
Dos asientos en la estación de trenes.
Seis o siete restaurantes.
Más o menos los mismos bares.
Cuatro o cinco pubs.
Dos o tres cafeterías.
Tres hoteles.
Una esquina frente a la Catedral.
Un banco en el parque.
Un cine.
Un museo.
Algún billete entre las páginas de un libro.
Una chapa de Epi y Blas.
Una pulsera rota.
Un llavero roto.
Una camiseta del tamaño equivocado.
Una goma para el pelo robada.
Aproximadamente,
esas son las cosas suyas que tengo
(que yo recuerde y recuerdo bastante).
Antes las llevaba encima
o me las quedaba mirando
o las veía de paso...
Dependiendo.
Me gustaba sentir que los objetos y los lugares compartidos
permanecían aun después de marcharse ella
o de marcharme yo.
Demasiado poco tiempo como para poder vivir del aire.
Ahora no.
Los objetos están reunidos en donde apenas los frecuento.
Los lugares a veces pasan junto a mí sin decirme nada.
Unos y otros cada vez son más inútiles.
Me incomodan los recuerdos de su ausencia.
2 comentarios:
Cuando cada objeto y lugar está impregnado de esa carga de recuerdos, los reencuentros con esa materia que viaja en el tiempo suelen dejar el cuerpo un poco raro.
Tiempo, tiempo y más tiempo para poder volver a mirar los objetos con cariño sin pizca de resentimiento y con ausencia de indiferencia. La cara y la cruz del amor pero defiendo los gratos recuerdos ausentes a no tener ningún recuerdo al que volver. Besos
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