6 de octubre de 2011

Festival de fiestas


Los de mi pueblo son la polla. Si va y ahora no se les ocurre otra cosa que montar unos Moros y cristianos. Se ve que no tenían suficiente con las procesiones de semana santa, las fallas, las romerías, el festival de bandas, las concentraciones de motos, los mercados medievales o los domingos de paella. No. Ahora también se apuntan a Moros y cristianos y además lo están anunciando con una naturalidad que parece que lleven haciendo filaes desde hace tres siglos. Ingenuo de mí. Pensé que ya lo había visto todo una soleada tarde de abril, jueves santo para más señas, cuando desde la ventana de un segundo piso una señora se arrancó por saetas y descargó sus gorgoritos al paso de la virgen. Morena, iba a decir. La capacidad asimilativa de los de mi pueblo no conoce límites. Igual se ponen a construir edificios de quince plantas que a inventarse fiestas municipales. Ahora sólo falta instaurar unos sanfermines como Dios manda. Y la señora alcaldesa o el señor cura tirando el chupinazo. No sé a qué vendrán tantos excesos. Me pregunto si esto no será como lo de ponerse a chupar suelas tras haber perdido el gusto por los pezones. Todo es posible. Y digo yo que, ya en plan de hacer extravagancias, podrían juntarlo todo y cumplir aquella fantasía hollywoodiense de quemar las figuras de los santos al compás de un pasodoble. Tiempo al tiempo. Como decía aquella campaña publicitaria: Impossible is nothing.

5 de octubre de 2011

Limón y caracoles



El sol se ha vestido de abril. Sus rayos se dividen en el aire dibujando alegres sombras sobre la tierra. Hoy el verde es más verde que nunca, el azul azul profundo y entre los verdes y los azules se levantan los dorados como hilos de oro sobre la hierba. Hoy se casa la duquesa en el Palacio de Dueñas, aquel lugar idílico de los versos de Antonio Machado: "Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, / y un huerto claro donde madura el limonero..." También Juan Ramón Jiménez, que frecuentó el palacio en su adolescencia, invoca su memoria en el aroma de aquellos árboles: "En el recuerdo estás tal como estabas. / Mi conciencia ya era esta conciencia (...) Entre aquellos geranios, bajo aquel limón, / junto a aquel pozo, con aquella niña..." Doscientos años antes fue Goethe quien, hablando de Mignon, quiso hablar de Dueñas: "¿Conoces el país donde madura el limonero / donde el verde naranjo da sus pomas de oro?" Toda infancia huele a cítrico, a preñez de gloria, a esas gotas que desbordan y llenan la pulpa de rocío. Hoy se casa la duquesa en el Palacio de Dueñas. Hoy es siglo XIX, digan lo que digan las cuartillas, los versos, los calendarios. Pido luz de mantequilla sobre la piedra vieja. Pido sonidos y sabores de Aranjuez.


***


-En algún sitio he leído que hay que tener cuidado con lo que deseas porque puedes conseguirlo.

-Sí, es una gran verdad. Al menos, para aquellos que no saben lo que desean. El éxito es como el fracaso: cuando más luce o cuando más se sufre es cuando aún no se ha dado. Nuestros grandes miedos se adelantan al peligro. Lo que más nos asusta es la amenaza de la amenaza.

-Todo esto es un poco nuevo: tengo un novio que es mucho mejor de lo que nunca podia haber esperado, un trabajo que me encanta, la oportunidad de formarme en idiomas y actividades que me gustan. Pero tengo miedo de que todo eso se vuelva contra mí.

-Lo tuyo es un problema de registro. Estás más acostumbrada a la sintaxis de queja que a la sintaxis de felicidad.

-Sí, lo sé. Es la comodidad de lo conocido.

-Debes tener cuidado con eso porque al final la forma constituye el mensaje. Si te alegras utilizando frases tristes lo normal es que acabes entristeciéndote. Y viceversa: si te entristeces con frases alegres la alegría tarda menos en aparecer. Tomárselo con filosofía, se llama.

-Estoy poco acostumbrada a que me vayan bien las cosas. Quizá es esto lo que me devuelve el karma, cosas buenas para compensarme lo anterior...

-Tú y tus pajas mentales.

-¿Son pajas mentales?

-Desde luego que lo son. Todo pensamiento que no tenga un sustento real es una paja como la copa de un pino. O de un pepino, para seguir con la metáfora.

-Yo creo en el karma.

-El karma es una proyección de nuestros deseos y temores. Somos nosotros mismos pero disfrazados con otro nombre. Nos cogemos y nos sacamos fuera para hacernos más manejables y, sobre todo, más accesibles a invenciones como las de la justicia o el equilibrio universal.

-A mí me gusta pensar que existe la justicia.

-Pues perdona que sea yo el que te lo diga pero los Reyes Magos no existen. Somos motas de polvo sacudidas por el viento. Pensar que hay justicia para los humanos es como pensar que hay matrimonio para los caracoles.

-Los caracoles son hermafroditas. Si no quieren no necesitan ni salir de ligoteo.

-Te equivocas. Son hermafroditas pero no pueden fecundarse a sí mismos. Tienen que currárselo como todo hijo de vecino.

-Pues qué rabia.

-Qué suerte, en realidad.

