La decadencia del topless me interesa profundamente -como tema- y me parece que tiene un enorme interés. Un interés de tamaño histórico. Quizá sólo sea un síntoma, una moda después de otra, algo pasajero y volátil, pero si este retorno a la tela se consolida –pongamos en un par de años- puede que estemos asistiendo, por fin, a los últimos días de mayo del 68, un final de mes que ya iba siendo hora.
La prosperidad ha sido el principal fundamento de la pervivencia, durante más de cuarenta años, de aquellos treinta y un días de mayo. Su consecuencia más visible -y sufrible- fue la reproducción del relativismo en todas las esferas: la política, la educación, el lenguaje, la religión, el sexo… La actual crisis, quizá, sea la feliz circunstancia que reactive el calendario y nos lleve, finalmente, al mes de abril.
La época del destape fue una farsa, un engañabobos total. El destape nada tuvo que ver con el erotismo. Quienes aflojaron los sujetadores no fueron los instintos sino la economía y la política, si bien la primera sirvió de acicate y la segunda de justificación. (En los países católicos –y, por supuesto, en los socialistas- es imposible ganar dinero sin sentir la obligación de disculparse.)
En todo este proceso, que tuvo su clímax en los años setenta, las pasiones fueron, paradójicamente, las principales perjudicadas. En la época del destape todo quiso ser natural y espontáneo, todo quiso presentarse como una evolución lógica y pura de la libertad humana. Sin embargo, y como contrapunto a tanta lógica y a tanta pureza, a la mirada expectante se la empezó a calificar de “sucia” y a los asombrados se les denigró con el nombre de “mirones”. La gente con ropa nunca fue bien recibida en las playas nudistas. El landismo fue una caricatura de casi todos.
La actual decadencia del topless supone un acto de justicia: el pecado y la virtud vuelven a repartirse entre los dos sujetos de la ecuación, entre el mirar y el ser mirado. En realidad, nunca había dejado de ser así pero ahora se levanta el acta notarial: “Lo hago cuando estoy con mis amigas –dice Marta, de 19 años, ante su liberal y escandalizada madre de 48-, pero no con el grupo de chicos a los que voy a ver por la noche en la discoteca”. Marta quiere conservar sus cartuchos pero Yolanda, de 50 años, insiste en el despilfarro: “Me da rabia que deje que esas miradas la condicionen –dice, refiriéndose al recato de la novia de su hijo-. Que no lo haga por el qué dirán me parece una tremenda involución”.
La prosperidad creó una ilusoria red de confianzas, de sobreentendidos que realmente nunca se sobreentendieron. Pasada la época de abundancia las mujeres intentan ahora recuperar su cuota de poder. La inteligencia, de un modo manifiestamente estúpido, quiso colocarse al mismo nivel que el erotismo para competir con él y desplazarlo… Pero nunca lo consiguió. El ser humano siempre tendrá más de humano que de inteligente y, mientras que la inteligencia incide en nuestra adaptabilidad, es el erotismo lo que realmente nos hace poderosos.
Enseñar las tetas de un modo natural impide reservarlas para lo artificial, para ese eterno enemigo del mundo hippie que sigue siendo la base de todo lo civilizado. Después de la liberación -tan mal entendida por nuestras madres- ya va siendo hora de que las mujeres se deshagan de ella y vuelvan a mandar como solían. Quien controla el precio de la carne dominará el mundo entero.