7 de octubre de 2010

El sexo de los niños



Los niños son un producto sexual. El sexo es su causa eficiente, con independencia de que tal efecto provenga del amor, del alcohol, del aburrimiento o del imperativo genético de la materia que busca ser materia. Los excesivos melindres que muestran algunos padres a la hora de mostrar a sus hijos este hecho y la franca determinación con que otros lo ocultan ha provocado la espantosa consecuencia del intervencionismo estatal.

Entiendo que mucha gente esté en contra de la llamada "educación sexual", de que una legión de funcionarios explique a los niños lo que son las vaginas y los penes y cómo y de cuántas diversas formas pueden llegar a interactuar. Entiendo que hablen de secuestro de funciones, de intolerable intromisión y hasta de proselitismo sexual, fundamentalmente por el tipo de sexo al que se refieren los libros -tan sucio por exceso de esterilización... O estalinización, que lo mismo da visto el comunismo.

Entiendo todo eso pero también entiendo que la mayoría de esas personas, que tan admirablemente se oponen a la intervención burocrática en los instintos humanos, sean los mismos que tan lamentablemente se oponen a la inclusión de temas y modos sexuales en la televisión -los indignados defensores del horario infantil- o a la exhibición del cuerpo humano en los espacios públicos -los partidarios de las playas familiares. "¡Que hay niños!", gritan desaforados, como si la visión de unas tetas o la misma palabra "tetas" traumatizasen a los que aún se alimentan de ellas.

El intervencionismo -y, en última instancia, la estalinización- aparece cuando se desprecia lo humano. ¿Y qué han hecho estos mojigatos sino despreciar la carne y presentarla como algo intrínsecamente sucio y digno de ocultar? No hay más que ver a esos padres que se solazan tranquilamente con los programas del corazón y sólo se acuerdan de los niños cuando a algún colaborador le da por enseñar el culo... ¡Deberían agradecerlo, si así les evitan a los niños la viscosa contemplación de la inteligencia televisiva! Sexo, por favor. ¡Sexo a todas horas!

6 de octubre de 2010

Catch the sun



Me gusta más que todos los libros que he leído, que todos los paisajes que me han fascinado, que todas las victorias con las que he pretendido justificar mi existencia. Si algún día la felicidad pudiese colmar una sonrisa suya y anular en ella cualquier rastro de sombra, Laura sería tan perfecta e inalcanzable como un ídolo de luz, como una diosa sin nombre.

5 de octubre de 2010

Iluminados



Algunos nacen con una flor en el culo. Otros, muchos más, creen que la llevan a pesar de que la realidad les ofrezca continuas pruebas de su error. Entre los convencidos estaba Eduardo I de Inglaterra quien, tras los reiterados triunfos de su ejército frente a los escoceses, llegó a la conclusión de que era su presencia física la causa que desequilibraba los combates. Tanto es así que hizo jurar a su hijo que, tras su muerte, echaría a hervir su cuerpo con tal de desprender la carne y conservar sus huesos para llevarlos consigo en futuras batallas.

Como ocurre con los pisapapeles o con los consoladores, cualquier cosa puede servir de amuleto, desde un tenedor hasta una catedral. La función de los amuletos consiste en reducir el caos a su mínima expresión, por más que el caos nunca deje de serlo: la multicausalidad inabarcable de fuerzas telúricas y decisiones humanas deriva en multicausalidad inabarcable átomos y células. No se puede desechar de raíz el poder de los amuletos como tampoco ir más allá de la fe y aceptar el convencimiento. Las religiones nunca dicen “conoce” sino “cree” y es la creenciano el conocimiento- lo que éstas persiguen inculcar.

Eduardo I fundó la religión de sí mismo y si sus huesos acabaron convirtiéndose en reliquias fue porque muchos otros huesos se habían convertido en la tierra del campo de batalla. Conclusión: al final, todos los iluminados acaban subiendo el recibo de la luz y el resto tiene que resignarse a cargar con el muerto.

4 de octubre de 2010

El cuadernillo naranja (68)


Ser otro cuesta, aunque cada vez menos. Nuestra identidad ha multiplicado sus ubicaciones. Aparte de residir en el cuerpo -que no siempre es el continente más próximo-, también podemos habitar en un número de móvil, en una cuenta de facebook, en un blog… Las nuevas tecnologías han cambiado la perspectiva y proponen un número creciente de avatares para seres crecientemente diversificados -aunque no necesariamente diversos.

***

Levantando teatralmente un incunable y señalando con la otra mano la catedral de Notre Dame, el juez Frollo exclamó: “Esto matará aquello”. El libro impreso matará al libro de piedra. El impresor matará al sacerdote. Y así pudo suceder en media Europa, de no mediar los privilegios de una casta sacerdotal que, por muy protestona que fuese, jamás habría renunciado a su estatus privilegiado. Hoy tampoco renuncia nadie: ni editores de libros, ni sociedades de autores, ni burócratas amanuenses… A su modo, todos ellos repiten hoy el ludismo del XIX y la censura inquisitorial de siempre.

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