Durante estos primeros días de abril, mi madre ha iniciado una intensa campaña cuyo objetivo principal es urgirnos a mí y a mis hermanos a engendrar pronto a sus nietos. Aparte de las razones que se sobreentienden en cualquier discurso de esta naturaleza, ella nos ha ofrecido un dato irrebatible y un deseo a flor de piel. El dato: que mi abuela a su edad ya tenía a todos los suyos. El deseo: que disfrutaría mucho comprándoles cosas. Ayer domingo, poco antes de entrar en el portal de casa y mientras yo palpaba el enésimo bolsillo de mi chaqueta en busca de las llaves, me enunció ambos motivos, dato y deseo, seguidos de una curiosa advertencia:
-A este paso tendré que adoptarlos.
El sol caía entonces a plomo sobre el empedrado y es posible que el brillo que adiviné en los ojos de mi madre se debiera a simples causas astronómicas. Sin embargo, también podía ser que no y la duda me hizo responder con mayor seriedad de la acostumbrada:
-Es que no me quieren, madre -le dije, derramando varias sombras sobre la acera.
-¿Cómo te van a querer si no te promocionas?
-Pero es que antes debo hacerme un hombre de provecho.
-¡Ya eres un hombre de provecho!
-Que va. De momento sólo soy un hombre aprovechado.