
Hay muchas y variadas razones para no esperar gran cosa de estas oposiciones. El hecho cuantitativo nos consolaba a los tontos: dos plazas por cada setenta opositores. Es decir: Napoleón, Murat o nada. El objetivo de la interinidad seguía el mismo razonamiento y, en cierto modo, la improbabilidad tranquilizaba. El fracaso venía dado por el sistema. Era un hecho estructural, inexorable, fatal de la vida. Sin embargo, y conforme ha ido avanzando el proceso, han brotado de la oscuridad los rasgos de la bestia, de ese monstruo descomunal de siete cabezas y color verdoso llamado esperanza, cuyo aliento es el único causante del miedo entre los hombres.
A quienes habían superado con éxito las oposiciones de otros años les había oído decir que, al final de su exposición, incluso se habían sentado encima de la mesa delante del tribunal, como uno más entre ellos, como un primus inter pares colegueando desde antes de los tiempos. Yo lo hice, aunque lo mío fue más bien una creación artificial de consecuencias. Lo aprendí de la Guerra fría: si temes que alguien te pueda dar una bofetada dásela tú antes y verás como se cumple tu temor. Los EEUU y la Unión Soviética se temían tanto los guantazos que consiguieron acumular un arsenal capaz de destruir el planeta más de doce veces (si es que eso es posible). Bastaba que una mariposa batiera sus alas en Nueva Zelanda para que la humanidad se extinguiera.
Así las cosas, sólo queda esperar. Al final del día ya no habrá esperanza y, si aparece el miedo, será por cualquier otra esperanza que releve a la primera. Las encuestas señalan que la gente más feliz del mundo se encuentra en los países menos ricos. Apliquémonos la filosofía: todo cuanto venga de bueno será bienvenido, un regalo que no se esperaba y cuya ausencia no se podía lamentar porque no existía ni siquiera en el mejor de nuestros sueños.