4 de octubre de 2011

Pasiones internas



María Kodama pidió que retiraran un libro de pretendido homenaje a su ex -y el nuestro- y la editorial Alfaguara le ha dado el gusto. Se trataba de una obra de Agustín Fernández Mallo llamada El hacedor (de Borges). Remake. Ejemplar maldito que a partir de ahora decorará y hará valer muchas bibliotecas. Pero no es esta benéfica maldición lo que me interesa. Lo importante fue que, a renglón seguido del secuestro editorial, se cruzaron opiniones a favor y en contra de Agustín Fernández Mallo, que dos de ellas compartieron una página de El Mundo y que sus autores fueron dos pesos pesados: Luis Antonio de Villena y David Torres. Esto es, repipi y el macarra. A Luis Antonio de Villena no puedo dejar de imaginármelo, pertrechado con su bufanda y su mantelería, con su vaho y su palidez, como un Mecenas chillón o un Nerón recién duchado. David Torres, muy en cambio, tiene formas de un Pérez-Reverte al que se le ha quitado todo menos los tacos, es decir, prácticamente nada. Uno y otro, el bello y el bestia, sacaron sus armas –florete el uno, garrote el otro- a propósito de Borges. Pues bien, para sorpresa y excitación mía, en esta ocasión fue el fino el que repartió las hostias. Aparte de ciscarse en aquello del Proyecto Nocilla, que ni sabe lo que es ni le interesa, llamó a Fernández Mallo adolescente y cuarentón. Y yo, entonces, cierro el periódico y me dispongo a imaginar no sé qué disputas privadas entre el odiante y el odiado, entre un Villena presto al entendimiento y un Fernández Mallo al que bastaría ver bajo el ala plumosa de Luis Antonio para sentirlo protegido. Cosas así me disparan la fantasía. También me pasa con Antonio Gala, tan concienzudamente anticlerical que no me cuesta nada verlo en hábito cardenalicio. O con Artur Mas y esos niños andaluces y gallegos a quienes no entiende cuando le hablan... ¿Cómo culparle a él si parece que se hayan tragado la Giralda y la Torre de Hércules? Lo último en estas reconstrucciones morbosas de la realidad ha sido lo del presidente del Barcelona y el posible fichaje de Pau Gasol mientras se resuelve el conflicto de la NBA. “No queremos temporeros”, ha dicho, y entonces en la tierra, ay, de mis pensamientos ha aflorado Miguel Hernández y sus aceituneros altivos. Andaluces de Jaén, siempre, por mucho que nazcan en Palma de Mallorca o en Sant Boi del Llobregat.

2 de octubre de 2011

Explicar la contradicción



Nuestra izquierda es una gran productora de tantras. Aquel famoso de los brotes verdes o este mágico de los mercados, que igual sirven para un roto que para un descosido que para una devastación universal. Uno de los tantras gubernamentales que gozan de mejor salud y que los portavoces llevan repitiendo desde que Zapatero eligió a Angela Merkel como ministra de economía es que sus errores, los errores del gobierno, se debieron a una mala comunicación, a que no supieron explicarse.

Jesús Caldera, ministro de trabajo cuando aún lo había y actual presidente de la Fundación IDEAS, lo dejaba claro en una entrevista publicada hace unos días en El Mundo: "Los mayores errores han sido las idas y venidas, los vaivenes y la falta de claridad en las respuestas. Hemos caído en contradicciones que no hemos sabido explicar, lo asumo. El presidente también lo ha reconocido y eso le honra." Desconozco si Santiago González habrá incluido estas declaraciones en Lágrimas sociademócratas, su próximo libro, pero vienen a ser un resumen bastante fidedigno de ese proceder de nuestra izquierda tan sabiamente versado por el periodista, aquel de las palabras al servicio de la política y de la exhibición del sentimiento como argumento final.

"Hemos caído en contradicciones que no hemos sabido explicar", explicaba Caldera. Fantástica frase, no me digáis que no. Siendo la principal característica de toda contradicción la incapacidad de ser explicada en términos racionales y resuelta sin asumir una rectificación, es de honrar que tanto el presidente como sus colaboradores se hayan empeñado en buscarle una causa alternativa al olvido o al engaño, que se hayan dejado los cuernos en la invención de una nueva lengua que todo lo perdone. Incluido el mal gobierno.

1 de octubre de 2011

La deuda




Tener un plan es básico para que la vida sea vida. Todo plan genera unas expectativas, fabrica unos ideales, justifica unos sacrificios. Los planes sucesivos materializan el espíritu y lo superponen a la materia que pasa. La deuda es la historia de dos fantasías llamadas "progreso" y "justicia", del secuestro del uno por la otra en el Berlín oriental y de sus consecuencias en un presente cada vez más doloroso. Aquí nada está resuelto aunque todo lo parezca desde el principio. Las simetrías entre las que se mueve la película son mera apariencia, un falso espejo que delata los efectos de la inconsistencia humana. Un juego de los siete errores. John Madden ha fabricado con esta película un relato sobre los vaivenes de la historia y de quienes la protagonizan y la narran. En La deuda la verdad se abre paso irreparablemente y lo hace como solamente puede hacerlo: a través del sufrimiento que supone renunciar a la opciones fáciles y a las soluciones de compromiso. Como dice la famosa frase: si quieres hacer reír a Dios cuéntale tus planes.




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