4 de agosto de 2011

El cuadernillo naranja (82)



Lo grande en lo pequeño y lo pequeño en lo grande. Así son las cosas. Después de una odisea como la de acabar con una monarquía multisecular, los revolucionarios franceses decretaron cambiar el calendario y llamar Nevoso y Lluvioso a los días comprendidos entre el final de diciembre y la última semana de febrero. Nada de dioses, emperadores u ordinales arábigos en los nombres. Mussolini también pensó en los detalles: mientras intentaba reorganizar el Imperio impulsó el tratamiento de vos en lugar del de usted. Un rasgo diferencial como otro cualquiera. Igualmente están esas moscas en las caras de los niños pobres de África, que tanto molestan a quienes las miramos y tan poco, al parecer, a ellos. Pero tampoco hay que caminar tanto. En Europa, durante las grandes guerras, se cargaba con los muertos como si fuesen patatas porque todo es hacerse a la idea. Aunque también depende. Las moscas, por ejemplo. Dalí las utilizó para simbolizar la decadencia y la muerte pero también para empaparse de vida y de emoción. A las moscas del vinagre (Drosophila melanogaster, es decir, "Amante del rocío de vientre negro") el pintor las atraía primero hacia sus labios con miel y azúcar de dátil y después las atrapaba entre ellos para sintonizar con sus vibrantes zumbidos radiofónicos.

***


Uno habla con vos y es como si al mismo tiempo estuviera solo, y a lo mejor es por eso que uno habla con vos como yo ahora. Pero entonces estaban los otros, y jugábamos a tomarnos en serio.

Julio Cortázar.


No hace mucho tiempo, en una capital de provincia se promovió una fuerte protesta y casi un conflicto de orden público, porque algunos catedráticos de universidad, contra su costumbre, dieron en ser muy rigurosos, con lo cual el número de alumnos disminuía y las casas de huéspedes y los establecimientos de recreo de todas clases que viven de los estudiantes no ganaban dinero por falta de clientes.

Manuel Azaña.


No censuro que el hombre adore las novedades; me opongo a que adore la novedad.

G. K. Chesterton.


Si algun dia, com tot sembla indicar-ho, haig de donar algun cop de sabre, que Déu faci que el cop de sabre no sigui massa amanerat.

Josep Pla.


Y al regresar no seremos como esos viajeros que no son capaces de dar una idea exacta de nada. Nosotros sabremos adónde hemos ido, y recordaremos lo que hayamos visto. Los lagos, los ríos y las montañas no estarán confundidos en nuestra memoria, ni cuando queramos describir un paisaje determinado nos pondremos a discutir sobre su relativa situación. ¡Que nuestras primeras efusiones no sean como las de la mayoría de los viajeros!

Jane Austen.

3 de agosto de 2011

El Carrer dels Adressadors



Del Carrer dels Adressadors puede decirse que tiene la desacostumbrada virtud de ser un lugar a la vez pintoresco y limpio. Pintoresco sin ser roñoso y limpio sin ser estéril. Cincuenta, cien años atrás, el encanto de esta calle de la capital se habría asignado, sin dudarlo un momento, a la burguesía floreciente, a esas mismas familias emprendedoras que hoy se marchitan o malresisten bajo el implacable sol del mercadeo y sus políticos.

Los rasgos particulares de este tipo de espíritus -la anchura y decencia burguesas- pueden respirarse tanto en el interior de sus negocios (de sus talleres artesanales de madera y mimbre, sobre todo, pero también de sus tiendas de ropa y juguetes) como en el agua que riega cada mañana su empedrado. Un agua que permanece, purificadora, durante buena parte del día, contra esta irritante lógica de agosto y su olor a aperitivos reciclados.

Los talleres de artesanía del Carrer dels Adressadors se dividen entre tiernos y versallescos, es decir, entre los que aspiran a casa de Gepetto y los que aspiran a casa de muñecas. Los primeros los regentan integrantes de corrillo de café, mujeres de unos cuarenta o cincuenta años y, sin embargo, con voz de madre primeriza, mucho más próximas al "cómo estás" que al "qué desea". Los segundos establecimientos, que tienen un aire estancado de museo, están dirigidos por señores de treinta y muchos con un evidente y sofisticado amaneramiento. "Hola", te dicen, nada más entrar. Si en aquellos dominan las aristas y el barniz, en estos avasallan las molduras y los acolchados. Si aquellos huelen a carpintero pujante, estos rezuman un barroco perfume de cajón de sacristía.

De los portales de las fincas, pintorescas pero limpias, viejas pero no descuidadas, salen de tanto en tanto algunas señoras con permanente, vestidos más o menos blancos y cara de dirgirse al mercado central -aunque luego recalen en el bar o en los bazares chinos circundantes. Con ellas se cruzan, sin mezclarse, algunas extranjeras de aquellas altas, rubias y distantes, esfinges que se detienen frente los escaparates sin ninguna intención de comprar pero tampoco de mirarse en el reflejo.

2 de agosto de 2011

Tres generaciones



Sabrás que no acostumbro a hablarte sobre el porno que veo. Sólo si el asunto lo merece -y no suele merecerlo- comparto contigo la información para que luego puedas juzgar libremente, a tus anchas y, diríase, de primera mano. Como cuando te pasé aquel video -¿recuerdas?- en el que sólo había una mujer y pocas veces hubo tanto. Aquel ejemplo tan sencillo me permitió convencerte de que toda complicación surge a partir de una derrota previa, de una carencia incuestionable. Con este otro ejemplo intentaré completar la teoría, cuadrarte el círculo, y demostrarte que sólo el enfrentamiento contra tales derrotas y tales carencias nos permiten alcanzar los rectos caminos del arte. En esta ocasión -y mientras no me pidas lo contrario-, tendrás que conformarte con lo que imagines.

