7 de septiembre de 2010

El placer placentero



La furia con que el mundo actual busca el placer
demuestra que carece de él por completo.

G. K. Chesterton


Creo entender en qué consiste el pecado. Creo entender por qué la gula, la lujuria o la pereza (por poner tres ejemplos) son considerados pecados y, si estoy en lo cierto, estoy de acuerdo en que la Iglesia los repudie y alerte sobre su influencia negativa, tanto a los que pertenecen a dicha institución como a los que no. Entiendo que el pecado se define como un exceso, como una pasión a la que se acude obsesivamente y cuya recurrencia impide vivir plenamente, cuando no oculta una huida de dicha plenitud. En concreto: entiendo que la gula, la lujuria o la pereza surgen cuando se produce un exceso en el desarrollo de la alimentación, de la sexualidad o de la inactividad, y que tales prácticas son insanas en tanto que limitan el radio de acción humano y en tanto que, a menudo, ocultan un cúmulo de frustraciones detrás de una satisfacción compulsiva y continua (y, por tanto, compulsiva y continuamente insatisfecha). Ahora bien, ¿por qué para evitar estas indeseables consecuencias se amplía la definición de las causas? Quiero decir, ¿por qué la Iglesia tiende a considerar la alimentación, la sexualidad o la inactividad como males, independientemente de su uso? Y, al contrario, ¿por qué ayunar, ser casto o velar por las noches se muestran como acciones intrínsecamente virtuosas? La Iglesia enseña que los alimentos sólo son válidos cuando se necesitan, que el sexo sólo es lícito cuando sirve para la procreación, que el sueño sólo es aceptable como descanso… ¿Por qué? ¿Qué hay de malo en disfrutar de la comida, de las relaciones sexuales o de inactividad como fines en sí mismos? ¿Es pecado comer sólo para degustar el buen sabor de las cosas? ¿Es pecado tener relaciones sexuales sólo para disfrutar y ser disfrutado? ¿Es pecado no hacer nada sólo por la delicia de no hacerlo? Entiendo que sea pecado el exceso y entiendo que comer, tener relaciones sexuales o dormir sin moderación sea perjudicial en última instancia pero… ¿Acaso es pecado el placer? ¿Es perjudicial descubrir y regodearse con el maravilloso sabor de las manzanas, con el indescriptible tacto de la piel querida o con el fascinante misterio de vivir sin más?

6 de septiembre de 2010

La guerra del fósil



En una calurosa mañana de agosto, una piedra impactó con fuerza contra un bloque de hormigón y, al abrirse por la mitad, descubrió en su interior la forma de una concha marina. Jugando en la playa, mi amigo Cédric y yo acabábamos de encontrar un fósil. Sin embargo, y ante el tremendo valor del descubrimiento –tanto más grande cuanto más desconocido-, el plural no tardó en deshacerse y la disputa sobre la propiedad privada dividió a los niños que hasta entonces se habían divertido juntos. ¿A quién pertenecía la piedra? ¿Al que la había lanzado o al que había hallado la joya prehistórica en su núcleo? Por desgracia, una y otra persona no eran la misma y ni siquiera ese azar contribuyó a eludir la disputa. Yo había sido el lanzador, Cédric el avispado y aquel debate entre dos niños en bañador prometía concluir, desde la simplicidad de la infancia, con varios siglos de controversia sobre el alcance del capitalismo y el colonialismo. No lo hizo, por supuesto, pero aquella polémica a orillas del Mediterráneo sirvió para reproducir, punto por punto, a pequeña pero afinadísima escala, los catastróficos efectos que esas dos ideologías han provocado en la gran historia del mundo. Ante la primera réplica yo me retiré y no porque considerara que aquello era lo más justo y lo más conveniente para la sociedad… En absoluto. Mi huida se debió, exclusivamente, a la cobardía y a la resignación total ante un hecho tan consumado como decisivo: yo llevaba gafas y él tenía una piedra en la mano.

PD: La semana pasada le pregunté a Cédric si aún conservaba el fósil. Su respuesta no pudo ser más elocuente ni más aleccionadora: “¿Qué fósil?”

5 de septiembre de 2010

Milagros



Mi madre cree en los milagros. Hace tiempo soñó que mi hermano había muerto y contó que allí, en la oscuridad soñada y presionando con sus manos el pecho inerte de su hijo, tuvo la convicción de que habiéndole dado una vez la vida era normal que pudiese dársela de nuevo.

Mi madre cree en los milagros pero en ningún caso cree que lo sean. Para ella no son manifestaciones mágicas o prodigios inexplicables. Para ella los milagros son una cuestión de lógica, de una lógica que va más allá de los sentidos y en la cual el amor y la proximidad cómplice de los cuerpos son capaces de devolver la plenitud a todo aquel que le falta.

Mi madre cree en los milagros y por eso, hace unos meses, abrazó tanto a la niña autista que lloraba y que nadie sabía por qué. Hora tras hora lloraba, días y noches enteras hasta perder la voz y hacerlo sólo con la boca abierta. Durante varios minutos mi madre la abrazó y, en medio de aquel interminable abrazo, estoy seguro de que se sintió madre, verdaderamente madre de aquella niña desconocida. Y quizá lo fue, aunque parezca imposible, desde entonces y ya para siempre.

3 de septiembre de 2010

El cuadernillo naranja (65)



Con septiembre el calor se ha hecho soportable. Me concedo los primeros cappuccinos de la temporada y hoy, a cambio de tres cuartos de hora de gimnasio, un coulant de chocolate. Acaparadores placeres de otoño y de atardecer.

