18 de enero de 2012

El cuadernillo naranja (86)




Al despertar de la pesadilla el corazón no me martilleaba el pecho. Me extrañó porque eso era lo que pedían los gritos y la certeza de la sangre que se anunciaba detrás de los cristales del coche accidentado. Inesperadamente, lo que hizo mi cuerpo al salir de su fantasía fue sentir con agrado la suavidad de las sábanas sobre la piel y de la luz incierta del amanecer filtrándose desde el patio. Volví a dormirme sin esfuerzo y sin haberme preguntado por qué aquella repentina ausencia de sensibilidad ante la amenaza, inexistente pero posible, que a veces trae consigo la niebla de los sueños. 

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Usar gafas me ha llevado a tratar de evitar los choques y, de ahí, a profundizar en la diplomacia y el arte de la persuasión. Cuando uno lleva todas las de perder la violencia nunca es la respuesta adecuada. 

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Pobre hombre. Jamás había visto una cara que expresara tanta lástima como la suya, que llamara tanto a la compasión en su estado habitual, neutro, de estar. Los ojos rendidos y, sobre todo, esas cejas formando casi un equilátero con base en su declinación. Cuando el semáforo se ha puesto en verde y los peatones de aquí nos hemos cruzado con los peatones de allá, le habría acariciado el hombro a mitad de calle para calmar así mi espíritu compungido con el suyo. Ese lastimoso hombre podrá sentir alegrías -sentirlas incluso hasta las lágrimas- pero su apariencia nunca sobrepasará el sufrido sobreponerse. 

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Mi abuela me da dinero con disimulo muy ostentoso para que todos los de alrededor vean que está siendo generosa y al mismo tiempo recatada en su generosidad. 

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Según la documentación yo nací "a las trece horas", circunstancia que me limita el ser supersticioso. En adelante tendré que ocultar el dato a quienes pueda importunar aunque, bien pensado, quizá sea más rentable hacer recaer sobre un insensible número el peso de todos mis defectos. Hubiese preferido nacer en un aromático anochecer de junio y no con el calor del mediodía. Y me habría decantado por el otoño aunque también me intriga esta coherencia mía, tan extraña, de haber nacido en primavera.

2 comentarios:

natsnoC dijo...

Eso de la abuela me suena...

Nunca sé qué comentar en estos cuadernillos, la mayoría de las veces me basta con disfrutar de su lectura.

Petrarca dijo...

Gracias natsnoC. Siempre preferiré que disfrutes a que me comentes. :)

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