4 de julio de 2011

La justa indignación del madridismo



Uno de los grandes síntomas de la desilusión política que vive este país ha sido el abandono de aquella costumbre de los cien días de gracia. Como el portugués que llega para marcar goles en el Madrid o el extremeño arribado a EEUU para meter triples en la NBA, el recién llegado a las alturas públicas, flamante y refulgente como el culito de un niño, disponía de un tiempo para adaptarse a su nueva situación. Ya se sabe: al estrenar un nuevo despacho uno nunca acaba de saber dónde quedan los bolis, dónde se piden los folios o cuál es el armario de los comisionistas.

El problema actual con nuestros políticos es, a grandes rasgos, el mismo que apuntó Camba respecto a los suyos: "Un ministro nuevo suele ser un subsecretario viejo, un gobernador viejo o un general viejo." O sea, que aquí nos conocemos todos y que apenas quedan despachos vírgenes donde aventurarse: el presidente fue secretario general, el secretario general fue ministro, el ministro fue consejero, el consejero fue alcalde... Tan pisoteado está el terreno que no tiene sentido el mito de la adaptación, como tampoco lo tendría si aquel portugués se llamara Cristiano Ronaldo o aquel extremeño José Manuel Calderón.

No es el caso. En la política la calidad no se mide por valía sino por años y así les va a los ex-frailes cocineros. Uno de tantos, este Xavier Trias. El "nuevo" alcalde de Barcelona, preguntado por las desgracias de la vida respondió que una y bien grande sería la de tener un yerno del Espanyol o del Madrid. Total, nada que no suscriba cualquier barcelonista respetable. En esto que llegan los medios vocingleros e interpretan que las palabras del alcalde suponen una grave ofensa para los seguidores... ¡del Espanyol!

¿Pero cómo? ¿Cómo podrá ofenderle a los barceloneses espanyolistas que su alcalde les iguale -manque sea en la desgracia- con los barceloneses madridistas? ¿Cómo podrá ofenderse esa minoría puesta por su alcalde al mismo nivel -manque sea numérico- de aquella mayoría? ¡Los ofendidos, en todo caso, deberían ser los numerosos y admirables seguidores del Madrid! Ante los chillidos indignados de la grada, Xavier Trias ha creído conveniente pedir perdón a los pericos. De buena mañana, el alcalde de Barcelona ha llegado al Ayuntamiento, se ha palpado los bolsillos y, como quien se olvida las llaves en casa, se ha disculpado ante su chófer por haberse dejado también la hipocresía.

2 comentarios:

raindrop dijo...

La indignación es un recurso demasiado fácil últimamente.
Yo me quedo con que no me indigna quien quiere sino quien puede. Y este tipejo no puede (ni de lejos).

Juan Rodríguez Millán dijo...

Pero a mí se me despierta una duda... ¿Qué es peor, la palabra o la acción? Quiero decir, ¿qué es peor? ¿Que el alcalde de Barcelona desprecie con una frase a uno de sus dos equipos o que el lehendakari de Euskadi pague el nuevo campo del Athletic y no la reforma del de la Real? Cambio hechos por palabras gustosamente, a pesar de lo bobo que hay que ser para ofender tan alegremente a una parte del electorado, por ínfima que crean que es.

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