían dos grandes cuervos que, revolando sobre el ave que he dicho y cercándola alrededor, procuraban hacerle daño con las uñas y con los picos. Ella, al principio, se defendía con las ramas del árbol, encubriéndose entre las más espesas. Mas creciendo la porfía, y apretándola siempre más a do quiera que iba, forzada se dejó caer en el agua gritando y como pidiendo favor. Los cuervos acudieron también al agua y, volando sobre la haz del río, la perseguían malamente, hasta que al fin el ave se sumió toda en el agua, sin dejar rastro de sí. Aquí Sabino alzó la voz y, con un grito, dijo:

-¡Oh la pobre, y cómo se nos ahogó!

Y así lo creyeron sus compañeros, de que mucho se lastimaron. Los enemigos, como victoriosos, se fueron alegres luego.


Hoy en el Parlamento catalán se ha debatido acerca de las corridas de toros y uno de los ponentes antitaurinos, el físico Jorge Wagensberg, las ha comparado con el circo y el boxeo. Personalmente, de entre estas tres modalidades de violencia la que menos reparos me suscita es la que ejerce el hombre sobre el hombre, por un simple criterio de identidad. En el boxeo dos seres humanos se pegan una paliza empujados por motivos admirables (dinero, vanidad y fama) sin necesidad de que intervengan hierros punzantes, látigos o jaulas. Además, allí el público no pide redobles ni pasodobles. Les basta con la recompensa del precio a pagar por una vida mejor.

Mas como hubiese pasado un espacio de tiempo, y Juliano con alguna risa consolase a Sabino, que maldecía los cuervos, y no podía perder la lástima de su pájara, que así la llamaba, de improviso, a la parte adonde Marcelo estaba, y casi junto a sus pies, la vieron sacar del agua la cabeza, y luego salir del arroyo a la orilla, toda fatigada y mojada. Como salió, se puso sobre una rama baja que estaba allí junto, adonde extendió sus alas y las sacudió del agua, y después, batiéndolas con presteza, comenzó a levantarse por el aire cantando con una dulzura nueva. Al canto, como llamadas otras muchas aves de su linaje, acudieron a ella de diferentes partes del soto. Cercábanla y, como dándole el parabién, le volaban al derredor. Y luego juntas todas y como en señal de triunfo, rodearon tres o cuatro veces el aire con vueltas alegres, y después se levantaron en alto poco a poco hasta que se perdieron de vista.


Fray Luis, injustamente apaleado por los suyos, supo reconocer la intensidad de la alegoría y, en ella, el indiscutible valor del sacrificio cuando belleza y moral se hermanan.


2 de marzo de 2010

Elecciones rectales




Hoy han sido las elecciones a rector de la Universidad. Lo sé porque al entrar en la facultad he visto las urnas. En un tablón estaban colgadas las hojas del censo y allí, perdido entre los estudiantes de tercer ciclo, estaba yo: un nombre entre tantos, todavía por triunfar en la vida. Justo debajo de mi apellido estaba el de mi amigo Daniel Ventura, que un día me contó que empezaba a vincularme con los momentos más desagradables de su vida (gracias, hombre) porque siempre que nos veíamos era para entrar a algún examen. Total, que al ver que la burocracia me tenía en cuenta he sentido la obligación moral de ejercer mi derecho al voto... Con su deber adjunto de informarme sobre los candidatos. Tercer piso. Aula de informática. Internet. Google: candidatos rector valencia. Cuatro, de los cuales sólo conozco a uno, catedrático de historia medieval y por ende nacionalista. (La Edad Media siempre ha sido el refugio de los románticos.) Descartado. El resto: dos economistas y un médico. La lectura del programa de uno de los economistas me ha quitado las ganas de votar. ¡Cuántos párrafos para no decir nada! Transcurrido un cuarto de hora de pesquisas no encuentro ningún motivo a favor de nadie y muchos en contra de todos. Los tres dicen las mismas vacuidades de siempre: implantación, apertura, regulación, dinamismo... Y tanto me molestan los cuatrisílabos que estoy por ofrecerle mi voto, así en plan virginal, al primero que me hable de caos, aislacionismo, desarticulación o estancamiento. Pero no ha caído la breva. “¿Y si voto al más feo?”, he pensado en pleno desorden democrático. “Los feos siempre se esfuerzan más para justificar su falta de atractivo... Pero no, el más feo tiene una cara de cabrón que no se la aguanta.” Finalmente he descubierto el elemento que iba a decidir mi voto: El Cabanyal. Todos menos uno hablaban de rehabilitar el barrio. Ea: el rebelde es el mío. Y además médico como mi mami. Mejor huir del sentimentalismo y apostar por la higiene. No hay cosa que más rabia me dé que gente viviendo en mierda y diciendo que sí, que es mierda, pero que es su mierda y la de sus padres y abuelos. Nada: abajo con todo y camino abierto al mar. Después de votar al señor Morcillo me he enterado de que se le “acusa” de ser el “candidato oficial” y “del PP”. Él lo niega y dice que eso son “infamias”. Coño. A ver si nos aclaramos. Siempre igual.


1 de marzo de 2010

Mañana de marzo



Marzo ha entrado a pleno sol. Sólo unos pocos y aislados rasguños lechosos, más de humo que de nube si se exceptúa en la quietud, impiden el azul perfecto de los cuadros bizantinos. Nuevo mes, nueva semana y nueva repetición de los viejos ritos: hacia las dos de la tarde el público de cada año acude, calle arriba, a la llamada de la pólvora, a ver y oler las explosiones que podrían escuchar desde mucho más lejos... E incluso sin querer.

Por mi parte, el intento de evitar la afluencia de gente (razonablemente bien culminado) me ha dirigido a lugares poco frecuentados del casco histórico, lugares a los que sólo se llega huyendo y que por su mezcla de limpieza justa y adecuada suciedad podrían calificarse de pintorescos. Allí abundan las tiendecitas hippies de ropa y abalorios, las siniestras tabernas de pasillo y barra y otros comercios con su propia maldición grabada en el nombre: sombrererías, mercerías, guanterías... Se podría decir que, si cada parte de la ciudad envejece a un ritmo y de un modo distinto, ésta en particular se mantiene en una juvenil y pujante ruina en oposición a la vejez prematura de los barrios nuevos.

En una calle adyacente a la antigua universidad (adonde me he dirigido contracorriente) un músico callejero interpretaba con el oboe la banda sonora de todos los bostezos: “La mañana”, de Edvard Grieg, contrapunto perfecto a todos los estallidos del mediodía que quedan hasta el día de San José. La perezosa rebeldía del músico le ha valido el euro que a mí no me ha costado. Ojalá haya contribuido con él a que vuelva otro día. Preferiblemente mañana.


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