
No sé a qué viene -es decir, de dónde viene- la asimilación histórica entre pureza y virginidad. Quizá provenga del mismo lugar desde donde se enlazó al alma con el cielo o al cuerpo con la tierra o desde donde se estableció que los dioses debían morar en las alturas. El tiempo va matizando, poco a poco, las dicotomías, y las devuelve al caos desde donde se sacaron para explicar a los hombres un mundo desconocido.
En el Tratado sobre la tolerancia, Voltaire utiliza un relato antiguo en el que puede intuirse un estado de inocencia cristiana, ignorante a su manera, previo al maniqueísmo esquematizador y mucho más ignorante de los futuros inquisidores. Se trata de un episodio de la vida de Gregorio Taumaturgo. Este discípulo de Orígenes, enviado a predicar a la región de Neocesárea (en la actual Turquía), tuvo que alojarse durante la noche en un templo de oráculos debido a una fuerte tormenta. A la mañana siguiente, al sacerdote encargado del templo le extrañó que los diablos que hasta entonces habían emitido oráculos permaneciesen en silencio. El sacerdote los llamó y al rato éstos acudieron para explicarle que el visitante “había hecho signos de la cruz” durante su estancia y que, por tanto, ya no podían habitar aquel templo. El sacerdote hizo entonces detener a Gregorio y éste, después de asegurar que tenía todo el derecho de expulsar a los demonios allá donde quisiera, finalmente llegó a un acuerdo con su captor. Gregorio cortó un papelito y en él escribió la siguiente nota: “Gregorio a Satán: Te ordeno que vuelvas a entrar en este templo”. El papel fue puesto sobre el altar del templo y los demonios regresaron y volvieron a rendir sus oráculos como de costumbre. Gregorio quedó así libre y siguió con su camino.
Nada es lo que parece. A Satanás se le representa con patas y cuernos de macho cabrío porque, antes que a él, esas patas y esos cuernos sostuvieron y coronaron a los faunos, personificación de los impulsos naturales, de los instintos irreflexivos, de la alegría desbordada en la mitología griega, a su vez inspirada en la oriental. Desde antiguo, la cultura popular ha acompañado a los demonios con máscaras y campanillas, con risas que eran a la vez de burla y de veneración, mientras las autoridades requerían adorar a la divinidad con lágrimas y sufrimientos por la inocencia perdida.
En la cristiandad no podían caber aquellos dioses y héroes paganos e inmorales que gozaban allí donde los mártires manifestaban el heroísmo de sus sufrimientos. La pureza del hombre, relacionada con su parte divina, se buscaba en aquello que se creía más distante de sí: en el pensamiento depurado de pasiones y en la voluntad arrancada del cuerpo. La santidad, el ideal de existencia para el ser humano, radicaba en el desierto, en la ausencia de estímulos, en la nada absoluta. La afirmación sólo era posible a partir y a través de la negación personal.
Pureza y virginidad se establecen como conceptos que, una vez asimilados, hacen concluir que el mundo mancha y que conviene aspirar a la inacción o una acción determinada por el alejamiento de lo propio. Nada más puro, sin embargo, que ser consecuente con lo que uno es, tiene y siente… ¿Puede haber, entonces, pureza en la virginidad, en lo no tocado, en lo no vivido? En todo lo humano hay demonios que no conviene expulsar.