
Hace tiempo, en el kiosco de un centro comercial, me asaltó la visión de la portada de una revista de libros por las esplendorosas, colosales y revolucionarias letras de un increíble titular:
EL ARTE DE LOS VIDEOJUEGOS
Una vez recuperado del shock (¡se llamaba arte a los videojuegos en una revista cultural!) busqué ansiosamente las páginas del reportaje. ¿Cómo era posible que algo como los videojuegos, hasta entonces considerado enemigo de la cultura, se hubiese redimido y, además, de un modo tan radical, llegando incluso hasta el extremo de acceder a las filas de aquéllos que un día le condenaron a las cavernas?
Cuando alguien juega a su consola no lee ni escribe libros, no contempla ni pinta cuadros, no ve ni graba películas de cine… ¿Acaso estaba asistiendo al nacimiento del Octavo Arte? Mientras pasaba temblorosamente las páginas de la revista en busca de mi propia salvación, me parecía vislumbrar el nuevo e idílico paisaje: madres obligando a sus hijos a jugar a la consola, programadores encumbrados por la historia, convenciones de expertos en las universidades, debates airados en el Parlamento… En mi sueño, llegué incluso a barajar nombres de musas para esta nueva y refulgente manifestación artística de la Humanidad. Los aficionados a los videojuegos podríamos salir al fin de nuestros refugios y corretear libremente en los verdes prados y los nítidos manantiales de la aceptación social.
Pero fue llegar al reportaje anunciado con letras de oro y caer, caer hasta el abismo, derrumbarme en lo más profundo con el ridículo simulacro de lo que una vez fueron mis alas de cera. Lo que tenían de artísticos los videojuegos no era su propia esencia, no era su propio esfuerzo por crear obras admirables. El arte de los videojuegos era, y sólo podía ser, un arte suministrado desde el exterior: préstamos de la literatura, homenajes al cine, inclusiones de música clásica… “El arte de los videojuegos” no se refería a lo que ilusamente quise creer. Los videojuegos no eran un arte en sí mismo sino que podían (como mucho) contener arte... Lo cual viene a ser como el arte de la carnicería, para el que únicamente se requiere cortar las pechugas encima de un cuadro de Goya. Una vez despierto y escarmentado de mi tonta fantasía, salí del kiosco y me dispuse a volver a casa, siempre a casa, allá abajo, al fondo de la caverna.