7 de diciembre de 2010

Ernesto Viana


2




Mi hija mayor volvió a Madrid con su familia el mismo día del entierro y la pequeña, que por aquel entonces acababa de tener una discusión muy fuerte con su novio, se quedó unas semanas conmigo en el pueblo. Sara me ayudó a arreglar los papeles de la herencia, a ordenar la casa -que se había convertido en un desastre durante los últimos meses- y a deshacerme de muchas de las cosas que la muerte de Nuria había dejado inservibles. Algunas se las quedó ella, otras las donamos a la parroquia y el resto, la mayoría, las llevamos una tarde al vertedero. Durante aquellos días vinieron todos los vecinos a visitarnos. Todos a excepción de la pobre María, que estaba en cama y que por lo avanzado de su Alzheimer no podía entender que su amiga Nuria había muerto. Cuando fuimos a verla su hijo Tomás nos acompañó hasta la habitación. Sara permaneció un buen rato a su lado, contándole cosas sobre la vida en la capital, sobre su trabajo y sobre lo bonito que había encontrado el pueblo después de tantos años. Al despedirse la acarició, la llenó de besos y le hizo la promesa de volver al día siguiente, a solas, para hablarle de su novio y de lo alto y guapo que era. Mi hija se marchó a principios de verano. Primero se fue a Mallorca, ya con su novio, y después regresaron juntos a Valencia.

Desde que me quedé solo dediqué mis horas, fundamentalmente, a la librería. Siendo Benavente un pueblo en torno a los 40 o 50 habitantes -dependiendo del año y de la estación- y cuya edad media supera los cincuenta y pico años, quizá llamarla librería resulte excesivo pero así es como estaba escrito en el cartel de la casa desde los tiempos de mi abuelo. Tiempos buenos, mejores, al menos para el negocio. La mayoría de los libros databan de aquella época, otros eran de segunda o tercera mano y el resto, un par de ejemplares al año, novedades que iban directamente a casa de Julia, suscriptora de una revista mensual de literatura y principal cliente de la casa.

6 de diciembre de 2010

Ernesto Viana


1




La primera vez que vi a Ernesto Viana fue en el entierro de mi mujer.

-Hola -me dijo al salir de la iglesia-. Soy Ernesto.

Apreté la mano que me estaba ofreciendo aquel hombre alto con barba y le pregunté que qué tal, como si saludase a un Francisco cualquiera.

-El hermano de Nuria -añadió, clavándome la mirada como si fuese yo el desinformado.

-Julián -le corregí.

-Ernesto -repitió.

Asentí por cortesía y traté de reanudar el camino como si nada.

-Perdone.

Me volví y me encontré de nuevo con sus ojos, ya relajados.

-Gracias por haber cuidado de ella.

Gracias, me dijo. Gracias. Como si aquel desconocido considerase a Nuria más suya que mía. Como si estuviese en situación de agradecerme lo que yo había hecho por el amor de mi vida, por la mujer con la que he estado casado 32 años.

-No hay de qué -respondí, apretando los labios.

Una vez dentro del coche le señalé y le pregunté a mi hija si conocía a ese hombre alto con barba. Me dijo que no y no me devolvió la pregunta. Al llegar al cementerio busqué disimuladamente entre los familiares y amigos que se habían acercado y sentí un alivio muy profundo al no encontrarle. Di por supuesto que era un loco o un bromista con escaso sentido de la oportunidad y dejé de pensar en él durante el resto del día. Al cabo de poco tiempo me olvidé casi por completo. Casi, porque entre las lastimosas sensaciones que me embargaban al recordar el entierro, una de tantas era aquella, inoportuna y surrealista, del hombre alto con barba que dijo llamarse Ernesto y que se presentó como el hermano de mi mujer.

5 de diciembre de 2010

La piel restante


8 (final)




Lo poco que contaron los periódicos fue absolutamente cierto: en la madrugada del 13 de diciembre de 2009 una prostituta armada que respondía a las iniciales B. G. E. había herido de muerte a un hombre de 20 años y a otro de 36. Este último, P. L. H., fue hallado desnudo y con evidentes signos de violencia. Al cabo de tres días, una breve nota de prensa emitida por el departamento de policía informó que en el ordenador de P. L. H. se había encontrado abundante pornografía infantil además de diversa documentación que incriminaba a la víctima como comprador y distribuidor a gran escala de dicho material. La versión de Blanca fue aceptada por el fiscal -aunque ya se encargó Julio de que mi nombre no apareciera ni los informes ni en los medios- y mi amiga fue rápidamente puesta en libertad. Sergio no tenía padres y, después de pasar unos días en casa del oficial Gómez -o sea, de Pitu-, se vino a vivir conmigo. En cierto modo, me hago responsable de la muerte de su hermano aunque, por el camino que ambos llevaban, puedo decir que también me hago responsable de la vida de Sergio. Ttal vez de la primera que puede recibir ese nombre y por mucho que diste de ser perfecta.

