
Los niños son un producto sexual. El sexo es su causa eficiente, con independencia de que tal efecto provenga del amor, del alcohol, del aburrimiento o del imperativo genético de la materia que busca ser materia. Los excesivos melindres que muestran algunos padres a la hora de mostrar a sus hijos este hecho y la franca determinación con que otros lo ocultan ha provocado la espantosa consecuencia del intervencionismo estatal.
Entiendo que mucha gente esté en contra de la llamada "educación sexual", de que una legión de funcionarios explique a los niños lo que son las vaginas y los penes y cómo y de cuántas diversas formas pueden llegar a interactuar. Entiendo que hablen de secuestro de funciones, de intolerable intromisión y hasta de proselitismo sexual, fundamentalmente por el tipo de sexo al que se refieren los libros -tan sucio por exceso de esterilización... O estalinización, que lo mismo da visto el comunismo.
Entiendo todo eso pero también entiendo que la mayoría de esas personas, que tan admirablemente se oponen a la intervención burocrática en los instintos humanos, sean los mismos que tan lamentablemente se oponen a la inclusión de temas y modos sexuales en la televisión -los indignados defensores del horario infantil- o a la exhibición del cuerpo humano en los espacios públicos -los partidarios de las playas familiares. "¡Que hay niños!", gritan desaforados, como si la visión de unas tetas o la misma palabra "tetas" traumatizasen a los que aún se alimentan de ellas.
El intervencionismo -y, en última instancia, la estalinización- aparece cuando se desprecia lo humano. ¿Y qué han hecho estos mojigatos sino despreciar la carne y presentarla como algo intrínsecamente sucio y digno de ocultar? No hay más que ver a esos padres que se solazan tranquilamente con los programas del corazón y sólo se acuerdan de los niños cuando a algún colaborador le da por enseñar el culo... ¡Deberían agradecerlo, si así les evitan a los niños la viscosa contemplación de la inteligencia televisiva! Sexo, por favor. ¡Sexo a todas horas!
Entiendo que mucha gente esté en contra de la llamada "educación sexual", de que una legión de funcionarios explique a los niños lo que son las vaginas y los penes y cómo y de cuántas diversas formas pueden llegar a interactuar. Entiendo que hablen de secuestro de funciones, de intolerable intromisión y hasta de proselitismo sexual, fundamentalmente por el tipo de sexo al que se refieren los libros -tan sucio por exceso de esterilización... O estalinización, que lo mismo da visto el comunismo.
Entiendo todo eso pero también entiendo que la mayoría de esas personas, que tan admirablemente se oponen a la intervención burocrática en los instintos humanos, sean los mismos que tan lamentablemente se oponen a la inclusión de temas y modos sexuales en la televisión -los indignados defensores del horario infantil- o a la exhibición del cuerpo humano en los espacios públicos -los partidarios de las playas familiares. "¡Que hay niños!", gritan desaforados, como si la visión de unas tetas o la misma palabra "tetas" traumatizasen a los que aún se alimentan de ellas.
El intervencionismo -y, en última instancia, la estalinización- aparece cuando se desprecia lo humano. ¿Y qué han hecho estos mojigatos sino despreciar la carne y presentarla como algo intrínsecamente sucio y digno de ocultar? No hay más que ver a esos padres que se solazan tranquilamente con los programas del corazón y sólo se acuerdan de los niños cuando a algún colaborador le da por enseñar el culo... ¡Deberían agradecerlo, si así les evitan a los niños la viscosa contemplación de la inteligencia televisiva! Sexo, por favor. ¡Sexo a todas horas!


