7 de junio de 2010

4:49 a.m.



Despertarse en mitad de la noche está bien, siempre y cuando el motivo no sea sentir una presión en el cuello, acercar los dedos, aplastar y encender la luz para comprobar que un mosquito del tamaño de un águila imperial ha estado a punto de chuparte la vida. Salvo esta excepción -y otras de cariz similar- el aire fresco de la madrugada, el silencio de las calles desiertas y, sobre todo, la perspectiva de cuatro o cinco horas de sueño por delante, suelen hacer del sobresalto una buena oportunidad para recrearse en la suerte. Ahora no. Ahora siento que me acecha un ejército con sed de sangre y de venganza. Fundamentalmente de sangre. Mi sangre, por cierto, es 0+, la que dicen que corresponde a la buena gente. Donante universal -ahí es nada-. Lo malo es que nunca he donado ni una sola gota y no existe ninguna razón que me justifique. Cuando alguna vez he pensado en donar siempre me ha disuadido la visión del bocata posterior y el hecho aparente de necesitarlo. También las agujas y la succión, pero esencialmente el bocata. Tonterías, ya lo sé. Lo malo de verbalizar los miedos es que uno se cree con derecho a insistir en ellos. Es el "No-me-gusta" de los niños, al que tanta afición le tengo por mucho que el sabor de las judías verdes no sea malo en absoluto. Al menos, me consuela pensar que ser consciente de la propia tontería puede ser el primer paso para abandonarla. Se me empieza a acumular el trabajo.

5 de junio de 2010

Milagros de verano



Después de incontables titubeos, el verano ha irrumpido con fuerza y, con él, la luz blanca de los días y la oscuridad azul de las noches. El verano es un tiempo propicio para la contemplación y para el placer de que otros piensen por nosotros, para dejarse llevar de la mano y, si cabe, dejarse llevar por los pies. El verano es un tiempo de milagros. El primero, quitarme a mí las horas para escribir. El segundo, mucho más evidente, el de la resurrección de los cuerpos. Lo de mi abuela ya lo sabía de otros años, de otros veranos en los que rejuveneció como ha rejuvenecido en éste, pero lo de mi abuelo ha sido una revelación, una epifanía estival en toda regla. Hacía años que no le veía correr y hoy, en el tiempo en que una ráfaga de viento ha desestabilizado la puerta, la ha movido y la ha impulsado a cerrarse, el hombre al que hace diez años le daban tres meses ha abierto los ojos y, emergiendo del sillón en el que transcurren sus horas diurnas, ha conseguido detener en un instante glorioso el eterno discurso de la fatalidad. El frescor del atardecer, que gracias a su acción ya no ha encontrado límites interpuestos, ha ido vertiendo en el salón olores de azahar y brillos de pureza ante el asombro -uno más- de todos los que allí nos encontrábamos. Dickens también sirve para junio.


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Celedonio, el acólito afeminado, alto y escuálido, con la sotana corta y sucia, venía de capilla en capilla cerrando verjas. Las llaves del manojo sonaban chocando.

Llegó a la capilla del Magistral y cerró con estrépito.

Después de cerrar tuvo aprensión de haber oído algo allí dentro; pegó el rostro a la verja y miró hacia el fondo de la capilla, escudriñando en la obscuridad. Debajo de la lámpara se le figuró ver una sombra mayor que otras veces...

Y entonces redobló la atención y oyó un rumor como un quejido débil, como un suspiro.

Abrió, entró y reconoció a la Regenta desmayada.

Celedonio sintió un deseo miserable, una perversión de la perversión de su lascivia: y por gozar un placer extraño, o por probar si lo gozaba, inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le besó los labios.

Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas.

Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.


Clarín. La Regenta.

2 de junio de 2010

Política internacional



Cada año después de Eurovisión, los grandes estadistas proponen la eliminación de la parrilla de este añejo festival. "Esta no es la imagen que debe dar Europa", "Europa pierde prestigio", "Me avergüenza ser europeo"... Y así hasta la completa postración del orgullo continental y la reconversión del Himno a la Alegría en Tonadilla a la Vergüenza. Más vergüenza, sin embargo, me dan a mí los estadistas y ese propósito suyo de elevar a la altura de garante de las esencias europeas a un concurso de televisión. Y es que, pobrecitos, lo ven tan claro: al principio suena Beethoven, participan la mayoría de estados europeos, existen alianzas internacionales para repartirse los puntos... Para ellos, para esos periodistas disfrazados de diplomáticos, la vieja Europa rara vez aparece tan visible. Quizá la razón de este escarnio desproporcionado, de esta metonimia extrema, sea que aún estemos demasiado lejos del corazón de Europa como para verlo en otra parte.


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Durante estos últimos días, en un mundo dejado de la mano de Dios, ha aparecido un nuevo superhéroe con la sagrada misión de protegernos: el Imam Justiciero de Cartagena. Ataviado con vestiduras blancas y un tocado antisolar, el Imam Justiciero se ha propuesto acabar con la lacra social de la prostitución, para lo cual ha desarrollado unas técnicas de combate de primer orden. Entre todas ellas destaca, por su poder mortífero, el llamado "grito aniquilador", práctica ancestral que únicamente puede adquirirse a través de un durísimo entrenamiento en las montañas y que consiste en gritarle a la señora "Eres una zorra y una puta y estás enferma", con lo cual la víctima queda automáticamente fuera de combate. Al parecer, el Imam Justiciero les ha declarado también la guerra (santa) a los yonquis y a los camellos. Estemos todos tranquilos. Hay alguien, en alguna parte, que vela por nuestra seguridad.


1 de junio de 2010

El cuadernillo naranja (62)



En el edificio antiguo de la Universidad han roto con su costumbre de montar exposiciones sobre la Segunda República y para este verano se han decidido por una con el llamativo nombre de "Ciudadanos: El nacimiento de la política en España, 1808-1869." Cómo se nota que estrenamos rector de derechas.


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En casa mi hermano y yo recibimos los sobrenombres de Papericos y Botellicas por nuestra costumbre de acumular papeles del tamaño de lombrices y botellas de agua mineral, respectivamente. Una rápida mirada a mi escritorio revela que, en este preciso instante, mi stock está compuesto por dos botellas: una medio vacía y otra medio llena.


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Documento gráfico encontrado en la parada del autobús
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Interpretación sesgada:






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