***


Esta mañana he llegado con un mes de retraso. La preinscripción para la carrera de periodismo se cerró en julio y me aseguran que no se reabrirá por afluencia de público: "En periodismo nunca quedan plazas", dice la secretaria. "¿Nunca?", intercedo. "Nunca", sentencia. A cambio de los diarios, pienso en el grado de estudios ingleses: Austen, Conan Doyle, Wilde, Chesterton... Y el inglés, por supuesto. Hasta dentro de dos semanas no sabré si también he decidido con retraso pero, de momento, ya me he comprado un libro sin traducir. Nada que ver con aquéllos.

***


Cuando un viaje no resulta especialmente cómodo, el propio desplazamiento deviene en suceso anticuado y analógicamente vulgar. Es como prescindir del Ctrl + b en la era informática y ponerse a buscar una palabra entre el resto.

***


Han pasado dos o tres meses de la última vez que la vi insultando al ordenador pero ahí sigue la chica esa, con sus "mierda", sus "cabrones" y sus "hijos de puta". Estos comportamientos tan raros son curiosos hasta que la repetición los vuelve enfermizos. Levantarse cada mañana con el mismo odio, con la misma amargura, con el mismo cerebro...

***


Al cabo de dos años, se diría que Laura me ha hecho madurar hasta poder darme cuenta de que sólo es una niña.


2 de septiembre de 2010

La moral opiácea



Cuando faltan los datos concretos o el conocimiento necesario para interpretarlos aparece, irremediablemente, el debate moral. La crisis norteamericana de los años 30 provocada por causas tan palpables como la endeblez agrícola, el atraso de la industria tradicional o la especulación bursátil, no tuvo como inmediata respuesta el control y la mejora de dichos ámbitos económicos sino el puritano impulso de la Ley seca, con los resultados conocidos. Al fin y al cabo, un borracho siempre será más visible que un especulador y reconocerlo mucho menos doloroso que reconocerse.

El debate moral, con sus infinitos temas y sus precarias soluciones, encuentra su principal sustrato en la ignorancia. Los corrillos -políticos, televisivos y de barrio, aunque qué más da-, se extienden de sol a sol y de tiniebla en tiniebla gracias a su natural inanidad argumentativa. El éxito tiene su propia máxima: dame una moral y moveré a la masa. Muy pocos son capaces de distinguir entre una acción productiva y otra improductiva, entre un comportamiento legal y otro ilegal, entre un razonamiento lógico y otro ilógico… Pero todo el mundo se siente capacitado y en disposición de juzgar si algo es bueno o malo.

La individualidad funciona entonces como coartada y la coartada, a menudo, sirve de trinchera para la comisión de las peores tropelías. Sólo cuando la moral se adquiere por consenso, es decir, sólo cuando la opinión (subjetiva) se transforma en ley (objetiva), se activa la necesaria discriminación civilizatoria, aunque no necesariamente civilizada. Antiguamente se amputaba, ahogaba, desplomaba y quemaba por decreto y por decreto actualmente se ahorca, fusila, lapida y despelleja. Para evitar estas atrocidades se declaró que los derechos humanos eran universales -nada menos- pero, desgraciadamente, el universo se nos va quedando cada vez más pequeño.

La justicia palidece. Demasiados juzgan y muy pocos son juzgados justamente. El debate moral domina en ámbitos crecientes y crecientemente estancos al amparo de intereses raramente formulados. El presidente Obama anuncia la retirada de las tropas de Irak y todos -jefes de estado, ministros, banqueros, panaderos…- se preguntan si eso es bueno o malo, si eso conviene o no, con independencia del quién y del para quién tan difícilmente abarcables. Algunos aficionados a las apuestas deportivas alcanzan estados de certidumbre parecidos: ante una cita clave, y resignados a flotar en la nada, invierten todo a lo que diga el pulpo. La moralidad se transforma entonces en moralina, esa palabra desdichada que tanto se parece a “morfina”.

1 de septiembre de 2010

Sabor, sabor



Dicen que el principal combustible del recuerdo son los sabores. El pasaje de En busca del tiempo perdido en el que Proust rememora su niñez en Cambray a través del sabor de una madalena es popularmente conocido, como también la opinión de Josep Pla respecto a la añoranza del emigrante, un enyorament -dice en su Viatge a l’Amèrica del Sud (1957)- “que no té res a veure amb les grans paraulasses dels oradors patriotes ni de les gasetilles d’aparença sentimental, sinó que més aviat és produït per les sensacions palatals de la infància.”

Aunque desarrollada muy diversamente por unos y por otros, la memoria gustativa supone para los seres humanos una tarjeta de visita a las profundidades, un aval de haber existido más allá de lo aparente, de haber degustado la esencia misma de las cosas. Por lo que a mí respecta, mis días de playa siempre tendrán el sabor de unas deliciosas –y hoy desaparecidas- sardinas de chiringuito y la sopa de pollo, bajo ciertos y particulares condicionantes, aún puede transportarme a lejanísimos escenarios de mi niñez difuminada.

Hoy recupero los sabores de ayer y mañana, probablemente, regresaré a los sabores de hoy: a la paella de carne de mi madre, al arroz al horno de una de mis abuelas, a los canelones rellenos de magro de la otra, a los tallarines de huevo con verduras y salsa de cacahuetes… El recuerdo futuro le añade una nueva razón al disfrute presente, a ese placer ordinario que algún día será simplemente extraordinario.

Degustar la vida es el mejor modo de mantenerla, de reunirla y multiplicarla, de crear parcelas a las que volver una y otra vez al final de la jornada, al cabo de las horas. Quizá por ello, lo primero que quise en cuanto tuve la oportunidad con Laura fue buscarle el gusto, el dulce sabor del mundo en el que aspiro a vivir y por el que aspiro a ser vivido: el punto de encuentro de todas mis posibilidades.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...