7 de junio de 2011

Lluvia de junio





Ha dejado de llover inesperadamente, como había empezado.
Por la ciudad se ha extendido un silencio cálido y musgoso.
El aire huele a cerrado, a grieta antigua resguardada,
y con delicadeza acuna las ramas nuevas de los árboles
provocando caricias repetidas en el encuentro de sus hojas.

4 de junio de 2011

Autoengaños



-¡Felicidades!

-¡Muchas gracias, Alfredo!

-¿Cómo estás?

-Bien, gracias. ¿Y qué tal tu operación trikini?

-Ahí estamos.

-Yo la mía la llevaba bien hasta hace un par de días pero ahora mismo me tengo aquí con un café y dos madalenas. Por suerte el lunes es día de propósitos y me propondré ir al gimnasio.

-Como cada lunes de cada semana.

-Sí. Los lunes son para cada semana lo que el mes de septiembre para todo el año. En septiembre nos proponemos ir a inglés o dejar de fumar y cada lunes ir al gimnasio o aguantar todo el día con dos ensaladas.

-Eso es. Todo es ponerse. Tómatelo con calma porque puede ser duro y si te sobrecargas puede que te agobies. Piensa que es un largo camino, agradable poco a poco...

-Sí, yo la verdad es que no me apuro mucho. Soy muy de negociar conmigo mismo y de estafarme en mi propio favor. Me digo: "Va, hoy no iré al gimnasio pero a cambio no tomaré Coca-Cola." Y luego: "Va, me tomaré una Coca-Cola pero no pediré postre." Y luego: "Va, pediré postre pero mañana iré al gimnasio." Y así.

-La pescadilla que se muerde la cola. Tienes que buscar actividades que te gusten y con las que hagas ejercicio.

-Difícil. Mis aficiones son muy sedentarias y la única afición que tengo en la que se hace ejercicio no puedo ejercitarla por falta de colaboración femenina.

-Tendrás que buscar otra.

-Hace un par de años me aficioné a la bicicleta y me iba al puerto por las tardes pero luego empezó a llover y dejé de ir y se desengrasó la cadena y se desinflaron las ruedas... Y ahora me da pereza retomar la actividad.

-Correr y una dieta sana hace mucho.

-Mi principal lastre es que me cuesta deshacerme de los hábitos, sobre todo de los malos: los refrescos, las patatas fritas, las galletas de chocolate... Algunas veces consigo engañar a mi organismo haciéndole ver que una ensalada puede ser la experiencia más fascinante y enriquecedora del mundo... Pero las pequeñas farsas son muy difíciles de mantener, mucho más que las grandes.

-Suele pasar... Pero luego aprecias más la comida y el sabor de la fruta, verdura etc. Parece como si la grasa tapara el sabor de las cosas.

-Uy, no sé. Yo no he alcanzado ese nivel de sensibilización alimenticia.

-Si sigues por el buen camino, ¿quién sabe?

-Mira, al menos tengo la suerte de no tener patio ni jardín ni ningún espacio para montar una barbacoa ni tampoco dinero para comprármela. Eso sí que sería mi ruina.

2 de junio de 2011

Trascendencias



La principal peculiaridad de Valencia –al menos para los que viven allí y no requieren que nadie les venda la ciudad a base de edificios estrafalarios y, en su mayoría, inútiles- es el cauce sin río que la recorre de Oeste a Este, de camino al mar. Tanto si se opta por un paseo siguiendo sus elevados márgenes como si se desciende hasta el lecho, la experiencia puede resultar igualmente satisfactoria: en los márgenes, porque se ofrece la poco habitual compañía de las copas de los árboles; en el lecho, porque la ciudad parece quedar lejos de su entramado de sendas boscosas, parques infantiles y campos deportivos… Con la apreciable ventaja que proporciona lo ficticio de tal lejanía. A la hora del crepúsculo –hora que en los solsticios suele alargarse hasta un mínimo de dos- allí se concentran familias de todo tipo, amantes de muy diversa condición, grupos de turistas, corredores de fondo, solitarios empedernidos y otras especies más o menos humanas y de mayor o menor calado estadístico.

A esa hora incierta, en la transitada intimidad de un espacio abrupto y frondoso encajado entre el campo de beisbol y el Puente de las Artes, se reúnen muchos días, desde hace no sé cuánto ni hasta cuándo, un viejo y una puta. Él es un hombrecillo pálido, canoso, reflexivo y sosegado como un maestro sin alumnos, con la vista baja pero sin apariencia de haberla rendido al tiempo. Ella es una preciosidad de rasgos y formas dulces, sin ningún exceso, con el pelo moreno y corto, a lo francés, tan cuidado y liso que podrían inventariarse sus cabellos a distancia. La puta –y la llamo así no porque lo sepa sino por el revelador contraste entre ella, el paisaje y su compañía- se sienta a la izquierda del viejo, le mira a los ojos y parece escucharle con atención sincera e interesada mientras él le habla con un tono monocorde, propio de palabras consabidas.

-Creo que es a partir del día nueve –le decía, mientras yo pasaba cerca- cuando empiezan a cobrar por las bolsas de plástico.

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