6 de agosto de 2010

Origen



Tengo dos directores de culto: Hayao Miyazaki y, a partir de hoy, Christopher Nolan. Pude empezar a rendírselo tras ver y admirar El caballero oscuro, pero la de Batman era la primera película suya que veía y las obras de arte, como los errores, también pueden ser fruto de la casualidad. Cuando se repiten ya no hay lugar para la duda: son fruto del genio. Origen pudo haber sido 3D pero, tras unas cuantas pruebas, Nolan decidió que no lo fuera y justificaba su decisión argumentando que en una película 3D nunca te olvidas de que estás viendo una película. El medio repiquetea, las gafas oscurecen la visión y aprietan en las sienes. La suspensión de la incredulidad, tan necesaria para que fluya la magia, no se produce. Sin embargo, y lejos de resignarse a los actuales límites de la tecnología, Nolan ha ido más allá y los ha superado: Origen es una película en 4D, un milagro redondo que viene a recordarnos que la vida es sueño y que los sueños, a veces, se convierten en cine.


Valoración: 10/10


Los papeles póstumos del Club Pickwick



Los papeles póstumos del Club Pickwick es una novela que no recomendaría a nadie. No porque sea aburrida (que no lo es) o antigua (que tampoco, a pesar de sus doscientos años). No la recomendaría porque el libro, como soporte físico, no le sienta nada bien. El medio natural de esta obra son los periódicos, su ámbito las cafeterías decimonónicas y su público los ociosos que las frecuentaban. Para ociosos, cafeterías y periódicos la ideó Dickens y Chapman and Hall, sus editores. El libro, con su aspiración de continuidad, encorseta un cuerpo que se resiste a ser encorsetado. Teniendo en cuenta que las entregas periodísticas se libraban quincenal o mensualmente, Dickens podía contar con el olvido de sus lectores y, por tanto, no le preocupaba la unidad del conjunto. Ni siquiera el conjunto como tal. Esta, en consecuencia, es una novela de hallazgos puntuales: un personaje pintoresco, una situación sorprendente, una paradoja singular. ¿Y de qué va? Pues de nada y de muchas cosas a la vez. Muchos han comparado esta novela con El Quijote y algo de eso tiene: la Inglaterra del XIX sustituye a La Mancha del XVI y a falta de hidalgos y escuderos las aventuras las protagonizan un gentleman y su criado. Las mil páginas de este libro se hacen largas pero en cada página siempre habita alguna breve (y a veces profunda) satisfacción.

5 de agosto de 2010

Rubias




Sí, otra vez. Para la concejala de la mujer de Avilés, Paula Bartolomé (PSOE), este cartel del Festival de la Cerveza de la ciudad asturiana es "sexista e inadecuado". ¿Podría ser, en opinión de la concejala, sexista y adecuado? Se desconoce, como también se desconocen los motivos primeros de su malestar. Entre sus quejas no aparecen las palabras "tetas", "pechos", "domingas" o similares. ¿Considerará sexista e inadecuado pronunciarlas? ¿Tenerlas en abundancia? ¿Cuánta proporción de teta desnuda puede enseñar una mujer? ¿Y un dibujo? ¿Varía según la cantidad total? ¿Qué hay de los pezones? ¿Existe un límite legal de protuberancia? ¿De cuántos milímetros estamos hablando? Queda el consuelo de que si no entran en detalles tal vez sea porque, en el fondo, se avergüenzan de sí mismos. Y mismas.

Versus Patriam




Yo no quiero vuestros himnos
porque no les pertenezco.

Aborrezco el color de las banderas
y la hermandad fingida de su engaño.

Aborrezco la edad jamás dorada
y el oro del papel apolillado.

Mi sangre, mis ideas, mis lugares
son míos. Los reclamo desde el ámbito
opuesto a la ficción de vuestros muertos.


4 de agosto de 2010

El cuadernillo naranja (64)


Como un valiente -esto es, como un trabajador- hoy he querido levantarme de la cama a las siete pero, tras el decidido impulso inicial y sin detenerme en el movimiento, he caído a plomo, rendido, sobre los pies de la cama. Dos horas más tarde he aparecido del revés y reseteado, sin saber qué, quién ni dónde.