Al poco tiempo, Julio apareció en mi casa. Sin saber muy bien si manifestar alegría contenida o preocupación esperanzada, me informó de que, según los archivos encontrados en el ordenador de Pablo Luján, era muy probable que mi hijo estuviera vivo. No lo dijo pero, por su tono grave y apagado, entendí que había podido verle en otros vídeos. Quizá en uno o quizá en varios. Tras escuchar sus explicaciones, sus rodeos, sus vacilaciones y sus motivadas sospechas sobre el paradero de Daniel, mi alma se desató con tal ímpetu y con tanta rabia que lloré y besé a Julio y le abracé tanto que sentí morirme en sus brazos y en el interior de su pecho. Sergio, que nos había estado observando desde su habitación, cerró silenciosamente la puerta y nos dejó a solas.

3 de diciembre de 2010

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La piel restante


7




Había visto a Pablo y a Blanca desnudarse. A Pablo completamente y a Blanca hasta quedarse en ropa interior. Había visto a Pablo decirle a Blanca que la había deseado durante todas las horas del día, y a Blanca contestarle a Pablo que a la mañana siguiente seguro que se acordaría de ella cuando fuera al baño. Había visto a Blanca colocándose la polla de plástico y metérsela a Pablo violentamente. Había visto a Blanca encadenar, abofetear, azotar, pinchar y quemar a Pablo, y a Pablo resistirse, ceder, gemir, gritar y llorar. Había visto sangre. Después me vio entrar. Me vio hablar con Blanca y discutir con ella. Me vio agarrarla y empujarla fuera del cuarto. Me vio cerrar la puerta. Me vio dirigirme a Pablo, que reptaba sin apenas fuerzas sobre el suelo manchado de sangre y babas. Me vio agarrarle del pelo y tratar de dirigir su mirada ausente a mi móvil, al video en el que violaban a mi hijo. Entonces le vio hablar y reírse y a mí gritar y empezar a torturarle para que respondiera por qué había pronunciado el nombre de Antoni y a quiénes se refería diciendo que sabía dónde estaban. Me vio gritar que Antoni estaba en la cárcel, que Emilio estaba muerto y que lo había matado yo. Y vio a Pablo fuera de sí, repitiendo “está con él, está con él…”, como si disfrutara desvelando a medias aquel secreto, mostrando que lo tenía y a la vez que no quería revelarlo, manteniendo el dolor provocado por mi rabia. Y entonces volvió Blanca, con la pistola, y llorando me ordenó que dejase a Pablo y que me fuese rápido de allí. Entró el yonqui. Blanca le disparó, Sergio gritó y Blanca repitió el tiro hacia la ventana. Me abalancé sobre mi amiga pero ella también me disparó. Falló y alcanzó a Pablo. Intenté reanimarlo pero fue imposible. Pablo Luján estaba muerto.

2 de diciembre de 2010

La piel restante


6




Después de contar todo esto, después de poner en antecedentes, como dicen, resulta mucho más fácil explicar por qué en la noche del viernes un yonqui armado entró por la puerta de una habitación del club Noane y descubrió a un hombre desnudo y a cuatro patas sobre el suelo, con una mujer vestida de látex apretándole con fuerza los testículos y a otra mujer de pie ante los dos, amenazándoles con una pistola y sin más prenda que una polla tiesa de plástico azul apuntando desde su ingle en la misma dirección que el arma de fuego.

El yonqui, un indigente de apenas veinte años, era una de las partes del dispositivo “de lujo” que Pitu había preparado para vigilar a Pablo y protegerme. La otra parte era el hermano pequeño del yonqui, un niño pecoso llamado Sergio. El niño había estado aquella noche espiando desde el balcón hasta que, viendo aparecer la pistola, había llamado por el móvil a su hermano con la intención de que éste interviniera y, salvándome, pudiesen añadir unos euros más a los ya prometidos por Pitu. Quizá no contaba con que Blanca sería mucho más rápida y que dispararía antes que su hermano.

Hasta entonces, Sergio había visto demasiadas cosas.

1 de diciembre de 2010

La piel restante


5




Pitu tiene las manos como el resto del cuerpo: grandes, peludas y torpes. Pero sus manos torpes, al igual que el resto de su cuerpo torpe, cuentan con la ventaja de que se conocen el defecto y que se resisten a él como un borracho a mitad de frase. Pitu es un hombre sincero, aunque esa sinceridad a menudo la manifieste a través de evidentes falsedades. Convencerle de que vigilara a Pablo Luján fue tan sencillo como aparentar que me convencía. En lugar de razones yo le ofrecí sospechas y él hizo pronto una llamada creyendo adelantarse a mis deseos. También cree que se adelanta con las flores y yo jamás le he desmentido. Esa es mi verdad y es tan de verdad como la suya. Con él no me acuesto por dinero, aunque me lo dé, ni tampoco por favores, aunque me los haga. Con él me acuesto por sus manos grandes, peludas y torpes. Y por su cuerpo empeñado en superarse.

