Los domingos suelo comprar alguna revista de viajes, cualquiera, dependiendo de los cambiantes destinos que me ofrece la estantería. Mis lugares preferidos son aquellos que están intensamente humanizados (como Nueva York, Praga o Roma) o aquellos en los que la naturaleza domina por completo (como la Patagonia, la Antártida o Groenlandia). Cuando la humanidad y la naturaleza conviven en régimen de igualdad la mezcla deviene, inevitablemente, en contaminación.
Con la revista en mi poder, el particular estatismo de los domingos parece quedar contrarrestado por la ilusión de la huida, por el deseo de nuevos descubrimientos y nuevas experiencias, por la imaginación de fascinantes lejanías. La espectacularidad fotográfica y la tentadora maquetación que hoy en día lucen este tipo de publicaciones –y que ahora normalmente incluyen algún tipo de material audiovisual- hacen que, una vez intuidas las emociones, estemos deseando llegar cuanto antes a casa para dejarnos caer en el sillón y emprender la aventura.
Pero entonces sobreviene el desengaño. A las pocas páginas, una vez que nos sumergimos en los grandes reportajes, observamos con pesar cómo a los indudables avances técnicos en materia editorial se les ha unido -para anularlos parcial o totalmente- una prosa privada de emoción, carente de empatía, unas redacciones escritas en blanco y negro o, peor aún, en un gris inalterable y estático como el de los domingos que pretendíamos evitar. El gran problema de los redactores estriba, por lo general, en su miedo al lector, a un lector a quien se tiene por crítico en vez de ofrecerle la confianza del acompañante. Las frases se despueblan de adjetivos y se llenan de "quizás", de presentes e imperfectos de subjuntivo, de melindres, en fin, que pretenden subrayar la evidencia de que no todos sentimos lo mismo ante las mismas cosas, de que el paisaje no habla a todos por igual.
Cartes de lluny, de Josep Pla, en las páginas gastadas de la vieja edición de Destino (
Obres Completes 5, El Nord), ofrece con su escritura personal una contraposición a la notarial escrituración de las revistas actuales. Aquí no hay realidad sin adjetivo. Aquí no hay imagen sin color. En este viaje, compuesto por distintas crónicas realizadas entre 1920 y 1938, el escritor ampurdanés nos acompaña en un trayecto que atraviesa Francia, Inglaterra, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Noruega y Suecia, y en cada una de sus paradas nos invita a compartir y a degustar sus experiencias. No las nuestras, no las que quizá podamos alcanzar algún día, sino las que él, reclamando nuestra complicidad, nos ofrece de primera mano: las comidas que le gustan o le disgustan, las costumbres que aprecia o que desprecia, los ambientes que disfruta o que padece. La botella de vino de Borgoña “
tocada de la voluptuositat del robí”, la somnolencia “
bovina i espessa” de Copenhague, el “
progrés sorollós” que en Estocolmo devasta “
el misteriós, extàtic silenci antic” de los países del Norte... La lírica descriptiva de Pla, que nos descubre las mil imágenes que palpitan en la intimidad de cada uno de sus nombres.