Echo en falta a Laura. Cuesta desprenderse de los hábitos aunque, en este caso, ha sido el hábito el que se ha desprendido de mí -temporalmente, espero- en un cierre por vacaciones. Ahora más que nunca, su nombre ha ocupado mi cerebro. Me vencen su forma de detenerse en los bordes, su manía de comer por compartimentos y esa capacidad que tiene para transformar los mundos a su alrededor. Me vencen su boca, sus hombros, sus pechos, su espalda, su mirada atenta con que acaricia -y nunca invade- a quien observa... Tan otra, tan distinta a mí que en ella el amor no busca amar sino añadir y apropiarse enteramente, colonizar para ser colonizado.


A falta de Laura me voy a quedar con Julia Roberts. La vemos tanto y desde hace tanto que me da la impresión de que no reparamos en su importancia. Muchísimo más que el resto, ella tiene garantizada la permanencia. Como Ava, como Audrey, como Rita... Simplemente Julia.

3 de agosto de 2010

Banal e irrepetible



He venido al Starbucks y estoy comprobando que, a mis 30 años, soy uno de los viejos del lugar. Sólo me sobrepasan un par de madres y un grupito de señores trajeados. Los jóvenes han pedido batidos y yo un espresso doble. Los jóvenes van de cuatro en cuatro -como mínimo- y yo estoy solo. Los jóvenes gritan y yo escribo en el ordenador.

Ahora me estoy viendo desde fuera. Un tipo con barba de más de un mes, ropa deportiva y gesto de pensar. Tiene la cartera subida a la silla -cerrada por si los moscos- y mira a su alrededor sin la impresión de querer encontrar nada. "¿En qué pensará?" -se preguntará alguien entre frase y frase-. "¿Qué estará escribiendo?" -curioseará otro, a su espalda, achinando los ojos por si descubre secretos-.

El café hace tiempo que se lo ha terminado y, aunque a veces vuelve a levantarlo por olvido, en la taza no quedan más que gotas frías y posos que no profetizan nada. Primero se queda estático y pensativo y luego se arranca con una frase larga y disparada. El mostrador de productos de merchandising debe tener muchísimo interés para él cuando se queda tanto tiempo mirándolo. A las chicas, sin embargo, sólo las tantea. Sin insistir. Sin recrearse. Habrá muchas que merezcan su interés pero eso él no lo sabe y tampoco quiere parecer gratuito. La colección de vasos, tarros y azucareras está más a su alcance y menos a su timidez.

Ahora escucha una bonita melodía que no conoce y que le gustaría volver a escuchar aunque, probablemente, no podrá hacerlo hasta dentro de varios años o décadas. Cuando la casualidad lo quiera. También puede ser que no vuelva a escucharla nunca. Para evitarlo sólo tendría que preguntarle a la chica del mostrador pero no va a hacerlo porque hay demasiada gente y, además, tiene la convicción de que dentro de unos minutos no será para tanto. Otra sucesión de cosas irrepetibles captará, momentáneamente, su interés y la irrupción no le habrá merecido la pena.

2 de agosto de 2010

El último partido



Una de mis tradiciones de cada verano es leerme algún libro de John Grisham, de los cuales me proveo en la estantería de la habitación de mi tío. Junto con Los hombres que no amaban a las mujeres, La Biblia de barro y Un mundo sin fin, la novela de Grisham que he encontrado este año ha sido El último partido (Ediciones B, 2003), una de las más extrañas del autor. Extraña porque no aparecen abogados ni políticos. Extraña porque la CIA y el FBI no están involucrados. Extraña porque no hay tiros ni persecuciones. Extraña, en fin, porque no parece suya. Esta novela trata de Neely Crenshaw y de Eddie Rake, que podrían ser agentes infiltrados del gobierno pero que sólo fueron una gran estrella de fútbol americano amateur y su mítico entrenador. Fueron, porque ésta es una novela hecha de recuerdos, porque Neely Crenshaw se lesionó de gravedad cuando empezaba a abrirse hueco entre los mejores y porque Eddie Rake, después de entrenar a los Spartans de Messina con mano de hierro durante casi cuarenta años, yace moribundo en su cama. La enfermedad terminal de Rake provoca que muchos antiguos Spartans se reúnan en las gradas de El Campo (rebautizado como Rake Field) para contarse, por enésima vez, las historias más representativas de su paso por el equipo. Neely Crenshaw, después de quince años alejado de la ciudad y de sus recuerdos, vuelve a encontrarse con sus compañeros y con la gente que le admiró y que aún le sigue admirando.