El vídeo se llama "Tres generaciones" y comienza con una flagrante omisión: nada ni nadie nos explica cómo se ha llegado a la peculiar circunstancia de que una madre y una hija estén follando al mismo tiempo con el mismo señor. En realidad, nada haría suponer que una y otra son madre e hija -no lo parecen demasiado- pero, tanto el título de la pieza como la evolución posterior de los acontecimientos nos ponen sobre la pista de que así se ha tramado. Al espectador no le queda más remedio que aceptar el hecho, sumisamente, no vaya a ocurrir que por no suspender el juicio el resto le quede suspendido.

Todo avanza según lo esperado, sin sorpresas, con la supuesta madre y la supuesta hija compartiendo satisfactoriamente a un otro a quien nada se le supone. En estos primeros lances la única originalidad recae en las suposiciones y, éstas, de momento, ni tan siquiera. La cosa cambia cuando aparece la última y avisada suposición: la madre de la madre. Se trata de una mujer madura, de unos cincuenta años, rubia y, según se ve en su vestido azul, muy satisfactoriamente conservada.

El paripé, como supondrás, no puede ser más tópico y tampoco es que se hayan esforzado por hacerlo más creíble: la señora hace que pasa por ahí y, haciendo caso omiso de los ruidos del salón, finge reparar en lo que ocurre a escasos metros del berenjenal. En fin, que ella se escandaliza, sus descendientes se asustan, y el buen señor sigue, como si nada, dándole que te pego a la nieta ajeno al golpe de guión. El detalle es el más gracioso del video y lo es hasta el punto de que la chica tiene que decirle al chico que pares, hombre, ¿o es que no ves que mi abuela acaba de pillarnos a mi madre y a mí follando contigo?

Pero ahí no se agota el interés del producto. Una vez asumido el fatídico trance -cada uno lo hace según sabe y la única pretensión interpretativa del chico parece ser la de conservar su erección-, la abuela suspira resignada y resignadamente se quita el cinturón dorado que le ciñe lo que le queda de cintura. La hija y la nieta se llevan entonces las manos a la boca, horrorizadas, creyendo que van a recibir unos azotes de castigo. Convendrás conmigo en que el equívoco es magistral. Nadie esperaba esa reacción de temor por parte de las chicas porque nadie podía esperar una amenaza semejante en estos momentos, a estas alturas de civilización. "¡No, no, no...!", exclaman las dos mujeres, desamparadas y geniales. La abuela, consciente de la reacción que ha provocado su gesto -quién sabe si intencionado-, juguetea un poco con el cinturón dando a entender que en absoluto se equivocan y que van a recibir lo suyo. Pero eso no dura. No podía durar. La mujer lanza el cinturón a un lado y entonces empieza, ahora sí, a desnudarse.

Bien. Por último quiero que repares en cómo, al tiempo que la abuela se va desnudando, la hija y la nieta le comentan sucesivamente la jugada. Tranquilo, que yo te lo cuento. Primero la señora se despoja del vestido azul y las dos chicas gritan escandalizadas por el piercing que le descubren en el ombligo. Luego la señora se saca el sujetador y las chicas gritan escandalizadas por los piercings que le descubren en los pezones. Finalmente, la señora se quita las bragas y las chicas gritan escandalizadas por el piercing que también le descubren. El comentario de la señora ante semejante escándalo contiene una interesísima lección que espero que no te pase inadvertida: "I'm not dead!", protesta, utilizando así las únicas porciones inertes de su cuerpo como síntoma y demostración de que aún sigue viva. Luego también se folla al tipo, claro. Pero eso ya qué importa.

1 de agosto de 2011

El cuadernillo naranja (81)



Mientras espero mi turno hojeo una revista pero no la estoy leyendo. Les escucho. El peluquero y el adolescente están hablando de Ibiza, de sus noches sin fin y de la felicidad que aporta la inconsciencia. Al parecer, según cuentan, aquello ya no es lo que era. Donde antes se reunían los hippies ahora abundan los pijos y los bakalas. El peluquero explica que estuvo viviendo allí un par de años, hace unos veinte, trabajando para Llongeras. "¿Cómo que si le conozco? ¡Era mi jefe!". Dice que fueron años maravillosos, inolvidables, y a ratos sus recuerdos aparecen tan explícitamente intensos que detiene el movimiento de sus manos y se calla a mitad de frase. El adolescente, haciendo honor a su edad, actúa entonces como quien está de vuelta de todo y no percibe la obligación moral de respetar los silencios. Lo que más me sorprende, sin embargo, es el lenguaje y el tono que despliega, avasallador, ante el espejo. Esas terminaciones de frase tan convencionales, tan maduras, que utiliza. Esos tics de teleserie, del tipo "para que me entiendas", que cualquiera lo diría a sus veinte.

***

El otro día, en el súper, la miró como otras veces la había mirado -preguntándoselo todo- y quizá de ahí surgiera el interés de ella por saber por qué callaba tanto. "Para una vez que no hablo...", respondió él. No dejaron de coincidir por los pasillos con varias mujeres también hermosas pero sólo ella le parecía hecha de otro material, sólo ella destacaba por encima del resto, incluso por encima de esa misma sinrazón de quererla, de amarla insistentemente, sobre todas las cosas.

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