CAPÍTULO 2
Después de la separación, cuando aún no había cumplido los 8 años, Irene se fue a vivir con su padre a un pueblo cercano a Barcelona. El piso de la ciudad se lo había quedado su madre, estableciéndose allí con el hombre con el que se casaría poco después. Unas tías suyas, hermanas de su padre, a menudo comentaban que Paula, la madre de Irene, se había visto en el dilema de tener que elegir entre su hija y el piso de Barcelona, con el resultado de todos conocido. El padre de Irene solía enfadarse mucho si decían o sugerían aquella idea monstruosa en presencia de la niña pero ella acabó creyéndosela dadas las circunstancias y, sobre todo, dada la escasa y pobre atención que desde entonces le había otorgado su madre. Desde la separación Irene sólo la había visto en tres ocasiones y dos de ellas, además, obligada por sendos viajes de su padre al extranjero. La experiencia, por otra parte, había distado mucho de ser placentera para cualquiera de ellas.
Lamentable se mire por donde se mire, esta situación familiar tal vez pueda situarse en la base de por qué Irene decidió esconder el asunto de sus heridas nocturnas y no comentar con nadie su misterioso origen. Desde el primer momento, desde la primera mañana en que se las encontró, comenzó a temer que, directa o indirectamente, alguien pudiera achacárselas a su padre y que eso terminara alejándola de su lado. De modo que se las arregló como pudo para esconderlas, para camuflarlas debajo de su ropa cuando era posible y para inventar cualquier excusa que las justificase cuando no. Con el paso de los años, y con este propósito en mente, fue acostumbrándose a vestir ropa holgada, a usar cintas y vendas, a hacerse tatuajes y ponerse piercings por todo el cuerpo. Como consecuencia de aquel problema suyo y de todas las consecuencias que le generaba su intención de mantenerlo secreto, se hizo tremendamente conflictiva, tremendamente asocial y, cuando no faltaba a las clases, se metía en continuas y graves peleas con sus compañeros de colegio e instituto.
Las acciones confluyeron con los pensamientos de una manera lenta pero implacable y lo que empezó como un intento de mantener a su padre al margen de sus problemas acabó generando un problema aún mayor. De la voluntad de tenerlo a su lado Irene pasó al deseo de evitarlo. De la voluntad de protegerlo pasó a la necesidad de esconderse de él, de rechazar su contacto, sus preguntas y su presencia. El amor había engendrado la desconfianza, la desconfianza había llevado a la rabia y la rabia había conducido a una situación insostenible que sólo pudo resolverse cuando Irene, nada más cumplir los dieciocho años, se marchó de su casa y se dirigió a Barcelona para buscarse la vida.
6 comentarios:
¡qué paradoja! para lograr algo se emprende el camino opuesto.
(al final, creo que los indios no van a tener nada que ver en esto jajaja)
No es que se emprenda, es que a veces se acaba en él. Sobre el cementerio indio... Me he visto obligado a buscar un final alternativo. ;)
espero la tercera entrega la hay no?
Sí, pero para el jueves que mañana estaré ocupado. Gracias por la presión ambiental ;)
Vaya con la historia, tiene buena pinta.
Pero me has dejado con las ganas de saber más de esas lesiones. ¿Qué apareció en la cámara?
A tu ritmo, sin presión jajaj
A cada uno se nos va la imaginación supongo que a cosas diferentes, da juego, desde abusos sexuales, fenómenos paranormales, o extraterrestres..
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