
Fija-tí, Viiiinga, Quérposo, Digameló... ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Que no soy gracioso? Bueno, eso también. Pero lo que quiero demostrar es que hubo un momento desgraciado, un instante antimágico, en el que Martes y Trece dejaron de tener gracia. ¿Y qué sucedió entonces? Que nos acometió el hastío y la zozobra. Las familias se truncaron, los vídeos dejaron de grabar y el mensaje del rey perdió casi toda su audiencia. Desde entonces sólo quedaron los que disfrutaban experimentando con el mando a distancia... Y ahora ya ni eso. Con el TDT y esas décimas de más que tarda en cambiarse el canal, el mensaje del rey ha perdido su encanto. De seguir así las cosas, dentro de nada ni siquiera nos reiremos de cuando le cambian la cámara. Que el pobre (es un decir) siempre va desacompasado.
Lo de perder gracia no tiene ninguna gracia. Les pasa a los niños cuando crecen, a Nuria Roca cuando se hace mayor y hasta a la nieve le pasa. Que al principio todo son fiestas y risas y venga a lanzar bolas y a hacer ángeles... Pero a los tres meses de crudo invierno y de penurias matinales en la ducha, bien que pagarías por un poco de calor. No me imagino a los niños de Siberia haciendo muñecos de nieve, ni al pequeño Viacheslav riéndose porque el pequeño Sergei le ha lanzado una bola. Más bien me imagino al padre de Viacheslav apuntando al pequeño Sergei con una kalashnikov.
En Siberia debe de hacer un frío de cojones. Fijaos si debe de hacer frío que a la gente la deportaban allí, que debe ser como mandar a la pared castigado pero siendo la pared el fondo de la nevera. En el fondo de la nevera conviven los condenados, los elegidos y los olvidados. Los condenados, como los danones de coco del pack de doce. Los elegidos, como los botes de cerveza de antes de un partido. Y los olvidados, como ese plátano que ha sido separado del grupo y que tiene una raja que se está endureciendo y llenándose de moho. El plátano es una fruta paradójica: cuanto más se aleja del sol más moreno se pone. Una semana en el fondo de la nevera y un plátano se puede transformar en la polla de Makelele.
Una fruta que debería estar condenada al fondo de la nevera y que, sin embargo, la ubicamos privilegiadamente en la puerta, son los medios limones. Que, además, siempre nos sorprendemos de lo bien que caben en la huevera. Pones allí el medio limón, lo miras y piensas: "Joder, yo debería de haber sido ingeniero." El caso es que una vez colocado allí, compartiendo espacio con huevos y salsas, con todo a favor para triunfar, ese medio limón ya no lo toca nadie. Y eso le lleva a convertirse en otra fruta paradójica: cuanto menos se la toca más dura se pone.
Hablando de Makelele, Siberia tiene una extensión formidable: más de 13 millones de kilómetros cuadrados. que vienen a ser como 130.000 campos de fútbol. Yo propondría al campo de fútbol como unidad métrica nacional. Es decir tantos campos de fútbol y ya todo el mundo lo entiende. Sin embargo, tú le dices a un esquimal que Siberia tiene una extensión de 130.000 campos de fútbol y se queda igual que estaba. Pequeñito y alelao. La unidad que utilizan los esquimales son los iglús. Eso mide tantos iglús. Los iglús tienen una superficie media de unos 35 metros cuadrados que, para que me entendáis, es lo que viene a ser un tercio del área pequeña de un campo de fútbol.
Tenemos una imagen muy igualitarista de la sociedad esquimal. Es tal que así. Tú le preguntas a cualquier persona "¿Qué opina usted de la sociedad esquimal?" y te dirá "Pues tengo una imagen muy igualitarista de ella." Todos los iglús miden más o menos lo mismo y no se conocen ni chabolas iglú ni mansiones iglú. Que debe ser porque allí los especuladores inmobiliarios de iglús no tienen espacio para colgar los Picasso ni para poner los animales disecados. Ellos son más apañaos y como el Mamut no les cabe lo meten bajo el hielo.
Aquí en España no tenemos ninguna Siberia para poder deportar a la gente. Lo más parecido sería mandarles a Sevilla o a Murcia en pleno agosto a pasar calor, pero no creo que la cosa resultara. Los bares se llenarían de indeseables ociosos y cocidos a base de cerveza, vino y sangría... Pero eso, claro, no se lo imagina nadie.