"Todas las mujeres del mundo son tres o cuatro."
Un tío de Bioy Casares al escritor.
CAPÍTULO 1
Irene tendría unos trece años cuando aparecieron sus primeras heridas. Trece años, al menos, cuando se convenció de que aquellos moratones, de que aquellos pequeños cortes, sarpullidos y quemaduras que en ocasiones se descubría al despertar no procedían de ningún accidente desapercibido del día anterior sino que habían surgido de noche, en su habitación, mientras dormía.
-Puede que sean cucarachas –pensó una mañana mientras se miraba en el espejo la marca roja que le había salido en el interior del antebrazo izquierdo-. Puede que salgan al apagar la luz, que suban por las patas de la cama y se metan entre las sábanas para picarme.
Aquella misma noche, antes de acostarse, cerró las ventanas y conectó el aparato contra los insectos. Luego se cubrió completamente con la sábana -sin dejar ni una sola porción de su cuerpo expuesta al aire- e intentó dormir a pesar del miedo y del calor que sentía.
Funcionó. Al día siguiente no se encontró ninguna marca. Pasaron varias semanas más, Irene repitió noche tras noche las mismas precauciones y no le ocurrió nada malo. Incluso las otras marcas se le estaban curando y fueron desapareciendo poco a poco de su piel. Sobre todo esa que tenía en el cuello y que tanto llamaba la atención.
Pero entonces, tras una noche horrible, muy agitada y llena de pesadillas que después no consiguió recordar, le sucedió de nuevo. De buena mañana, antes incluso de que sonara el despertador, Irene sintió un fuerte pinchazo en la mano derecha. Encendió la lámpara de la mesita y se llevó un gran susto al ver dos cortes paralelos y de aproximadamente un centímetro de longitud en el centro su palma. Más tarde descubrió que, además, tenía una rozadura bastante amplia en un lateral de la cadera y varias moraduras en los tobillos. Entre las sábanas había dispersas algunas manchas de sangre e Irene se apresuró a limpiarlas con agua y jabón antes de que llegara Olga -la mujer que cuidaba de la casa- y las encontrase. Se curó las heridas y también se puso unas tiritas y unos guantes para ocultar los cortes de la mano. Tras acabar el desayuno y despedirse de Olga se marchó, muy preocupada, al colegio.
Irene se convenció de que no podían ser cucarachas ni mosquitos ni ningún tipo de insecto los causantes de aquellas heridas. Pero entonces, ¿qué era? ¿Qué le estaba pasando? Tal vez, pensó, lo que ocurría era que se levantaba por las noches sin darse cuenta y que, de alguna forma, ella misma se cortaba y se golpeaba. Nadie le había dicho que fuera sonámbula pero, ¿qué otra explicación podía haber?
Para comprobar esta nueva hipótesis decidió colocar una cámara de video encima de su escritorio para grabarse durante la noche. Las imágenes no eran muy buenas pero las farolas de la calle ofrecían una luz suficiente para que Irene pudiera intuir su silueta en la cama. Se grabó durante varios días seguidos hasta que, finalmente, obtuvo una prueba irrefutable el día que amaneció con dos grandes quemaduras en su pierna izquierda. La grabación de vídeo corroboró sus sospechas: en ningún momento se había movido de la cama. Irene tampoco era sonámbula.
7 comentarios:
Inquietante y misteriosa historia, me encanta, para cuando el capìtulo dos??
Donatella L.
Gracias. No sé... ¿Mañana? ;)
Esa casa está construida sobre un cementerio indio...
(bueno, disculpa el tópico) xD
Joder, ya me has chafado el argumento. ^^
Interesantísimo comienzo. Mi cabeza ya está dándole vueltas a distintas posibilidades y no me acaba de gustar ninguna. Veremos la sorpresa que nos guardas.
Capítulo segundo ya.
Me comprometo a acabar de escribir la historia pero no sé a qué ritmo lo haré porque ahora llegan unos meses ajetreados. Gracias a todos por vuestro interés :)
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