Perder la gracia (o Cómo ser un desgraciado)



Fija-tí, Viiiinga, Quérposo, Digameló... ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Que no soy gracioso? Bueno, eso también. Pero lo que quiero demostrar es que hubo un momento desgraciado, un instante antimágico, en el que Martes y Trece dejaron de tener gracia. ¿Y qué sucedió entonces? Que nos acometió el hastío y la zozobra. Las familias se truncaron, los vídeos dejaron de grabar y el mensaje del rey perdió casi toda su audiencia. Desde entonces sólo quedaron los que disfrutaban experimentando con el mando a distancia... Y ahora ya ni eso. Con el TDT y esas décimas de más que tarda en cambiarse el canal, el mensaje del rey ha perdido su encanto. De seguir así las cosas, dentro de nada ni siquiera nos reiremos de cuando le cambian la cámara. Que el pobre (es un decir) siempre va desacompasado.

Lo de perder gracia no tiene ninguna gracia. Les pasa a los niños cuando crecen, a Nuria Roca cuando se hace mayor y hasta a la nieve le pasa. Que al principio todo son fiestas y risas y venga a lanzar bolas y a hacer ángeles... Pero a los tres meses de crudo invierno y de penurias matinales en la ducha, bien que pagarías por un poco de calor. No me imagino a los niños de Siberia haciendo muñecos de nieve, ni al pequeño Viacheslav riéndose porque el pequeño Sergei le ha lanzado una bola. Más bien me imagino al padre de Viacheslav apuntando al pequeño Sergei con una kalashnikov.

En Siberia debe de hacer un frío de cojones. Fijaos si debe de hacer frío que a la gente la deportaban allí, que debe ser como mandar a la pared castigado pero siendo la pared el fondo de la nevera. En el fondo de la nevera conviven los condenados, los elegidos y los olvidados. Los condenados, como los danones de coco del pack de doce. Los elegidos, como los botes de cerveza de antes de un partido. Y los olvidados, como ese plátano que ha sido separado del grupo y que tiene una raja que se está endureciendo y llenándose de moho. El plátano es una fruta paradójica: cuanto más se aleja del sol más moreno se pone. Una semana en el fondo de la nevera y un plátano se puede transformar en la polla de Makelele.

Una fruta que debería estar condenada al fondo de la nevera y que, sin embargo, la ubicamos privilegiadamente en la puerta, son los medios limones. Que, además, siempre nos sorprendemos de lo bien que caben en la huevera. Pones allí el medio limón, lo miras y piensas: "Joder, yo debería de haber sido ingeniero." El caso es que una vez colocado allí, compartiendo espacio con huevos y salsas, con todo a favor para triunfar, ese medio limón ya no lo toca nadie. Y eso le lleva a convertirse en otra fruta paradójica: cuanto menos se la toca más dura se pone.

Hablando de Makelele, Siberia tiene una extensión formidable: más de 13 millones de kilómetros cuadrados. que vienen a ser como 130.000 campos de fútbol. Yo propondría al campo de fútbol como unidad métrica nacional. Es decir tantos campos de fútbol y ya todo el mundo lo entiende. Sin embargo, tú le dices a un esquimal que Siberia tiene una extensión de 130.000 campos de fútbol y se queda igual que estaba. Pequeñito y alelao. La unidad que utilizan los esquimales son los iglús. Eso mide tantos iglús. Los iglús tienen una superficie media de unos 35 metros cuadrados que, para que me entendáis, es lo que viene a ser un tercio del área pequeña de un campo de fútbol.

Tenemos una imagen muy igualitarista de la sociedad esquimal. Es tal que así. Tú le preguntas a cualquier persona "¿Qué opina usted de la sociedad esquimal?" y te dirá "Pues tengo una imagen muy igualitarista de ella." Todos los iglús miden más o menos lo mismo y no se conocen ni chabolas iglú ni mansiones iglú. Que debe ser porque allí los especuladores inmobiliarios de iglús no tienen espacio para colgar los Picasso ni para poner los animales disecados. Ellos son más apañaos y como el Mamut no les cabe lo meten bajo el hielo.

Aquí en España no tenemos ninguna Siberia para poder deportar a la gente. Lo más parecido sería mandarles a Sevilla o a Murcia en pleno agosto a pasar calor, pero no creo que la cosa resultara. Los bares se llenarían de indeseables ociosos y cocidos a base de cerveza, vino y sangría... Pero eso, claro, no se lo imagina nadie.

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