El último partido es un libro curioso, ameno y que a ratos llega a emocionar, tanto por lo nostálgico como por lo competitivo. Su escaso número de páginas –apenas llega a las 200, con letra grande y espaciada- lo convierte en un entretenimiento apto para un domingo de agosto por la tarde y está especialmente recomendado para aquellos que tengan algún tipo de interés por el fútbol americano y su mundo. El resto, mejor probad con otro Grisham.

1 de agosto de 2010

El retape



La decadencia del topless me interesa profundamente -como tema- y me parece que tiene un enorme interés. Un interés de tamaño histórico. Quizá sólo sea un síntoma, una moda después de otra, algo pasajero y volátil, pero si este retorno a la tela se consolida –pongamos en un par de años- puede que estemos asistiendo, por fin, a los últimos días de mayo del 68, un final de mes que ya iba siendo hora.

La prosperidad ha sido el principal fundamento de la pervivencia, durante más de cuarenta años, de aquellos treinta y un días de mayo. Su consecuencia más visible -y sufrible- fue la reproducción del relativismo en todas las esferas: la política, la educación, el lenguaje, la religión, el sexo… La actual crisis, quizá, sea la feliz circunstancia que reactive el calendario y nos lleve, finalmente, al mes de abril.

La época del destape fue una farsa, un engañabobos total. El destape nada tuvo que ver con el erotismo. Quienes aflojaron los sujetadores no fueron los instintos sino la economía y la política, si bien la primera sirvió de acicate y la segunda de justificación. (En los países católicos –y, por supuesto, en los socialistas- es imposible ganar dinero sin sentir la obligación de disculparse.)

En todo este proceso, que tuvo su clímax en los años setenta, las pasiones fueron, paradójicamente, las principales perjudicadas. En la época del destape todo quiso ser natural y espontáneo, todo quiso presentarse como una evolución lógica y pura de la libertad humana. Sin embargo, y como contrapunto a tanta lógica y a tanta pureza, a la mirada expectante se la empezó a calificar de “sucia” y a los asombrados se les denigró con el nombre de “mirones”. La gente con ropa nunca fue bien recibida en las playas nudistas. El landismo fue una caricatura de casi todos.

La actual decadencia del topless supone un acto de justicia: el pecado y la virtud vuelven a repartirse entre los dos sujetos de la ecuación, entre el mirar y el ser mirado. En realidad, nunca había dejado de ser así pero ahora se levanta el acta notarial: “Lo hago cuando estoy con mis amigas –dice Marta, de 19 años, ante su liberal y escandalizada madre de 48-, pero no con el grupo de chicos a los que voy a ver por la noche en la discoteca”. Marta quiere conservar sus cartuchos pero Yolanda, de 50 años, insiste en el despilfarro: “Me da rabia que deje que esas miradas la condicionen –dice, refiriéndose al recato de la novia de su hijo-. Que no lo haga por el qué dirán me parece una tremenda involución”.

La prosperidad creó una ilusoria red de confianzas, de sobreentendidos que realmente nunca se sobreentendieron. Pasada la época de abundancia las mujeres intentan ahora recuperar su cuota de poder. La inteligencia, de un modo manifiestamente estúpido, quiso colocarse al mismo nivel que el erotismo para competir con él y desplazarlo… Pero nunca lo consiguió. El ser humano siempre tendrá más de humano que de inteligente y, mientras que la inteligencia incide en nuestra adaptabilidad, es el erotismo lo que realmente nos hace poderosos.

Enseñar las tetas de un modo natural impide reservarlas para lo artificial, para ese eterno enemigo del mundo hippie que sigue siendo la base de todo lo civilizado. Después de la liberación -tan mal entendida por nuestras madres- ya va siendo hora de que las mujeres se deshagan de ella y vuelvan a mandar como solían. Quien controla el precio de la carne dominará el mundo entero.

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