
La furia con que el mundo actual busca el placer
demuestra que carece de él por completo.
G. K. Chesterton
Creo entender en qué consiste el pecado. Creo entender por qué la gula, la lujuria o la pereza (por poner tres ejemplos) son considerados pecados y, si estoy en lo cierto, estoy de acuerdo en que la Iglesia los repudie y alerte sobre su influencia negativa, tanto a los que pertenecen a dicha institución como a los que no. Entiendo que el pecado se define como un exceso, como una pasión a la que se acude obsesivamente y cuya recurrencia impide vivir plenamente, cuando no oculta una huida de dicha plenitud. En concreto: entiendo que la gula, la lujuria o la pereza surgen cuando se produce un exceso en el desarrollo de la alimentación, de la sexualidad o de la inactividad, y que tales prácticas son insanas en tanto que limitan el radio de acción humano y en tanto que, a menudo, ocultan un cúmulo de frustraciones detrás de una satisfacción compulsiva y continua (y, por tanto, compulsiva y continuamente insatisfecha). Ahora bien, ¿por qué para evitar estas indeseables consecuencias se amplía la definición de las causas? Quiero decir, ¿por qué la Iglesia tiende a considerar la alimentación, la sexualidad o la inactividad como males, independientemente de su uso? Y, al contrario, ¿por qué ayunar, ser casto o velar por las noches se muestran como acciones intrínsecamente virtuosas? La Iglesia enseña que los alimentos sólo son válidos cuando se necesitan, que el sexo sólo es lícito cuando sirve para la procreación, que el sueño sólo es aceptable como descanso… ¿Por qué? ¿Qué hay de malo en disfrutar de la comida, de las relaciones sexuales o de inactividad como fines en sí mismos? ¿Es pecado comer sólo para degustar el buen sabor de las cosas? ¿Es pecado tener relaciones sexuales sólo para disfrutar y ser disfrutado? ¿Es pecado no hacer nada sólo por la delicia de no hacerlo? Entiendo que sea pecado el exceso y entiendo que comer, tener relaciones sexuales o dormir sin moderación sea perjudicial en última instancia pero… ¿Acaso es pecado el placer? ¿Es perjudicial descubrir y regodearse con el maravilloso sabor de las manzanas, con el indescriptible tacto de la piel querida o con el fascinante misterio de vivir sin más?




